Cuando se habla del Real Person Slash (o RPS) tanto en el mundo anglosajón como en el hispanohablante, un conjunto musical sobresale con respecto a los demás en cuanto al número de fics que pueblan la red, siendo posiblemente la banda no J-rock / J-pop que más abunda en la mente eslasera de los aficionados. Este grupo no es otro que Placebo, trío de procedencia británica que durante sus diez años de existencia ha llevado la controversia al panorama del rock por su estilo ecléctico, la extravagante estética de sus miembros y, en especial, las declaraciones explícitas de los mismos sobre sus respectivas tendencias sexuales.Y es que Stefan Osldan (guitarrista – bajista sueco), Steve Hewitt (batería inglés) y Brian Molko (cantante, compositor de las letras del grupo y guitarrista, belga de nacimiento) forman un abanico completo, declarando sin pudor alguno desde sus unicios que son gay, hetero y bisexual respectivamente. Las frecuentes muestras de afecto sobre el escenario entre Brian y Stefan (se rumorea que fueron pareja durante un tiempo) han alimentado las fantasías de miles y miles de aficionados a este género.
Canciones controvertidas, videoclips polémicos, y un buen montón de laca de uñas y maquillaje hicieron de trampolín para que, años después de su debut, hayan sido reconocidos como uno de los mejores grupos de su generación, teniendo en su haber varios millones de discos vendidos y miles de actuaciones a sus espaldas. Entre tantos de esos conciertos, en diciembre de 2006 tuve al fin la oportunidad de verles en directo tras haberme quedado con las ganas de acudir al Festival Internacional de Bennicàsim en España, donde son asiduos cada verano que les coincide con gira.
Para mí, Placebo constituye la esencia que no he encontrado en otras bandas. Soy bastante aficionada a la música en general, pero no he visto en otras formaciones el carisma que ellos desprenden. Empecé a seguirles hace unos cinco años, aunque recuerdo haber escuchado en la radio “Nancy boy”, su primer single, allá por el año ’96, así como haber visto el video clip de “Pure Morning”, el cuál me impactó y se quedó grabado en mi cerebro. Pero yendo al grano, el nexo que me supone Placebo con respecto al mundo de los escritos yaoi / slash (tanto en fanfiction como en originales), es la conexión que inconscientemente he ido realizando entre algunas de las escenas de las historias que narro y sus canciones. Me encanta incluir extractos de temas en mis escritos para reforzarlos, y posiblemente sea Placebo el grupo del que más me he nutrido.
Regresando a lo central de este reportaje, relataré como viví el concierto que ofrecieron el 9 de diciembre en el Wembley Arena de Londres.
Para empezar, habría que comentar que mi asistencia al concierto fue fruto de la casualidad. Tenía planeado desde marzo ir a Londres con mi familia en esas fechas y, una tarde cualquiera de agosto, me dio por visitar la web oficial del grupo para comprobar si había alguna novedad. Se acababan de anunciar las últimas fechas de la gira; cuál no fue mi sorpresa al leer que se había confirmado un concierto para el 9 de diciembre en Wembley, y que precisamente ese día yo estaría en Londres. Sin pensarlo mandé a pedir mi entrada, la cuál no me llegó hasta cinco días antes de marchar a la capital británica, con los consabidos nervios correspondientes.
Llegué a Londres, ciudad a la que he asociado directamente con la música. En las dos veces que he estado allí he acabado en Wembley presenciando un directo, y es que la manera en que se respira la atmósfera de los conciertos es única en dicha ciudad. La vez anterior, en el año 2000, fui al último concierto que se celebró en el antiguo estadio ya derruído, dado por los americanos Bon Jovi. Seis años después, las cosas han cambiado para mejor.
Mi aventura comenzó a las 4 y media de la tarde en Oxford Street. Tras todo el día paseando por la ciudad con mi familia, me despedí de ellos en una boca de metro de la línea de Jubilee y me adentré sola por los laberintos subterráneos de Londres.
