De ahora en adelante todo tiene lugar después de la guerra pero antes de que Harry Potter se hunda en las frías y verdosas aguas del río Urubamba, aún sujeto al cinturón de seguridad de un autobús que se ha salido por encima del guardarraíles de un pequeño puente en el noroeste de perú, solitario pero acompañado por veintidós personas nativas a las que no conoció aunque desearía haberlo hecho, y pensando, de manera suficientemente adecuada, en Draco Malfoy. Ese día, era un día azul y despejado, y el viento, que soplaba hacia el norte, era lo suficientemente fuerte y se llevaba consigo el olor del bosque y de la lluvia del día anterior, y era reconfortante, era bueno. Un buen día para morir.
------ oo ------
África, como Harry rápidamente aprende, puede fácilmente ser dividida en dos por la mitad: 1) una parte es lisa y tropical, con arcilla roja que se pega entre las suelas de tus botas cuando está mojada y mancha absolutamente todo lo que la toque antes de que puedas reparar en ello; y, 2) desierto dorado y bañado por el sol donde la arena es fina como el azúcar y se mete dentro de todo: cabello, ropa y particularmente dentro de tu boca si estás hablando, respirando o especialmente si estás gritando al cielo azul blanquecino y limpio, al borde de tu capacidad pulmonar desde la cima de la duna más alta que puedes encontrar, los brazos abiertos y las palmas hacia arriba: -¿ESTO ES TODO?
------ oo ------
-Simplemente no puedo perdonarme por amarte -le dice Draco una vez, cuando piensa que Harry ya está dormido, con las sábanas susurrando con cada uno de sus movimientos.
Harry tiene que luchar para mantener el control de su respiración.
Y permanece despierto el resto de la noche esperando a que Draco continúe, esperando por una explicación adicional. Pero ésta nunca llega.
- -
Los aeropuertos son un desastre allí; todo hormigón desmoronado y desconchado, pintado de un apagado color gris, y viajeros que rehúsan a hacer colas y parecen conformarse con la forma genuinamente africana de pasar a través de los controles del aeropuerto. El aire está caliente y bochornoso, incómodamente enrarecido, entrando más a través de las ventanas abiertas y los ventiladores del techo que del aire acondicionado; y el sol brilla incluso dentro, chillón en las oscuras y resplandecientes caras de los empleados del aeropuerto que permanecen detrás de sus ordenadores. Esos empleados parecen imperturbables al calor, con las camisas abotonadas hasta el cuello y las mangas enrolladas descuidadamente, todos los hombres llevan relojes de oro en sus muñecas izquierdas y todas las mujeres pilas de finos brazaletes en sus antebrazos.
La mujer del mostrador frente a ellos lleva plata mientras que la mayoría parece preferir el oro o lo que tal vez es sólo latón. Su cuello es largo, trae pendientes turquesas y su voz suena ensayada mientras le recuerda a Harry: -El ordenador está todavía buscando su coche, señor.
-Te dije que tendríamos que habernos aparecido -susurra bruscamente Draco en la oreja de Harry. Sus mejillas están sonrosadas del calor y hay un pequeño cerco de sudor en su frente que sin duda le haría sentir conmocionado de poder verse a sí mismo-. Este lugar es peor que San Mungo con todos esos chalados campando a su aire. Escena que he presenciado, que conste.
Harry pone los ojos en blanco y se gira, rehusándose a explicarle a Draco una vez más los peligros de aparecerse en un lugar donde nunca antes has estado debido a la cantidad de detalles exactos... o mejor dicho, a la necesidad y carencia de ellos. ¿Y le había mencionado ya los peligros de hacer una Aparición General en África, donde las probabilidades de caer sobre una mina o sobre una guerrilla local a la vuelta de la esquina eran terminantemente altas; y dejando a un lado los peligros de aparecerse al azar en las proximidades generales de donde quiera que estuvieras intentando ir? No, gracias, un coche alquilado estará bien. Hablando de eso...
-Disculpe, ¿señorita? -Harry estira el cuello sobre la gran pantalla del ordenador e intenta en vano llamar la atención de la mujer, que nunca parece estar disponible para ellos a no ser que ella lo desee.
Es alta y delgada, sus ojos y piel son del color del café exprés que Draco a veces se toma por la mañana antes de encontrarse con los oficiales del Ministerio. Harry a veces le dice que son sus oficiales de Libertad Condicional, pero la broma no tiene ningún sentido para Draco y de todas formas, Harry piensa que ya no es tan divertida como lo había sido en un principio.
La guerra terminó hace más de cinco años de forma casi exacta a como todo el mundo había esperado, de la manera como la gente había dicho que ocurriría: Harry Potter derrotando a Voldemort sin ayuda y ganándose más aplausos del mundo entero.
Pero ese "casi" continúa existiendo porque nadie le había hablado a Harry acerca de las pequeñas batallas que tuvo que librar antes de ganar la guerra. Nadie le había mencionado que habría bajas, la cual es una palabra que nunca le ha sentado bien a Harry porque no ve como una “baja” a ninguno de los nombres del Monumento a los Caídos y quienes se sacrificaron por él. Nadie le dijo que iban a asesinar a Ron, o a Dumbledore, o a Cho Chang, o a alguno de los cientos de otros; ni tampoco mencionaron a los muchos que Harry tuvo que matar por sí mismo. Y es por eso, cree Harry, por esa exclusión de detalles que se ha convertido en un peso muerto sobre sus hombros, que Draco Malfoy está con él hoy.
De forma similar a Harry, Draco también siguió el camino que le habían trazado, siendo inducido a convertirse en Mortífago poco tiempo después de salir de Hogwarts y, por lo que Harry ha oído, llegando incluso a lo más alto del escalafón, adquiriendo mucho prestigio en esos círculos y todo eso, pero a Harry no le gusta creer en los rumores. Le ayuda a dormir por la noche pensar que el hombre que duerme en la habitación justo a su lado no ha pasado toda la guerra planeando su muerte. Pero, razona Harry, si Draco no ha hecho nada en los cuatro años y medio previos a este arreglo, no es probable que vaya hacerlo ahora. Sólo le restan seis meses de la generosa sentencia que se le impuso, una sentencia que fue dictaminada después de que Harry testificara a su favor: que Draco Malfoy era una buena persona atrapada en el lado oscuro durante la guerra, en parte por las manipulaciones de Lucius Malfoy; y que no se merecía el castigo de Azkaban.
Y cada noche, Harry posa la cabeza para dormir de la misma forma que lo hace Draco en la habitación de a lado, sabiendo que no ha importado si él creyó o no en su testimonio. Lo que le importaba a Harry era Draco, era el corazón que latía bajo su pecho, la vida que todavía podía ser salvada porque Harry ya había tomado demasiadas, había sido incapaz de salvar muchas más.
Draco esquivó a los dementores al haber sido dado en custodia a Harry Potter, un mago suficientemente capaz, si es que existía alguno, de "rehabilitar" a Draco hasta su liberación, fue lo que todos los demás dijeron. Y en compensación Harry obtuvo el placer del compañerismo de Draco durante esos cinco años, para mantenerle a su lado en situaciones como esa, esperando en un bochornoso e incómodo aeropuerto de África del Este mientras que el tatarabuelo de todos los ordenadores busca el coche de alquiler que previamente habían reservado.
La mujer detrás del mostrador les sonríe mecánicamente, revelando dos filas de dientes perfectamente alineados y de un blanco brillante. -El ordenador aún está buscando su coche, señor.
Su voz es gruesa y tiene un acento que Harry nunca había escuchado antes de llegar ahí, pero que le gusta cada vez más a medida que lo va escuchando en los pedazos de conversaciones de la gente que pasa detrás y en la de los dos guardias de seguridad que flanquean cada lado entre él y Draco. Cada guardia sujeta su propia pistola, el mango en una mano y el cañón en otra, con el dedo índice descansando sobre el gatillo. Draco le pregunta sobre las pistolas y como Harry no conoce demasiado de armamento muggle como para darle el nombre técnico, sabe que con decirle a Draco que son "máquinas de disparar" no se equivoca demasiado.
Harry hurga en su mochila durante un momento antes de sacar un pequeño trozo de papel y ofrecérselo a la mujer. -¿Ve esto? Ya he reservado un coche, así que debería estar listo para nosotros, ¿no le parece?
La mujer ni siquiera mira el trozo de papel. -El ordenador aún está buscando su vehículo, señor.
Draco interviene sarcásticamente: -Sí, muchas gracias por la actualización. -Suspira, echando atrás la cabeza en un gesto teatral. -Sabía que esto era mala idea.
Harry hace como si no hubiera escuchado nada.
El ordenador finalmente localiza el coche después de lo que parecen horas y ellos logran salir del aeropuerto, pero primero Harry hace un alto para hablar con una numerosa familia de nativos que no tienen equipaje y cuyas ropas parecen haberse encogido con el sol a prácticamente nada, a nada más que hilillos de color blanco. La mujer sujeta la mano de su marido demasiado estrechamente, y sus muñecas parecen como si estuvieran a punto de quebrarse debido a la tensión.
Así que Harry les da todo el dinero que lleva, aproximadamente trescientos euros, y tiene que firmarles un cheque por cincuenta mil porque por allí cerca no hay un banco (1).
- -
-¿Estás seguro de esto, Harry? África es bastante... diferente.
Hasta ese día, Remus Lupin es aún la única persona que sabe preparar el té justo como a Harry le gusta. Le sonríe agradecido a Remus cuando le pasa la taza, permitiéndose cerrar los ojos mientras inhala profundamente el aroma tibio y lleno de sabor.
-Hay muchas cosas que considerar en un viaje como ese -continúa Remus, tomando el asiento opuesto a Harry en el salón de Grimmauld Place.