Para acceder a Wembley hay dos paradas, de las cuáles elegí la que está más cerca de los estadios, la Wembley Park. Para que os hagáis una idea, la zona está bastante lejos del centro de Londres. Se tarda unos veinte minutos en metro desde allí, y las últimas diez paradas de la línea no son bajo tierra.
Apenas había gente en los vagones. Cuando llegué a la estación comprobé que la habían remodelado con respecto a cómo estaba en el 2000. Así que como no tenía muy claro la manera en que se accedía al estadio, vi que del vagón de la derecha salía una pareja con un aspecto de lo más característico: ella con el pelo rosa, él completamente vestido de negro, con khol en los ojos. Les pregunté que si iban al concierto de Placebo, y como la respuesta fue afirmativa, les pedí que me dejaran acompañarles hasta el estadio, “pues soy de España y no tengo ni idea de cómo llegar”. Fueron muy amables. En el trayecto a pie me comentaron que eran nativos de Londres y que era la tercera vez que iban a verles.
Como mencioné antes, el estadio de Wembley fue derruído, y hoy en día ya esá erigido el nuevo, sobrio e impresionante. Pero el espectáculo no se celebraba ahí, sino en el Wembley Arena, un pabellón anexo a pocos metros de distancia.
Me despedí de los chicos y me fui a mi cola, pues yo tenía entrada para grada y ellos para suelo. Dispuesta a esperar a que se abrieran las puertas, escuché la conversación que mantenían los que estaban por delante de mí: una chica le estaba enseñando a un niño inglés a decir tacos en español. Le pregunté a ella que si era española... ¡y sí! Resultó llamarse Inés y ser de Oviedo. Y como buenas españolas, enseguida hicimos migas y formamos equipo. Ella también iba sola al concierto y era la primera vez que iba a ver a Placebo, como yo. Como ambas teníamos que ir a la estación de Paddington una vez concluido el espectáculo, quedamos en vernos a la salida en una columna junto a las fuentes que había en la fachada del edificio.
Con puntualidad británica se abrieron las puertas, y tuvimos tres cuartos de hora para cotillear el merchandising oficial y seguir hablando. Todo carísimo, como era previsible. Sólo me llevé una púa para guitarra con el logo de la banda (y otra para una amiga), pues las camisetas eran prohibitivas. Conocimos a dos chicas españolas más que, curiosamente, iban al mismo sector que yo, unas cinco o seis filas detrás de mí.
A las siete de la tarde ya estábamos en el interior del estadio. El Wembley Arena me sugiere dos primeras impresiones: es más pequeño de lo que creía (viene a ser un poco más de la mitad del Palau Sant Jordi de Barcelona), y dentro hace un frío que pela. Desde mi asiento veo el escenario al completo, aunque estoy algo lejos, pero bueno, ya lo que tenía asumido.
Si hay algo peor que la espera de antes de un concierto, es tener que tragarte a los teloneros, sobre todo si no los conoces y no te convencen. El primer grupo fue Howling Bells, una nueva banda de Londres que me gustó bastante, por la voz de la chica me recordó a una versión más lírica de Juliette and the Licks. En cuanto al segundo grupo, prácticamente los he eliminado de mi disco duro. Archie Bronson Outfit se llamaban. Horribles.
El estadio se llena poco a poco, pero no está hasta la bandera. El suelo está a unos tres cuartos de su capacidad, y por las gradas hay huecos vacíos. En cuanto salen Placebo al escenario compruebo que posiblemente soy la única fan que hay en mi zona cercana, pues muchos parecen haber asistido al concierto en calidad de oyentes, como si estuviesen más que habituados a ir a directos de cualquier tipo. Lo cierto es que me da lo mismo, pues a las nueve y cuarto de la noche suena, al fin, la primera canción, “Infrared”, perteneciente al último disco.
Antes de entrar en detalles sobre el repertorio, habría que decir que el escenario era sencillo. Hubo un total de 11 pantallas de no demasiada dimensión, colocadas en vertical (a la izquierda y derecha) y una fila en el eje horizontal (por encima de los focos). En cuanto a ellos, llevan el look habitual de la última gira.