Harry le traspasó a Remus la custodia de la vieja casa poco después de la muerte de Sirius mientras él terminaba Hogwarts, así como también por otras razones más personales. La muerte de Sirius cobró una alta cuota a Remus, una que Harry sospecha continua pagando cada noche cuando se mete a la cama que una vez los dos compartieron. A veces Harry cree que tomó la decisión equivocada al cederle Grimmauld Place a Remus, cree que tal vez eso ha sido demasiado en muy poco tiempo, pero también cree que no hay nadie mejor que el mismo Remus a quien Sirius habría querido dejar su hogar. Y Harry piensa que Remus secretamente comparte su opinión, a pesar de las ojeras que han aumentado y que Harry le nota cuando va a visitarle.
-¿Dónde te quedarás cuando estés allí? ¿Son seguras las ciudades? ¿Y de verdad vas a llevarte a Draco contigo?
Harry ríe. -Tengo que hacerlo, no me queda alternativa. El Ministerio dice que siempre tiene que estar bajo mi vigilancia, así que no creo que les haga mucha gracia que le deje aquí mientras me voy a visitar otro continente.
-Pero me imagino que no estará encantado con tu plan, ¿verdad?
Harry niega con la cabeza mientras sonríe. –Para ser precisos, todavía no se lo he dicho.
-Harry -empieza Remus en tono de advertencia antes de que Harry comience a hablar de nuevo.
-Sé que Draco tiene sus opiniones -añade rápidamente, -eso es seguro, y todavía mantiene esa costumbre de hacer comentarios insidiosos y de la que creo nunca va a librarse, pero entiende el estado de la situación. -Harry se lleva la taza de té a los labios. -Draco estará de acuerdo. Tiene que estarlo.
Remus mira a Harry durante un momento por encima de su taza de té y sopla suavemente al vapor que despide. -Así es -dice, el vapor disipándose lentamente entre ellos. -¿Y tú has tomado las debidas precauciones de seguridad? ¿Has averiguado acerca de lo que ocurre actualmente en los lugares a los que vas a ir?
Harry mueve vagamente la mano mientras sorbe el te. Está demasiado caliente, le quema la punta de la lengua y la garganta, pero hacía años desde que no tomaba una taza de té decente (ni él ni Draco pueden apañárselas para hacer hervir el agua de forma segura, y la varita de Draco fue confiscada).
-He tenido agentes de viajes ocupándose de eso -dice Harry. -Tienen toda esa información de la “situación” actual, toda esa basura que me estuvieron diciendo y periódicos que quisieron que me llevara a casa para leer, pero eso sólo me confundió más, todo eso sobre pasaportes, y regulaciones y lo que sea. Así que simplemente les dije lo que tenía planeado y les dejé que hicieran el trabajo. Me han comprado todos los billetes de avión y coches de alquiler, y han programado todo para mí. No estaremos más de dos o tres días en un mismo lugar, y no me enviarían a ningún sitio demasiado peligroso. Están bastante enterados de la manera en que funcionan las cosas allá.
-Sí. Tienen que estarlo, supongo -dice Remus en tono distante, como si hablara consigo mismo.
-Y sólo van a ser tres semanas -dice Harry. –El parto de Hermione es el primero de agosto y no me lo puedo perder.
Remus abre mucho los ojos y sonríe, una sonrisa auténtica que parece calentar el pecho de Harry, o quizáss eso lo está haciendo el té. -Ah, sí, casi lo había olvidado –dice con la voz cargada de entusiasmo. -Tengo que acordarme de enviarles a ella y a George algo bonito para el bebé.
-Nada de plástico -dice Harry, sonriendo. -Hermione tiene una cruzada personal contra los juguetes de plástico; no los tolerará en su casa, dice. Se le ha metido en la cabeza que los recién nacidos son propensos a tragarse solamente objetos de plástico.
Remus sonríe y se recuesta en la silla, cruzando las piernas. -Todas las madres pasan por la fase de la paranoia. Yo no me preocuparía. -Deja la taza de té a un lado y se aclara la garganta, diciendo: -Pero volviendo al tema de África. ¿El dinero?
-Estoy librándome de él -responde Harry de inmediato. -La idea principal es simplemente ir a cuantas ciudades necesitadas podamos y deshacernos de mi dinero.
Remus asiente lentamente y Harry no podría decir si lo aprueba o no. -No sé cómo vas a hacerlo, Harry; tienes demasiado –dice con un dejo de diversión en su voz y Harry se siente reconfortado por ello.
Con una sonrisilla, Harry se bebe lo que le queda del té y dice: -Lo daré en cantidades grandes. Muy a menudo.
Pero la magia del momento ya se ha pasado, y Remus le mira con seriedad. -Creo, Harry, que lo encontrarás todo mucho más complicado de lo que podías haber anticipado una vez que llegues allí. Que tal vez lo que para ti es un montón de dinero para ellos no sea un cambio de vida. Estás hablando de jugar a ser Dios con la vida de esas personas.
La referencia a la religión muggle descoloca brevemente a Harry, pero se recupera con rapidez y dice, en tono de voz seguro: -No es eso. Quiero decir, puede parecer eso, pero tú sabes que esa no es mi intención. Yo sólo... -suspira-. Sólo quiero estar seguro de que el dinero acabe en buenas manos y cumpla su cometido.
Remus tiene la duda reflejada en el rostro, pero no vuelve a decir nada más sobre el asunto.
- -
El primer sitio al que van son los distritos rurales del Sur de Uganda, donde el terreno parece estar hecho enteramente de montañas y selvas, y el horizonte es una dentada línea verde, recortándose contra el profundo cielo azul. Parece que allí siempre huele a lluvia, a pesar de que Harry no puede encontrar evidencia de ella debido al cielo despejado, y duda hasta de que haya llovido un solo día allí.
-¿A dónde vamos? -pregunta Draco, investigando la guantera de su coche alquilado, un viejo BMW sin pintura y un techo corredizo que no se cierra. Corre el pestillo y la guantera se abre bruscamente, dejando caer mapas y panfletos sobre sus rodillas y el suelo del coche. -¡Esta cosa es peligrosa! -exclama.
Harry sonríe. -Nos dirigimos a lo que sea que haya al este. No lo sé con exactitud.
El hombre que le ha dado las llaves del coche de alquiler les ha advertido de que el norte de Uganda es peligroso y que está lleno de rebeldes que atentan contra los civiles, así que la primera cosa que Harry ha hecho, después de darle al hombre una gran cantidad de dinero, cerca de veinticinco mil euros (y la expresión de su rostro cuando tocó el dinero fue de júbilo, perfecta, exactamente lo que Harry había esperado) fue comprar una brújula y un plano para mantenerse lejos de esa dirección. Harry razona que entre más lejos del norte se dirijan de lo que ya están ahora, o demasiado lejos del este con rumbo al Congo, siendo ambos los lugares de los que le habían advertido, todo tenía que ir bien.
Draco pone los ojos en blanco y vuelve a meter los papeles de vuelta a la guantera. -Suena exactamente como si supieras lo que estás haciendo, Ministro Yorkershire.
Harry le mira. -¿Qué?
-Ministro Yorkershire, ya sabes, él fue... -Draco se le queda mirando y se encoge de hombros-. No importa, me llevaría demasiado tiempo explicártelo. -Su mirada se refleja en la ventana, y desde el punto de vista de Harry su imagen en el cristal parece plana y blanca, como si Draco hubiese sido dibujado en el cristal en lugar de ser algo real y tangible reflejado ahí. -Mestizo… -murmura Draco en un susurro, y Harry apenas alcanza a escucharle.
-¿Qué dijiste?
Harry gira la cabeza hacia él, pero Draco no le mira. Sus dedos están cerrados sobre el último botón de su camisa mientras se niega a responder.
Y Harry se siente satisfecho con dejar que la conversación decaiga por sí misma. Están cruzando suavemente las colinas y los vírgenes prados africanos como un hechizo convocado dentro del agua, y a Harry le parece incorrecto discutir a un lado de todo eso, le parece incorrecto siquiera hablar en presencia de tanta simplicidad natural.
El viento que susurra entre el techo corredizo se siente frío y húmedo, y Harry está agradecido por el alivio al calor. A esa distancia del pueblo las carreteras ya no están hechas de asfalto, sino de arena firmemente apretada que es del mismo color vivo y rojizo del pastel de calabaza. El sol brilla deslumbrante y hace relucir cualquier cosa de una manera profunda y vibrante: las verdes praderas y las montañas cubiertas de selva que los rodean y el cielo color zafiro sobre sus cabezas. Le duelen los ojos por la intensidad que puede continuar viendo en negativos rojos y naranjas tras sus párpados cuando cierra los ojos, y quiere echar la cabeza hacia a tras y reír, y desea preguntarle a Draco si él también lo siente, si siente esa vibración en los huesos.
Pero antes de que tenga oportunidad de hacer nada, localiza una pequeña choza en la distancia mientras suben por una colina, y luego otra y otra más mientras descienden. Harry sonríe y mira a Draco, quien ya le está mirando a él.
-Hemos encontrado a alguien -dice Harry, incapaz de evitar la excitación que se refleja en su voz.
Draco asiente y observa a través del parabrisas las casuchas a las que rápidamente se acercan. -¿Tienes el dinero preparado?
Harry puede sentir el peso de las monedas ugandeses en los bolsillos de sus pantalones, en el de su camisa, en su zapato izquierdo y en la curva de parte más baja de su espalda (ha escondido el dinero allí, por si algo ocurriera), y contesta: -Más que preparado.
Sus dedos tamborilean sobre el volante mientras se detiene en medio del pequeño pueblo, el cual consiste sólo en cinco o seis chozas idénticas repartidas por un área que se compone mayoritariamente de arcilla. Hay un grupo de mujeres nativas reunidas afuera de una de las chozas, cuatro o cinco, todas ellas altas con largos cuellos y espaldas rectas, observándoles a ambos con curiosidad. Harry esboza una amplia sonrisa y mueve coche para estacionarlo, abriendo la puerta.
Draco le agarra del brazo. -¿Vas a salir?
Harry observa la mano de Draco en su brazo, donde él ha enrollado las mangas de su camisa de forma desastrosa, antes de mirarle con extrañeza.
-Eh... obviamente.
Draco aprieta el agarre de su puño. -¿No piensas que podrías alcanzarles el dinero por la ventana, desde la seguridad de un automóvil con aceleración decente, por si intentan, ya sabes? -Hace un movimiento de apuñalamiento con su mano libre- ¿Cortarte?
Harry suelta un resoplido. -Son mujeres, Draco, no creo que acostumbren esgrimir el machete de la familia. –Se sacude hasta liberar su brazo y añade: -Has estado curioseando de nuevo entre mi colección de DVD muggles, ¿verdad?
Draco vuelve a su asiento de un salto. -Por supuesto que no.
Harry deja la puerta del conductor abierta y lentamente se aproxima a las mujeres con las manos a medio levantar y con lo que él espera sea una sonrisa inofensiva en el rostro. Ellas le sonríen y se miran las unas a las otras y empiezan a reír en tono bajo y sonoro. La mujer que está más cerca de él se acerca unos pasos y con un acento similar al de la mujer del aeropuerto, pero de alguna forma diferente, le saluda casi a gritos...
-¡Hola! ¿Qué tal estás?
Y Harry se siente como un completo idiota, y casi puede ver a Draco sonriendo irónicamente desde el asiento el pasajero con la misma sonrisa de desprecio que solía exhibir en Hogwarts. Harry deja caer sus brazos a los constados y sonríe con alivio y emoción, porque realmente está pasando, realmente está aquí.
Camina hacia la mujer que le sonríe a él pero les sonríe aún más a las otras, compartiendo alguna broma de la que Harry no es parte ni quiere serlo, porque eso de alguna manera arruinaría el momento, le robaría parte de su misterio. Y Harry no quiere eso, piensa que las cosas son perfectas tal y como están ahora, allí, en mitad de los profundamente verdes prados de Uganda, con esos oscuros, misteriosos y preciosos ojos brillando atrevidos mientras le miran.
-Hola -dice con entusiasmo. -¿Hablas inglés?
-Yo hablar un poco -dice ella, sonriente, y Harry piensa que nunca dejará de estar sorprendido por las sonrisas de los nativos, tan blancas, rectas y perfectas.
Su cabeza está rodeada por una larga y colorida bufanda, algo suave y diáfano que le cae sobre la espalda, con intrincados dibujos de color naranja y ámbar. Sus ojos son grandes y rasgados, más oscuros que el azabache. Lleva una especie de largo vestido de verano que se abrocha alrededor de su cuello y le deja los brazos y hombros desnudos. Cae simplemente sobre sus rodillas, el vestido, y se lleva fácilmente con la ligera brisa que sopla, y Harry piensa que debe de estar hecho del mismo tejido que el pañuelo, y las otras mujeres parecen llevar algo similar. En su cintura descansa un enorme recipiente de madera que contiene algo parecido a setas grises, y ella está gloriosa y perfecta y esto es el cielo, piensa Harry, y se ha enamorado de ella al instante, se ha enamorado de todas ellas.
Extiende la mano.
-Harry Potter, encantado de conocerte.
Ella mira imperturbable hacia su mano y luego a las otras mujeres, que exhiben expresiones similares a la suya. Su ceño está fruncido cuando le mira de nuevo, una sola arruga en su frente despejada.
Él deja caer la mano y se señala a sí mismo. -Ha-rr-y Po-tter -dice, enfatizando cada silaba.
Su rostro se relaja al momento y echa la cabeza hacia atrás, levantando la mano un poco. -Aaah -dice, su boca formando un círculo perfecto. Se apunta al pecho y dice lentamente-. Kway-er-ya.
A Harry le duele la mandíbula de sonreír tanto, pero no cree que sea capaz de parar, porque esto es mucho mejor de lo que podría ser, de lo que habría nunca imaginado.
-Encantado de conocerte -dice.
-Encantado de conocerte -repite ella, pero las palabras se transforman en su lengua por su acento, convirtiéndose en algo que, Harry imagina, es aún más genuino.
Siente como si nadie nunca hubiera estado tan encantado de conocerlo como esa mujer de Uganda parada frente a él con el recipiente en la cintura, como Kwayera estaba en ese momento.
De repente Harry se acuerda del dinero, y su mano inconscientemente se hunde en el bolsillo de su camisa. Quiere dárselo a ellas, dárselos todo. Esas mujeres le gustan, hasta se podría decir que las ama, a Kwayera más que a ninguna, pero titubea porque nunca ha hecho eso antes de conocer bien a la persona, se ha parado y hablado con ellas, ha aprendido su nombre, visto cómo viven, y no está seguro de cómo comportarse. ¿Debe simplemente darles el dinero o debe tratar de explicarse? Ella habla algo de inglés, pero si la presentación ha demorado tanto, no está seguro de que tenga tiempo para justificaciones morales.
De repente se da cuenta de que no quiere darles el dinero. Quiere darles algo más. Quiere darles todo lo que ellas siempre pudieran haber deseado, felicidad, amor, salud y absolutamente todo, pero...
Pero parece como si ellas ya tuvieran todo eso, piensa Harry.
No puede darles a esas mujeres algo tan barato e insignificante como el dinero porque evidentemente ellas ya son ricas a su manera. Nunca han pedido nada. Sería un insulto que él les arrojara su dinero. Arruinaría todo lo que acababa de pasar entre ellos, entre él mismo y Kwayera.
Sus manos abandonan el bolsillo de la camisa y les sonríe una vez más antes de decir adiós y girarse, caminando hacia el coche de alquiler. Vuelve a su asiento y siente que Draco le observa mientras se abrocha el cinturón.
-¿Qué ha pasado? -pregunta.
Harry acaricia distraídamente el volante. Suspira y dice: - No pude hacerlo.
Draco no dice nada más y ellos atraviesan el pequeño pueblo, pasando al lado de las mujeres que les miran, aún sonriendo.
Kwayera agita una mano mientras se van, y Harry aún puede oírla a través del techo abierto. -¡Encantado de conocerte!
- -
-Aquí estamos más cerca del cielo -le dice a Draco en una ocasión.
Están en algún lugar del sur cerca del agua, donde hace más frío y el cielo es más azul, y las nubes son enormes y blancas y casi puedes tocarlas con los dedos si te pones de puntillas y estiras la mano hacia arriba.
Pasa la punta de los dedos por el interior del brazo de Draco y le deja la carne de gallina como consecuencia de su roce.
-¿Ves lo cerca que está el cielo? Es lo más cerca que estaremos de él antes de morir.
Pero Draco no comprende, Draco no sabe nada acerca del cielo o de los sacramentos, él cree que el alma debe ser poderosa más que pura, y una parte de Harry sabe que no es capaz de perdonarle eso, a pesar de que nunca ha sido religioso, nunca ha creído en Dios.
- -
Harry regala un total de quinientos mil euros en Uganda, la cual es una cifra más baja de lo que pretendía, pero plenamente satisfactoria a juzgar por la cara que le pone Draco cuando Harry le dice cuánto dinero espera regalar.
El segundo día cuando conducen al sur y no encuentran nada más que granjas, vacas, cabras y un tipo de animal híbrido que parece cruza de perro y avestruz, y Harry había estado sorprendido porque había pensado que los únicos animales de África eran los exóticos y salvajes: leones, cebras y jirafas, los cuales debe de admitir que nunca ha visto, pero Draco asegura que los encontrarán tarde o temprano, a fin de cuentas esto es África. Y como no encuentran a nadie a quien dar el dinero y ese día habría sido un desperdicio si no conseguían deshacerse de él, a Harry se le ocurre la idea de meter varios montones de dinero en sobres y pegarlos con cinta adhesiva a diferentes animales. Harry está convencido de que de esa manera el dinero será encontrado por alguien tarde o temprano, sujeto de esa vaca o de esa cabra, y que la persona que lo encuentre será de buen corazón, probablemente un viejo y trabajador granjero que tuvo más hijos y mujeres de los que podía mantener.
Draco se encoge de hombros cuando lo sugiere, y eso fue todo lo que necesitó.
Encuentran un rollo de cinta en el maletero (algo sobre lo que Harry no quiere pensar demasiado, considerando el motivo por el que puede haber un rollo de cinta en el maletero de un coche alquilado), pero ellos mismos tienen que fabricar los envoltorios porque Harry ha olvidado el hechizo para transformar algo tan inútil, o al menos eso había creído, como lo es un sobre. Así que utilizan los papeles de la guantera y Harry le enseña a Draco cómo doblarlos en un método que aprendió de niño de uno de sus profesores muggles, y Draco hace un comentario sarcástico acerca de su educación muggle y luego se hace un corte con una hoja de papel y Harry se ríe ante la justicia de eso.
El tercer día no tienen oportunidad de hacer nada porque se levantan tarde y tienen que coger su vuelo, pero está bien porque Harry se deshace de la cantidad completa prevista para el día, al darle ciento sesenta mil euros al chico que les ayuda a llevar sus maletas desde el vestíbulo del hotel al coche de alquiler porque lo hace sin que se lo pidan, y porque después de hacerlo no les pide propina.
Después, en el avión, con el sol del ocaso filtrándose por la ventana y haciendo que el interior del avión resplandezca en tonos dorados, Draco se gira a Harry, sonríe y dice algo que Harry ha olvidado ya porque la sonrisa de Draco había sido tan íntima, tan amable, tan diferente de todo lo que Harry ha visto antes, mientras la luz del sol poniente de África había relucido a través de la ventana e hizo que la cabina entera resplandeciera en tonos dorados.