Brian ya no es el chico andrógino hasta los extremos de los inicios. Los años, las vivencias y su aún reciente paternidad le han transformado en un treintañero de constitución menuda, cabeza rapada, sombra de ojos oscura y rímel en las pestañas. Viste de negro, sobresaliendo por debajo del jersey los puños y cuello de una impecable camisa blanca.
Stefan, por el contrario, es altísimo. Va de negro de cabeza a los pies, con su habitual corte de pelo al dos y una cresta punk en el centro. Al bueno de Steve apenas le veo, sólo al final del show cuando lanzó las baquetas al público. Creo recordar que iba de blanco, pero por las razones que comentaré más adelante, la verdad es que no retuve bien el dato.
Independientemente de sus apariencias, son unos músicos excelentes, y la inconfundible voz de Brian inunda nuestros oídos. El concierto arrancó con cinco canciones encadenadas del último trabajo discográfico: “Infrared”, “Meds” (la cuál le da nombre al disco y es de mis preferidas), “Because I want you” y la espectacular “Space Monkey”, cantada con un distorsionador de voz a la usanza del cd.
La calidad del sonido en el Arena no era lo que me esperaba. Los bajos retumban demasiado y los tímpanos se resienten, mas eso no quita para cantar y bailar al compás trepidante. Un breve paréntesis nos aleja de los temas de “Meds” y tocan “Sleeping with ghosts”, en mi opinión, uno de los mejores temas de su disco de igual nombre.
La sorpresa vino justo después, cuando tocaron “I know”, de su primer disco homónimo, “Placebo”. Conservo una bonita anécdota de esta parte del concierto, pues me puse a mirar a la gente a mi alrededor y no demasiado lejos vi a una pareja de chicas lesbianas, y una estaba llorando de la emoción; seguramente la canción tendría un significado especial para ella.
Tras eso se regresó al “Meds” con los otros dos singles: “Song to say goodbye” y “Let’s follow the cops back home”, posiblemente el tema que menos me gusta de Placebo, pues me resulta aburridísimo, y desgraciadamente en directo mi opinión no varió.
Con “Every you every me” llegó el punto crucial del concierto. En medio de la canción un fan saltó al escenario, y al tratar de acercarse a Stefan los de seguridad lo redujeron. Pero este sujeto (y nótese el tono despectivo de la palabra) se zafó de ellos y se avalanzó sobre una de las columnas de amplificadores de sonido, tirando uno al suelo. A partir de aquí empezaron los problemas técnicos.
El concierto siguió con “Special needs” y “One of the kind”. Cuando tocaron la que es, con toda seguridad, mi tema favorito de Placebo, se me erizó el vello: “Without you I’m nothing”, oscura, desgarradora y hermosa, tanto que David Bowie la interpretó con ellos durante la segunda gira mundial de la banda.
Un último repaso al primer disco con “Bionic” y al último con “Blind” dio paso a un parón en el que los técnicos trataron de poner solución a los problemas de sonido. Cuando regresó al escenario, Brian nos dijo que las conexiones de los canales de Steve y Stefan estaban estropeados, y que se está trabajando para solucionarlo, dándonos las gracias por nuestra paciencia.
No le di mayor importancia en ese momento. Las trepidantes “Special K” y “The bitter end” fueron la última explosión de energiá del espectáculo. Siguieron con un “Running up that hill”, un cover de Kate Bush, y los evidentes fallos que estaban experimentando con los instrumentos y cableado se percibieron en “Taste in men”, una de sus canciones más provocadoras.
No sólo la voz de Brian dejó de oirse unos segundos, sino que Stefan se vio obligado a prolongar el sample del final excesivamente. Se marchan del escenario pidiendo disculpas, y el equipo técnico se sube al escenario para tratar de encontrar una solución rápida, regulando las guitarras y demás.
Para mi consternación y la de todos los presentes, no es posible. La banda sale de nuevo y Brian nos dedica la siguiente canción que, aunque en un principio no me lo creía, resulta ser la última. Con “Twenty years”, una de las dos inéditas de su disco recopilatorio, se despiden. Cuando veo que la gente empieza a marcharse permanezco en mi sitio, convencida de que es el clásico juego antes de los bises, pero no. Las luces se encienden, el concierto ha finalizado anticipadamente por ser imposible tocar en condiciones.