Y Harry no puede decidir cuál sentimiento le gusta más: si la satisfacción de haber salvado a tantas buenas personas de la pobreza y darles oportunidades que nunca antes habían tenido, o la manera en la que su garganta se cierra cuando Draco le sonríe, y Harry sabe que él ha sido el que le ha hecho sonreír.
- -
-¿Por qué estás haciendo esto? -le pregunta Draco una vez, y su voz suena cansada. -Nunca te librarás de todo. Una vez que llegues a casa, Harry, habrá otros diez cheques más esperándote, derechos de tus libros y pagos de patentes.
Esa noche no hace viento. El aire permanece quieto alrededor de ellos, suave y caliente como un abrazo.
-Cheques de las compañías de chucherías y de juguetes y Merlín sabe quién más, por los derechos de usar tu nombre en toda esa basura que fabrican.
Un lento suspiro escapa de los labios de Draco, y produce un sonido cansado, derrotado. ¿Ha sido África la que les ha producido este agotamiento, se pregunta Harry, o siempre ha estado ahí?
-No creo que lo hagas por ellos, Harry. Sé que te gusta ser el héroe -hace una pausa y sonríe distantemente, íntimamente, -y si recuerdo bien, siempre te ha gustado demasiado todo ese asunto del salvador montado en caballo blanco. -Titubea antes de continuar. Humedece rápidamente sus labios y dice: -Pero no creo que estés haciendo esto sólo por ellos. Creo que lo estás haciendo por tu propia salvación. Estás esperando que esta gente te salve a ti.
Suspira de nuevo.
-Pero no pueden hacerlo, Harry.
Draco le mira, y da un paso al frente, descansa su mano en el pecho de Harry, en medio de su clavícula, sobre esa extensión de piel que aparece entre los botones desabrochados de su camisa. Las yemas de sus dedos sólo rozan el hueco de su cuello. Su piel está tibia, no caliente como todo lo demás en ese lugar, pero sí perfectamente tibia, y Harry sabe que el corazón humano no está directamente en medio de las clavículas sino un poco más abajo, ligeramente escorado a la izquierda… es una realidad biológica. Y aún así se encuentra a sí mismo dudándolo, sintiendo otra cosa.
Posa la mano en la espalda de Draco y se pregunta qué es realmente la salvación, si eso podría ser la suya.
- -
Después de Uganda permanecen en Senegal dos días, después tres en Zambia. Harry regala casi un millón de euros y nunca se ha sentido tan rico.
Le da un poco más de treinta mil a una anciana ciega cuyas manos están llenas de callos en las palmas pero son templadas cuando ella las junta y susurra "Gracias, gracias, gracias", una y otra vez, con los ojos cerrados y la cabeza hacia atrás, la cara hacia el cielo. Un hombre insiste en agradecérselo, y les invita a su casa y hace un intento de servirles café. No se lo beben pero el hombre no se da cuenta, mientras charlan durante lo que parecen horas porque el hombre habla un inglés pasable y tiene interés en el fútbol. Y Harry se ríe cuando Draco se suma a la conversación, porque parece haber inventado su propio lenguaje para conversar con los nativos.
-¿Y tú ir a ver fútbol aquí? -pregunta Draco en voz alta, y el hombre lo mira encantado y sonríe y Harry se ríe a carcajadas, y se siente contento.
Se siente feliz, piensa.
Y cuando se va a dormir por la noche no está solo, sino con sus brazos alrededor de Draco y su rostro enterrado en la curva de su cuello, respirando su aroma, el calor y a África.
- -
Un día antes de que Gregory Goyle vaya a ser besado por el dementor, Draco le pregunta a Harry si puede ir, teniendo en cuenta que los dos fueron viejos amigos y que Draco no quiere que Greg muera rodeado solamente por personas que lo odian, de personas que, cuando él pase a su lado atado con cadenas invisibles, cuchichearán y dirán que el Beso es una condena demasiado leve para él, personas que estarán allí en busca de "justicia" (y dice esto con tan sólo una pequeña sonrisa de desprecio).
Es la primera vez que Draco le pide algo a Harry desde que fue sentenciado, y Harry considera la posibilidad de decirle que sí.
Pero entonces Harry piensa en la gente que va a estar allí: los familiares de las víctimas de Greg, los más prominentes ciudadanos de la comunidad, el mismo Ministro en persona. La lista sigue. Y la prensa también estará allí, con sus plumas encantadas y sus dispositivos para grabar, y el siguiente día en la primera página de los diarios aparecería una foto suya y de Draco mientras salen de la Corte, Draco cubriéndose la cabeza con la chaqueta de Harry y los gritos de la multitud alcanzándoles por el pasillo. Harry ya puede ver el titular. Éste diría:
EL MORTÍFAGO DRACO MALFOY ABUSA DE LA BUENA VOLUNTAD DEL NIÑO QUE VIVIÓ.
DRACO MALFOY ENFURECE A TODOS AL EXHIBIR SU CONTÍNUA ALIANZA CON QUIEN NO DEBE SER NOMBRADO AL HACER ACTO DE PRESENCIA EN EL AJUSTICIAMIENTO DE SU COMPAÑERO MORTÍFAGO.
Y Harry no quiere que Draco pase por eso, quiere protegerle lo mejor que pueda.Así que le dice a Draco que no puede ir, que no quedaría bien que él estuviera allí precisamente por quien va a estar allí, por lo que Greg había sido y especialmente por lo que Draco fue. Harry le dice a Draco que nunca debe olvidar su nuevo lugar en el nuevo mundo, donde la pureza de sangre es el equivalente a la escoria, y que ese es tiempo prestado; que si Draco está vivo hasta ese punto es por la gracia de otros, y que seguramente lo entiende. ¿Verdad, Draco?
Draco mira hacia otro lado y responde afirmativamente.
- -
Harry sueña con toda la gente que ha salvado en África.
Todos están caminando para alcanzarle, subiendo una de las verdes montañas ugandeses mientras él está sentado en la cima más alta y puede verlo todo, puede ver el mundo entero desde esa atalaya, y todos llevan las manos cerradas al frente como si estuvieran haciendo oración. Están empapados por la lluvia a pesar de que el sol brilla y Harry puede sentir su calidez en el cogote.
Están trepando tan rápido como pueden pero el pico continúa creciendo cada vez más alto, la pendiente continúa inclinándose cada vez más empinada, y cuando la inclinación de las montañas se pone completamente en vertical, ellos clavan las uñas en las raíces y en la tierra para continuar trepando, para continuar su camino hacia Harry, pero de repente la montaña se convierte en arena que resbala entre sus dedos como agua y ellos caen de espaldas, todos caen, y él entra en pánico, estirando sus manos hacia ellos...
Y les coge en la palma de la mano.
Pero son tan pequeños ya, se ven tan frágiles, pero está bien, todo está bien porque están seguros, porque Harry está allí para sujetarles. Intentan agradecerle y le llaman su salvador pero la palabra no significa lo que se supone, en vez de eso significa algo malo y detestable, y Harry se siente herido, se siente insultado.
Todos callan, caen sobre sus rodillas y se funden bajo el sol.
Harry se despierta sudando y jadeando, incapaz de sacudirse ese sentimiento de malestar.
- -
-No sé por qué te gusta tanto esto -le dice Draco en una ocasión.
Y Harry no le entiende, piensa que debería ser obvio y así se lo dice mientras dibuja pequeños círculos en la espalda de Draco y sonríe contra la curva de su hombro.
-Aquí no hay nada -continúa.
Y Harry se da cuenta de que Draco sólo mira las cosas malas, estudiando lo que se están perdiendo en lugar de fijarse en lo que está ahí, tangible bajo sus pies, sobre su cabeza y alrededor, abrazándole cerca, calentando su piel.
Draco no entiende en absoluto.
- -
Cuando llegan a Guinea, están en plena estación de los monzones y el cielo está del mismo color que el plomo y parece igual de pesado, ondulando con nubes de lluvia que Harry cree alcanzarán las estratosferas superiores directo al espacio exterior.
Cogen su coche de alquiler, un jeep con doble tracción y ruedas descomunales y se registran en el hotel. Draco le dice a Harry que quiere quedarse, que no quiere salir afuera en la lluvia en busca de personas pobres conduciendo un jeep con las ventanas subidas y el techo tapado, pero Harry le dice que no tiene otra opción. Después de eso, las discusiones son cortas. Parten después del almuerzo y se dirigen al este, hacia Côte d'Ivoire, porque harry ha escuchado hablar de Côte d'Ivoire y por lo que ha oído piensa que ahí habrá montones de gente, montones de gente necesitando su ayuda.
Siente como si el dinero le quemara en las manos y necesita deshacerse de él lo antes posible, traspasarlo a las manos de cualquier otra persona lo antes posible. Le da al hombre de la gasolinera quince mil euros sólo porque ya no quiere seguir llevándolos encima, simplemente quiere que desaparezcan, simplemente deja el mojado montón de dinero delante del empleado sobre el mostrador y se va sin ni siquiera esperar un agradecimiento. Deja otros veinte mil en el asiento del conductor de un viejo y destartalado camión al pasar caminando a su lado, mientras el conductor, un anciano nativo de pelo gris y manos temblorosas, llena el depósito sin ni siquiera enterarse.
Mientras conduce lejos de allí, Harry desea mirar el retrovisor esperando el momento en el que el anciano abra la puerta y descubra el dinero. Pero Harry no lo hace, y no está seguro de por qué.
Mientras conducen, la lluvia resulta casi sólida en el parabrisas; casi avanzan nadando sobre los caminos. El limpiaparabrisas chilla con cada pasada y Harry se encuentra al borde de sus casillas, ansioso, puede sentir lo mismo irradiando del asiento del pasajero donde se encuentra Draco.
Algunas de las calles y puentes han sido barridos y Harry sigue las flechas de las señales de desvío hasta que se desorienta completamente, olvidando por dónde ha venido. Y el entorno parece siempre el mismo, las laderas verdes de las montañas, las nubes oscuras y la lluvia cayendo encima de todo.
La mano de Harry que sostiene el volante aprieta más el agarre. Se han perdido. Se han perdido por culpa suya a la mitad de Guinea, en medio de la estación de monzones, en un jeep con goteras y con las malditas ventanas cerradas. Perdidos.
-Estamos perdidos, ¿cierto? -pregunta Draco, y tiene que alzar la voz para que Harry le escuche, porque el sonido de la lluvia en el techo y el chillido de los limpiaparabrisas casi ahogan su voz.
-No estamos perdidos, Draco -miente.
Draco apunta hacia fuera de la ventana. –Es la tercera vez que pasamos esa señal de desvío.
Harry entrecierra los ojos y mantiene su voz firme. –Todas las señales de desvío son iguales, Draco. Son sólo un letrero naranja con una flecha.
-Pero obviamente si nos hemos mantenido pasando el mismo que nos dirige hacia la derecha, hemos estado dando vueltas en círculo -dice sin alterar la voz pero con un dejo de burla, sólo el suficiente.
Harry golpea el volante con un puño. –Demonios, Draco, ¿podrías callarte? Estamos perdidos, ¿de acuerdo? Estamos jodidamente perdidos en África, de acuerdo, pero no podré encontrar el camino si tú estás parloteando todo el tiempo acerca de las señales.
-Bueno, las estás ignorando a todas –comenta Draco, manteniendo el mismo tono de voz.
-¿De qué estás hablando? ¡Estoy haciendo lo que todas y cada una me han indicado!
Draco rueda los ojos. –Piensa inteligentemente durante un minuto, Harry. No me refiero literalmente sólo a los señalamientos de desvío sino a todas las otras señales que hemos estado viendo desde que llegamos aquí. –Mira hacia Harry y sus ojos están oscurecidos y grises, como las nubes de tormenta en el cielo. –No deberíamos estar aquí.
Harry se mofa. –Oh, ¿te refieres a los señalamientos metafóricos e intangibles? ¿Como a la felicidad en la cara de las personas cuando les doy dinero o cuando lloran y me besan las manos?
-No, Harry, me refiero a algo que está más allá de la línea de tu obvia adicción a eso –dice Draco, girándose sobre su asiento para encararlo. –La manera en que estás usando tu dinero, creyendo que estás logrando que las vidas de estas personas sean mejor, no está bien.
-¿Creyendo que estoy logrando que sus vidas sean mejor? Draco, lo estoy logrando.
-El dinero… -empieza, pero Harry lo interrumpe.
-¡Es único lo que tengo! –exclama, frustrado. –Si hubiera algo más, Draco, cualquier cosa en el mundo que pudiera dar, lo daría, de inmediato.
-¿Lo único que tienes? –repite Draco incrédulamente. –Así que, ¿simplemente te has olvidado de la varita mágica que traes en tu bolsillo?
Harry deja salir una breve carcajada. -¿Tú crees que yo no quiero usar la magia? ¿Qué no he pensado en eso? ¿Qué casi no la he hecho? Pero eso sería falso. La magia sería una rápida e instantánea solución para ellos, Draco. Sería darles falsas esperanzas de algo mucho más grande que nunca llegará hasta ellos.
Draco lo observa con atención. -¿Y qué crees que estás logrando al andar por aquí y arrojarles dinero encima?
Hay un momentáneo silencio dentro del jeep; los únicos sonidos son la lluvia, los limpiaparabrisas y el camino de grava crujiendo bajo las llantas.
-Pero, ¿qué importa lo que sucederá después, verdad Harry? –continua Draco. –No estás interesado en lo que pasará con estas personas después de que te hayas alejado y estés harto de ellos. Usas su gratitud como un tipo de combustible para ti, como algo que llena tu vacío.
-¿Así que estás diciendo que sentirme bien cuando ayudo a alguien está mal? –pregunta Harry con las palabras llenas de incredulidad.
-Lo es cuando lo haces sólo por sentirte así. Tú no ayudas a estas personas porque estés obligado a hacerlo, Harry. No hay algo grandioso en ti por haber venido a este lugar, de entre todos del mundo. Eres igual a todos los demás, con la única diferencia de que tienes una cicatriz en tu maldita frente. –La voz de Draco era helada. -Estás jugando el papel de salvador de esta gente sólo por sentirte como si lo fueras, sólo por esa sensación que la gente ha estado alimentando toda tu vida: El Niño Que Vivió, nuestro salvador con anteojos y todo eso, y no sabes qué hacer ahora que eso se ha empezado a terminar al finalizar la guerra. Los estás usando, Harry, así puedes continuar siendo el héroe, sintiendo esa energía. Y eso no lo vuelve diferente a ninguna otra droga.
-Lo que sea –dice Harry sacudiendo la cabeza. –Estoy intentando salvar a esta gente, no esperando que tú lo entiendas. –Le sonríe despreciativamente. –Eras un Mortífago, Draco, de pies a cabeza. –Lo mira duramente. –Lo sé. Y las cosas que he escuchado sobre ti, son cosas que… que… Eras de las alimañas que mataron a todas las personas buenas en la guerra, a toda mi gente, y no espero que puedas comprender algo tan simple como la decencia humana.
-¿Decencia humana? –repite Draco. –Humana. ¿Decencia? Tú también mataste gente, Harry, gente con familia y esposos y esposas, quienes tenían un corazón como todas aquellas personas buenas que llamas tu gente.
-¡LO SÉ! –explota Harry al fin, la tensión en su espina dorsal saliendo abruptamente. –¿Y piensas que no trato con todas mis fuerzas de reparar eso cada-jodido-día?
La lluvia continúa. Los limpiaparabrisas rechinan.
Harry respira profundamente y le echa un vistazo a Draco, quien lo está mirando con ojos grises y rebosantes de tristeza y Harry siente que su enojo se desvanece de la misma manera que la lluvia resbala en los vidrios a causa del viento. Mira carretera atrás y está convencido de que están completamente perdidos, mientras Draco toma una de sus manos del volante y la aprieta con la suya. Deposita un beso en los nudillos de Harry y suspira contra su piel y Harry tiene problemas para respirar.
-Era una guerra, Harry –dice en voz baja. –Siempre hay dos lados en ella.
Harry lo mira y asiente, y sabe que Draco tiene razón, sí lo sabe. Pero eso no cambia nada y todo sigue igual a como era antes.
- -
Una noche están acostados en la cama de su habitación del hotel, con sus brazos y piernas enredados de una manera que no le parece tan enredada a Harry pero sí acomodada con gran cuidado.Harry presiona los labios en la mandíbula de Draco y dice distraídamente: -No entiendo cómo lo hace esta gente. Cómo viven con eso.
Hay silencio durante un momento y la luz de la luna que salpica las paredes y el pie de su cama es brillante, iluminando completamente la habitación con suaves destellos plateados.
-Estarías sorprendido de cómo se las arregla la gente –dice Draco, desprendiéndose de los brazos de Harry. –Cómo aprenden a vivir con eso.
Harry mira a Draco, pero sus ojos están cubiertos de sombra y Harry no tiene idea de qué pueda estar pensando. Se rodó en la cama y jaló la manta para cubrirse los hombros.
Y Harry no duerme durante el resto de la noche, porque hay algo en la manera en que Draco ha hablado que lo deja inquieto, algo en sus palabras que había parecido más personal, más doloroso de lo que Harry piensa debería de haber sido.
- -
Estar perdidos en Guinea no es tan terrible, como Harry empieza a darse cuenta. Nunca consiguen evitar la lluvia, aún después de conducir durante una hora en la dirección que Harry espera sea la correcta. Llegan a un punto de descanso en la cima de una de las pequeñas montañas, cerca de un acantilado y Harry sale a la carretera porque ese es el lugar perfecto, piensa, el mejor lugar que iban a encontrar.Saca la mayor parte del dinero de sus bolsillos, zapatos y de otros escondites, dejando suficiente para obsequiar por si se cruzan con alguien más, y le pregunta a Draco si viene con él, y Draco dice que no. Harry desvía la mirada, en la lluvia que gotea sobre el pasto y empapa el suelo convirtiéndolo en un negro y lodoso charco. Pregunta de nuevo, si Draco haría esa única cosa con él, por favor, y Draco duda. Harry piensa que su reticencia no se debe a que no quiera mojarse, interiormente cree que no esa no es la verdadera razón. Pero entonces Draco accede y él sonríe y nada más importa ya.
Salen del jeep antes de que Harry recuerde que un hechizo de conducción habría sido de utilidad y corren hacia la orilla de la cima, pero antes de dar cinco pasos Harry resbala y cae de lado sobre el lodo. Se ríe divertido de él mismo, en el lodo que le cubre la ropa y el cabello, y se resbala de nuevo cuando trata de levantarse. Draco tiene que ayudarle a incorporarse, con sus manos enganchadas a las axilas de Harry y maldice al lodo, a la lluvia y a Harry, sobre todo a Harry.
Se detienen en el borde y se miran el uno al otro. La lluvia ha empapado el cabello de Draco, aplastándolo sobre su frente, mejillas y nuca, y pequeñas gotas cuelgan de sus pestañas como si fueran lágrimas. Su piel luce como fina porcelana bajo la luz de la lluvia. Harry desea desesperadamente besarlo en ese momento, fieramente, en medio de una tormenta africana y al borde de un precipicio, y casi puede saborear la manera en la lluvia sabría en los labios de Draco.
Pero ambos están cubiertos de barro y Harry sabe que Draco no lo aguantaría, y no era tampoco que a Harry le gustara mucho el barro, pero el casi beso es casi suficiente.