No sé cómo describir lo que sentí en ese momento. Tal vez fue una mezcla de decepción, enfado y resignación. Ellos hicieron lo que pudieron, ajenos a las circunstancias. Y en cuanto al fan que saltó al escenario, he ido a muchísimos conciertos y nunca me había pasado algo semejante: que por obra de un espontáneo los restantes miles de espectadores nos tengamos que quedar sin disfrutar de los al menos cuarenta minutos que le restaban al concierto, algo que te fastidia mucho más si vienes de un país extranjero con el consiguiente desembolso monetario.
Sería injusto quejarme del repertorio, puesto que nunca llueve a gusto de todos, pero me quedé con un mal sabor de boca por no haber escuchado “Pure Morning” y “Post blue”. Es lógico que interpreten temas del último disco, pero quizás tocar 8 de sus 13 pistas, que hubiesen sido 9 de no haberse terminado anticipadamente, sea demasiado, aunque se compensa con las referencias a los clásicos. También eché de menos “This picture” y “Black eyed”.
Me reúno con las españolas entre el tumulto de gente. Todas coincidimos en lo mismo: el concierto fue genial, pero se echaron de menos las canciones arriba mencionadas. Expreso mi enfado por el incidente, y reparo en que dos de las chicas ni se dieron cuenta de lo del fan que se subió al escenario. Dejo que el cabreo pase a un segundo plano por la preocupación de llegar a la estación de metro y coger uno de los últimos trenes de la noche, cosa que afortunadamente conseguimos.
De camino a la boca de metro, nos encontramos con Johan, el antiguo presentador de la MTV española, y hablamos un rato con él. Le comento que me saqué una foto con él hace unos años cuando estuvo grabando con los de MTV Select en Maspalomas, una famosa playa de Gran Canaria, y resulta que el tío recordaba ese día. Me arranca una sonrisa.
El resto de la noche no da para más. Cuarenta minutos después estoy felizmente sentada en la cama de mi hotel, cansadísima, pletórica por haber visto a Placebo en directo, pero algo fastidiada por no haber podido disfrutar enteramente de ellos por causas ajenas. Lo tengo claro: si algún día tengo la oportunidad, iré a verles a París (en Francia los idolatran, es donde más fans tienen).
Un sabor agridulce, o amargo, como el título de este reportaje. Espero que os haya gustado, y que os tiente a descubrir la música de Placebo si aún no les habéis escuchado y, por que no, a indagar en el universo RSP dedicado a sus integrantes.
Si queréis hacerlo, os recomiendo esta web inglesa, mi favorita:
Está dedicada al Slash de Placebo, con fanfiction, pero sobre todo, apartado gráfico. No os perdáis las galerías slaheables de fotos, especialmente entre Brian y Stefan.
Y para terminar, os dejo con algunas frases dichas por sus miembros, dignas de ser enmarcadas. Lo primero es un extracto de su biografía, en el momento en que Brian y Stefan se hicieron realmente amigos tras un casual reencuentro en Londres (ambos fueron al mismo Instituto en Luxemburgo durante un tiempo, se conocían de vista).
“Creo que soy gay”, reveló Stefan tímidamente.
“¿Y qué? ¿Cuál es el problema? Yo soy bisexual”, le respondió Brian en confianza.
A medida que la noche se iba consumiendo, ellos descubrían que tenían en común más de lo que pensaban.
“ Fue perfecto. Simplemente, encajamos” – afirma Brian, en referencia a aquel día.“En Placebo tengo dos maridos a los que veo más que a ninguna otra persona en mi vida. Podría ser peor”. Stefan Osldan.
“Nunca he sido homófobo. Esa es una de las razones por las que dejé de ir a la Iglesia. Mi madre solía levarme a menudo cuando era pequeño, pero decidí dejar de hacerlo por la actitud de la Iglesia hacia la homosexualidad”. Brian Molko.