Y entonces Harry se voltea repentinamente y arroja todo el dinero por el acantilado y sabe que puede estar haciendo sólo eso, puede estar sólo lanzando dinero en una montaña para que se pierda y sea pisoteado por animales y mojado por la lluvia durante años, o tal vez no.
Y tal vez no importa, porque el gesto es el mismo, las nociones de libertad y vuelo inherentes a la caída por el borde.
Pero el dinero nunca es libre por sí mismo, y nunca huye. Está ya mojado y enlodado por culpa de Harry cuando lo arroja y los billetes de quedan pegados juntos en un montón que se arquea y cae en picado, siendo golpeado por la lluvia antes de tener la oportunidad de volar.
Harry odia Guinea y se alegra cuando toman su vuelo.
- -
Draco no está dormido y eso lo hace más fácil para Harry.-Mi vida entera ha sido como si a todos los lugares a los que voy encontrara la nada en alguna parte, o lo hiciera en todas partes. Pero esto…
Su mano se cierne sobre el hombro de Draco, y Harry desea tanto poder tocarlo que le duele, realmente hace que sus huesos le duelan, pero no lo hará. Observa como las sábanas se levantan y al final caen sobre el pecho de Draco.
-Eso es algo para mí. Es bueno. Hace que todo lo demás sea más tolerable. Y puede no tener nada que ver con lo que ninguno de nosotros tenía en mente, pero las cosas raramente salen como pensamos.
Harry aplaude y aprieta sus manos fuertemente, para estar seguro que no las llevará hasta Draco.
-No se puede preveer qué es lo que nos hará felices.
- -
Cuando dejan Guinea, se quedan en Kenia durante tres días y en Angola durante tres más, y Harry empieza a perder la cuenta de cuánto dinero ha obsequiado, y cuánto le ha dado a cada persona.Pero sí recuerda a la mujer con un bebé en sus brazos, mirándolo mientras él caminaba por la calle con los ojos tan llenos de desesperación que él tuvo que regresar antes de continuar su camino y darle la mirad de lo que traía consigo. Y entonces, dos calles más adelante, localizó a otra mujer con la misma expresión de desesperación y ella lo había mirado directamente y suplicado por dinero, y Harry se dio cuenta que ella estaba cargando al mismo bebé que la otra mujer había tenido antes, envuelto en la misma manta mugrienta y con la misma apariencia somnolienta.
Y recuerda al hombre joven que había cargado su equipaje en el aeropuerto y extendido su mano de demasiada buena gana, y había mirado cruelmente a Harry cuando éste le dio sólo una propina normal. El hombre dijo que Harry le acababa de dar a su hermano una enorme suma de dinero por llevar el equipaje del taxi al hotel, y que sabía que Harry tenía dinero, y que por eso había ido hasta ahí para cargar su equipaje y eso era todo lo que tenía. Así que, ¿por qué Harry no le daba más dinero a él?
Empieza a desear simplemente haber arrojado todo el dinero en el acantilado.
- -
Harry se detiene a un lado y permite que Malfoy entre primero. Cierra la puerta a sus espaldas y mira a Malfoy, quien no lo está mirando a él.-Esto es –dice, rodeando a Malfoy y abriendo sus brazos de par en par.
Harry está orgulloso de su apartamento. Es sencillo y espacioso sin ser demasiado prepotente, con pisos de madera, trazos limpios y colores apagados. Es cómodo pero elegante. Nadie se habría enamorado de él.
-¿Qué te parece? –pregunta, arrepintiéndose de sus palabras al momento de que dejaron su boca. Se prepara para lo peor.
Pero Malfoy lo sorprende cuando sencillamente dice: -Es bonito.
Harry se siente halagado. –Gracias –dice, después de un instante.
Le ofrece a Malfoy un recorrido, el cual es mucho más corto, había tratado de bromear, que el que asume debe de ser el recorrido a través de la Mansión Malfoy. Pero no recibe respuesta alguna de parte de Malfoy, quien parece continuar atrapado en Azkaban a juzgar por las emociones que Harry consigue obtener de él.
Harry le muestra a Malfoy una habitación al final de un pasillo.
-Este será tu cuarto –dice, mientras abre la puerta.
Malfoy mira alrededor brevemente antes de tomar asiento en el borde de la cama, y Harry de repente se siente como un intruso en su propio hogar, sentimiento que encuentra desagradable, después de todo esa sigue siendo su casa; esa sigue siendo su habitación. Se ve obligado a imponerse ante Malfoy y recordarle que si está ahí, en la habitación de huéspedes de Harry, es porque Harry lo salvó… y la expresión abochornada en los ojos de Malfoy que le suplican que no lo haga y le dicen que él ya lo sabe mucho mejor de lo que Harry lo sabrá jamás.
Suspira. Y Harry no está seguro de por qué lo hace, los quizáss y las posibilidades son tan infinitas como pueden serlo, pero elige darle a Malfoy un pequeño recordatorio mientras camina hacia fuera y cierra la puerta detrás de él.
-Cinco años, entonces.
Y el clic de la puerta al cerrarse suena para Harry como un final, como una conclusión o muerte metalizada, pero Harry sabe que ése es sólo el principio.
- -
Arriban a Nigeria siete días después de haber dejado Guinea, y la primera cosa que Harry nota es que la mayoría de los empleados del aeropuerto son blancos, con acento inglés o francés, y casi todos están bronceados por el sol. La mujer que los ayuda en la mesa de alquiler de coches es pequeña y rubia, tiene pestañas oscuras y papada. Le dice a Harry que la compañía le ha dado su coche por accidente a alguien más y que no hay nada que puedan hacer al respecto y que lo siente terriblemente pero, ¿podría por favor moverse a un lado y permitir que pase el siguiente?Harry desea irse aún antes de haber puesto un pie fuera del aeropuerto. Ya no le gusta ese lugar.
-Mira, no es gran cosa –dice Draco como si tratara de consolarlo. –Simplemente le pagaremos a alguien para que nos lleve por ahí. De esa manera tendremos un coche y nos desharemos de algo de dinero. Todos salimos ganando, en realidad.
Harry se siente mosqueado de ese lugar. Está considerando seriamente regresar sobre sus pasos y tomar el siguiente vuelo que los lleve a cualquier otro lugar, a cualquier otra ciudad africana donde la gente lo necesite tanto como ahí.
-Draco, no estoy seguro…
-Mira, ahí hay alguien –sugiere Draco. –Parece digno de confianza. –Señala a la acera de enfrente hacia una gasolinera, donde un joven autóctono vestido con una camiseta color ámbar que reza: “Florida”, está apoyado contra un viejo camión de carga que parece haber sido blanco alguna vez, pero que ahora tiene la mayor parte de la pintura desgastada. Draco echa un rápido vistazo a ambos lados de la calle y la cruza, diciendo mientras camina: -Cuanto más rápido nos deshagamos del dinero, más rápido podremos irnos.
Para cuando Harry lo alcanza, Draco ya está en medio de una negociación con el hombre utilizando su propio lenguaje inglés-africano. El chico es tan joven que parece un niño, posiblemente no tiene más de diecisiete o dieciocho años.
-Tú llevar nosotros en coche por la ciudad, ¿si? –dice Draco en voz cada vez más alta y con una enorme sonrisa dolorosamente fingida. Está casi encima del chico como si con eso pudiera ayudarlo a entender.
-Sí, sí –responde el chico, -yo lleva ustedes.
Parece encantado con su proposición. Pone sus manos juntas enfrente de su pecho como un niño pequeño pidiendo dulces y sonríe ampliamente, lo que hace que sus orejas sobresalgan curiosamente. Tiene la punta de la nariz y las mejillas salpicadas de pecas negras y su piel luce limpia y lisa. Le echa un vistazo a Harry, y su buen humor parece tan genuino que Harry no puede evitar corresponderle la sonrisa.
-¿A los lugares donde los pobres vivir? –pregunta Draco en voz alta.
Hay algunas otras personas en la gasolinera, turistas, calcula Harry, si se deja guiar por sus mochilas y viseras. Miran hacia Draco extrañados.
El chico luce confundido. -¿Pobres? –pregunta.
Draco parece estar considerando eso. –No dinero –dice después de pensarlo un poco. –Donde gente no tener dinero y vivir mal.
Eso basta para que el chico entienda, y asiente tajantemente. –Sí, hay muy pobres aquí.
-¿Cómo llamarte tú? –pregunta Harry antes de que pueda reacomodar las palabras en su mente. Draco le sonríe presuntuoso.
La sonrisa del chico se ensancha más, lo que Harry no había creído fuera posible.
-Mi llamar Yerodin –dice.
-Yerodin –dice Draco-. ¿Ya irnos?
Yerodin sonríe y saca las llaves del camión de su bolsillo. Es todo sonrisas y enormes orejas mientras se trepa hasta el asiento del chofer y enciende el motor. Harry y Draco se sientan en la parte trasera, en la plataforma de carga, la cual está sorpresivamente limpia para ser un vehículo tan viejo, y es lo suficientemente grande para que dos o tres más quepan ahí junto a ellos.
Nigeria es puro y rojizo desierto dorado del Sahara. El suelo es un profundo y grueso tapete de arena; el aire es caliente y seco como nada que Harry hubiera sentido antes. Imagina que así es como se sentiría la superficie del sol y el paisaje está teñido de tonos ámbar y naranja, y de onduladas dunas de arena hasta donde sus ojos alcanzan a ver. El cielo es una clara expansión blanquiazul de un horizonte a otro.
El viento es caliente y quema las mejillas y labios de Harry y seca su garganta, y nunca había deseado un vaso de agua tan fervientemente en toda su vida. Cree que tal vez tiene la garganta cubierta de arena porque está en todos lados, en sus ojos, cabello, boca y simplemente, en todas partes.
De pronto, la mano de Draco se posa torpemente sobre la suya, y Harry voltea a verlo con ojos entornados.
Dice algo que Harry no puede escuchar. El viento y la arena se llevan lejos las palabras antes de que puedan llegar hasta sus oídos.
-¿Qué? –grita Harry.
-¡Quiero ir a casa! –repite Draco.
Harry asiente con aprobación y toma la mano de Draco con la suya a pesar del hecho de que sus manos parecen lijas, secas y ásperas, y la fricción entre ellas es incómoda y abrasiva. Harry lo habría resistido y hubiera tenido a Draco tomado de la mano para siempre si él lo hubiera deseado también.
El camión empieza a ir más lento y finalmente Harry puede abrir los ojos sin la amenaza de que la arena le entorpezca la visión. Draco lo suelta de la mano y se voltea hacia el frente, hacia su próximo destino. Hay un pueblo justo adelante, el cual es mucho más grande de lo que Harry había esperado, de lo que ha experimentado, con más chozas de las que puede contar de manera inmediata, y tiene que calcular cuántas puede haber; por lo menos son de veinticinco a treinta, supone. Un abrumador sentimiento empieza a dominarlo inexplicablemente mientras el camión se acerca más.
Draco golpea la ventana más cercana y le dice a Yerodin que se detenga, y Harry de repente se siente bien otra vez, porque Draco va a decirle que se den la vuelta. Piensa que Draco va a exigirle que los regrese al aeropuerto y ahí comprarían boletos para ir a Nigeria o Zimbabwe o a donde fuera, y finalmente dejarían atrás ese lugar con su aire caliente y puñetera arena.
Pero en vez de eso, Draco se voltea hacia Harry y le dice: -Todo tuyo, Harry. –Baja de la plataforma de un salto y se sube al asiento del pasajero junto a Yerodin. Cierra la puerta de un golpe, ocasionando un ruido abrupto y oxidado, y Harry siente que todas sus esperanzas caen hasta el suelo de arena.
El camión empieza a andar hacia delante, y casi están ahí, y la gente está empezando a darse cuenta de su llegada, están empezando a acercarse hacia el vehículo. Harry se pone lentamente de pie, tocándose los bolsillos para asegurarse de que el dinero está listo, y se dice que no será tan malo, que sólo les dará el dinero conforme pase a su lado, y hay tanta gente ahí que estará segur de deshacerse de todo en un solo día, y entonces él y Draco podrán subirse a un avión la mañana siguiente, o esa misma noche si encontraran alguno disponible.
Están apenas a sólo unos cincuenta metros de su meta y algunos de los locales han empezado a correr hacia la camioneta. El primero en llegar es un niño, no mayor de diez u once años, quien camina junto al camión mientras éste sigue su marcha, va vestido con una camiseta sin mangas y unos pantalones color caqui que le quedan cinco tallas grandes, sostenidos únicamente por un pedazo de cuerda puesta a modo de cinturón. Estira su mano hacia Harry y dice algo en un lenguaje que Harry no conoce, pero comprende la desesperación en su voz, puede verla en los enormes ojos almendrados del niño, y Harry le da todas las monedas que lleva consigo. El alivio en sus ojos es casi suficiente como par que Harry se hundiera en él.
Pero entonces otro niño, éste de más edad, dieciséis quizáss, aferra el antebrazo de Harry y le dice algo con los ojos entrecerrados que suena más como una acusación, haciendo señas hacia el bolsillo de la camisa de Harry, del cual justo acababa de sacar el dinero. Harry lo mira con frialdad y trata de soltarse el brazo de su agarre, pero el chico es fuerte, más fuerte de lo que Harry recuerda que él y Ron fueron a su edad. Harry intenta de nuevo, tirando lo más duro que se atreve mientras trata de evitar dislocarse el hombro, pero el agarre del chico en su brazo se aprieta fuerte y de repente Harry siente que él es el único siendo jalado, siendo tirado abajo, y ese chico tiene ojos negros y crueles. Harry tropieza y casi se cae hacia delante y repentinamente empieza a ser muy consciente de la distancia exacta que hay entre él y el suelo, cuando su instinto de supervivencia lo golpea y se arrodilla de golpe sobre la plataforma para poder apalancarse mejor, y sigue un juego de tira y afloja entre él y ese chico, ese adolescente de dieciséis años que está mirando a Harry como si fuera el responsable de todo eso, desde las cicatrices que cruzan sus mejillas hasta de la sucia y andrajosa camiseta y de la arena en el desierto y del calor del sol y de toda la maldita injusticia que exsite.
Pelean un momento más antes de que Harry dé un jalón final y caiga de espaldas, golpeándose la cabeza contra el guardafangos. Su visión se sumerge brevemente en la oscuridad antes de aclararse y se sienta lentamente, frotándose la nuca, pensando que eso le escocerá más tarde. Una mano lo alcanza desde atrás, aferrándolo del cuello brevemente antes de bajarse y tomarlo de los hombros. Harry gira la cabeza y ve que han llegado hasta el interior del pueblo y que parece ser que todos y cada uno de los habitantes han salido a rodear el camión y a suplicar por dinero. Tienen que ser más de cincuenta, supone Harry, formando un muro alrededor del camión de cuatro o cinco personas de profundidad, y todos estiran sus manos hacia él y lo agarran de donde pueden hacerlo, como si sus manos por sí mismas estuvieran hambrientas de la piel de Harry, de su camisa, de su pelo, y tiene que colocarse en medio de la plataforma para poder evitar ser tocado por ellos. Y entonces se pone de pie, poniendo más distancia entre él y esa gente.
Lo miran como si fuera un Mesías, o el Primer Ministro, o el presidente o cualquiera que solucione sus problemas; cualquiera es su solución. Levantan sus manos hacia él, con las palmas abiertas, las mangas de sus raídas y descoloridas camisetas enroscándose, tan flojas que Harry puede ver sus costillas sobresaliendo en la piel de sus costados. Están hablándole, gritándole desde todos lados, contándole sus historias en lenguajes que nunca pensó existieran mientras rodeaban la plataforma, con sus pechos contra el metal y la pintura desgastada por el sol, y se siente sofocado por su necesidad, devorado por completo por ella.
Sus ojos están muy abiertos y son impresionantemente blancos en contraste con su piel negra. Sus voces se quiebran mientras le gritan. Sus dientes son perfectos.
Y eso está mal, se da cuenta Harry de pronto, no está bien, la manera en que la gente de ahí lo está mirando. Desesperados, hambrientos y pareciendo decir “sálvame, sálvame, ¿no es eso a lo que has venido?” mientras le agarran los bordes de su camisa de lino de color crema, la cual Draco había insistido en que se la comprara en la tienda de regalos del aeropuerto para que estuviera fresco, y a pesar de haber sido dolorosamente cara lo hizo, sí, la compró sólo para ver la sonrisa en la cara de Draco cuando Harry se la puso el día siguiente, y las manos de la gente están tan negras y tan sucias que Harry empieza de repente a sentirse tan sediento que cree que puede morir de sed, tal vez hasta partirse en pedazos justo ahí y en ese momento, sobre la piedra y la arena. Y ése no es sólo el lugar y el momento equivocados, es la idea equivocada, la maldita noción equivocada.
¿Quién era él para creer que podía salvar a esa gente, aún a unos pocos, dos, o tres o cuatro?
¿Quién era él para creer que podía salvar a alguien?
Harry le grita a Yerodin para que no se detenga, para que maneje hasta que están muy lejos de ahí, y evita mirar a Draco a los ojos cuando él voltea a verlo desde el asiento del pasajero. Harry toma asiento en la esquina más alejada de la plataforma, apoyando la espalda contra la puerta, y el reflejo en el vidrio trasero del camión son los nigerianos corriendo detrás de ellos, con los brazos abiertos, y de él mismo, vestido con su camisa de lino, crujiente, limpia y del sencillo color de la arena, mientras no hace nada.
- -
Los cielos ahí son del gris más profundo que Harry recuerda haber visto jamás, habiéndose acostumbrado a los cielos grisáceos, nublosos y altos de Inglaterra, tan altos que parecían estar más allá de cualquier cosa que tuviera algo que ver con Harry, o con cualquier otro. El cielo sobre Inglaterra, igual que sobre el resto del mundo, era intocable e indiferente a todo lo que sucedía debajo de él.Pero era diferente ahí, como todo parecía serlo. Las nubes en África vuelan bajo, cerca del suelo, tan cerca que Harry cree que puede sentirlas rozando su cabeza y mojando las palmas de sus manos. Y son más profundas ahí: más oscuras, más llenas, y el trueno hace que el suelo tiemble y retumbe con algo más que una mera reacción científica al relámpago.
Harry piensa que esa cercanía es tal vez la razón por la que África ha permanecido tan intocable, todavía tan sagrada.
- -
Esa noche ya tarde, Harry tiene este sueño:Está parado en el mismo acantilado de Guinea en el que habían estado antes, y puede escuchar la lluvia mientras golpea las hojas de los árboles y cae sobre el suelo, pero él está seco y no hay gotas cayendo sobre él desde las oscuras nubes que están encima, y no cree que eso sea extraño, ni siquiera que sea fuera de lo ordinario. Se asoma por el borde del acantilado y hay miles de nativos trepando por ese lado de la montaña, con sus puños resbalando mientras le llaman a gritos, chillando por su ayuda en miles de lenguajes que no comprende.
Cae de espaldas desde la orilla y se tropieza con algo, y cuando se gira para ver es Draco que está parado encima de él, y Draco está empapado por la lluvia que no está cayendo, y hay gotas deslizándose hacia abajo por sus mejillas como si fueran lágrimas.
-No me empujes –dice Harry, y tiene que gritar porque apenas puede escucharse por encima del ruido de la tormenta que no llueve. –Draco, por favor, no me empujes hacia allá.
Draco parece confundido. -¿Empujarte?
Harry echa un vistazo por encima de su hombro, y el camino hacia abajo es tan largo, tan pero tan largo hasta llegar al fondo. Se voltea pero Draco ha desaparecido, y de repente la lluvia llega, mojando su piel y cabello y empapando su ropa, y el sonido no es de la tormenta, sino de las voces de la gente que no había sido capaz de salvar, sus gritos de ayuda y acusaciones de abandono haciendo eco con cada gota que cae. El suelo bajo sus pies empieza a ponerse inestable y resbaloso por el agua y resbala, y está cayendo hacia atrás, cayendo por el abismo, y no es como volar o como sentirse libre.
Es sólo caer.
- -
-Sé que quieres salvarme –está diciendo Draco y Harry se pregunta si es un sueño, si en realidad nunca ha pasado en realidad, porque nada existe excepto ellos, sin tiempo, sin espacio y sin descripción.Sólo es Draco, y la manera en que sus manos tiemblan cuando toma la de Harry tan apretado que piensa que se le quebraran los huesos.
-Sé que quieres salvarme –está diciendo Draco, -Pero siento que me has matado en vez de eso.
- -
-Tenemos de irnos de aquí –dice Harry. –Irnos a cualquier otro lugar.-¿Qué? –pregunta Draco, volteando a verlo.
Es mediodía y todavía están en Nigeria, habiendo almorzado en una cafetería al aire libre y la existencia de tanta cosa en tantos lugares insoportablemente calientes desconcierta a Harry, hace que su cabeza dé vueltas, o tal vez es sólo el calor.
Pone su bebida encima del mantel blanco y se inclina hacia delante. –África me está ahogando –dice con voz baja y ronca. –No puedo soportar otro día aquí. Iremos a Asia, a Europa Occidental, a Sudamérica o lo que sea.
La boca de Draco se abre de golpe.
-Todavía tengo muchísimo dinero que tengo que dar –continúa. –Pero ya no puedo hacerlo aquí. Moriré.
-¿Estás demente? –pregunta Draco.
Harry se pone a la defensiva ante su tono. -¿Qué quieres decir?
-Si quieres, nos iremos de aquí esta noche o en ese momento, de cualquier forma está bien para mí. Sólo paga la cuenta, dale la propina a la camarera y vayámonos. Demonios, soy capaz de organizar un desfile –dice Draco desdeñosamente antes de ponerse serio. –Pero que esa tonta cabeza que tienes no piense ni por un minuto que yo voy a volver a ir a otra de estas… estas… excursiones otra vez.
Eso pilla a Harry fuera de guardia y es incapaz de pensar en una respuesta antes de que Draco continúe.
-Estoy agotado después de esto, Harry –dice Draco y mira a Harry en ese momento como si los dos apenas se acabaran de conocer, como si él no fuera más que un extraño para Draco, con una desconexión en sus ojos que le llega a Harry directo al corazón. –Acabado.
Y la finalidad en su voz está aterrorizando a Harry; la idea de que Draco lo dejará es aterrorizante.
-No puedes irte –dice Harry, dejándose dominar por el pánico. Se siente jalado por un huracán, mentalmente pensando en una razón y en otra y otra hasta que encuentra la que siempre ha funcionado antes, la que Draco nunca ha podido ser capaz de resistir.
-Tus cinco años todavía no se acaban.
Harry no mira a Draco cuando lo dice, sin querer ver la manera en que sus hombros se tensarán y sus ojos se endurecerán. Tiene intención de decirlo suavemente, porque eso siempre está sobre sus cabezas, ese silencioso acuerdo, siempre empañando cada momento y cada cosa, esa realidad de circunstancias.
Y no importa cuántas veces no lo mencionen, o traten de olvidarlo, o se tomen el uno al otro de la mano o se besen en los labios, siempre está ahí, la sombra de su realidad: Harry siendo el carcelero y Draco el prisionero. Y eso hace que la garganta de Harry se cierre al pensarlo de esa manera, al recordar la razón real por la que Draco está con él en ese momento, el por qué Draco no lo ha dejado todavía, porque eso se lleva lo que existe entre ellos y les corta las piernas y los deja con sus emociones abiertas y sangrantes.
Y no significa que Harry ame menos a Draco. Sólo significa que ese amor es más doloroso.
Mira a Draco por encima del solitario clavel rojo que descansa entre ellos encima del mantel, y en vez de ver derrota, como Harry había esperado, ve desafío ardiendo en los ojos de Draco.
-Me iré –dice Draco llanamente.
Harry sólo lo ve fijamente en respuesta.
-Lo haré –amenaza fríamente, y Harry se pregunta cómo puede todavía lograr ser tan frío cuando ahí siempre está tan caliente, tan abochornadamente caliente a todas partes que van. –Huiré mientras duermes. Te robaré algo de dinero y tomaré un vuelo o me subiré a un tren. No tengo que quedarme.
Hay algo en la manera que los ojos de Draco brillan que raya en la locura, en el suicidio, y le recuerda a Harry a un animal acorralado cuya única manera de huir es matar o ser asesinado. Y Harry se pregunta si África realmente ha sido tan horrible para Draco, tan perjudicial que convertiría eso en un asunto de vida o muerte.
¿O era Harry de quien Draco quería alejarse?
-¿No tienes que quedarte? –repite Harry. –El Ministerio…
-Estamos en África, Harry, ¿qué va a hacer el Ministerio al respecto? –interrumpe Draco.
-Bueno, pueden tratar de encontrarte. ¿Honestamente crees que dejarían que un Mortífago convicto, y mucho menos un Malfoy, escape y desaparezca en un país extranjero?
Harry siente más que ve los ojos de Draco perforando los suyos, porque el sol del mediodía hace que su cabello brille tanto que casi no lo puede mirar, y es doloroso mirarlo. Harry tiene que entornar los ojos.
-Tú no les dirás que me he ido –dice Draco muy seguro de él mismo.
Y Harry se da cuenta que el orgullo ha sido siempre el pecado del que Draco es más culpable. Había vivido su vida por orgullo y hecho alianzas alrededor de él, y por él sufría hoy, por ese orgullo Malfoy que venía agregado al apellido. Y sin embargo, sin él, ¿dónde estaría Draco? ¿Quién sería? Era el orgullo de Draco lo que había hecho esos cuatro años y medio tan insoportables para él, pero era la única cosa que ahora lo mantenía cuerdo, que ahora lo salvaba.
Y de repente Harry entiende que no queda nada para ellos después de eso. “Eso” no era sólo África, sino los pasados cuatro años y seis meses, y todas las cosas que habían pasado entre ellos durante ese tiempo y todas las cosas que no, que no eran más que imaginaciones y sueños que empezaban a perderse cuando eran llevados ante la luz del día.
Harry mira a Draco y Draco está roto. Harry lo sabe, está seguro de eso como está seguro de que el sol saldrá la mañana siguiente, y que poco tiempo después, se pondrá de nuevo. Porque era Harry quien lo había quebrado, era Harry quien había sentido el chasquido bajo su puño.
¿Cómo pudo haber pensado Harry que habría un después con Draco cuando vivir así tenía que haber sido tan insoportable?
-… Lo sé, no lo harás –está diciendo Draco y Harry no está seguro si Draco ha continuado hablando todo ese tiempo. Siente como si en esos pocos segundos hubieran pasado años, y durante ellos ha envejecido y marchitado indescriptiblemente.
Draco mantiene su mirada desafiante, y Harry es el primero en romper el contacto porque mirar a Draco duele ahora más que nunca, de muchas más maneras que nunca.
Algo impulsa a Harry y se dice que puede detener eso, que Draco no se irá si le da las respuestas correctas, si le dice las cosas correctas. Pero cuál puede ser, esa razón correcta… es como la arena del Sahara bajo sus zapatillas Nike, escapándose entre sus dedos cuando agarra un puñado de ella. No puede entenderlo y entonces Harry tiene que rendirse, y cierra los ojos cuando se da cuenta de ello.
La silueta roja de Draco arde como negativo dentro de la oscuridad de los párpados de Harry, dentro de su memoria. Echa la cabeza atrás y el sol es más caliente sobre sus párpados y su mandíbula.
-¿Y dónde irías tú cuando te fueras? –pregunta Harry. -¿Dónde estarás?
La voz de Draco suena segura cuando responde: -En cualquier sitio.
Harry mueve de nuevo su cabeza hacia delante y deja que sus ojos se abran, y echa un vistazo alrededor. Todo es blanco después de haber mantenido los ojos cerrados, todo es blanco, la arena y el cielo, y sólo está esa pequeña cafetería en ese pequeño pueblo, y más allá de eso, en cada diferente dirección, nada. Desierto, sol y nada. El mismo Draco había dicho una vez, que no había nada en África.
-Es más bien como ningún sitio –dice Harry.
Se van poco tiempo después, y Draco no dice nada durante el camino completo de regreso a su hotel. Está inusualmente silencioso el resto de la noche, y Harry no hace nada para sacarlo de ahí, para detenerlo o para retenerlo a su lado, porque sabe que Draco lo hará, él lo dejará. Draco lo hará y Harry no lo detendrá porque se lo debe a Draco después de cuatro años y medio; Draco se ha ganado ese derecho.
Harry sabe que una mañana se despertará y sentirá frío en África por primera vez porque la cama estará vacía y Draco se habrá ido. Harry sabe que él no le notificará al Ministerio, y en seis meses, cuando los cinco años se hayan cumplido por fin, les diría que Draco ha decidido quedarse en África, que ha comprado una propiedad en la playa y planea construirse un chalet con un enorme puerto frente al agua, y que Harry habla con él regularmente y ninguna vez han hablado sobre magia ni sobre la guerra. Hará eso para proteger a Draco. Siempre protegerá a Draco, hasta el día que muera.
Harry sabe que no hay nada que pueda hacer para detenerlo por la simple razón de que no debe hacerlo, y sabe que no hará nada al respecto después de que se haya ido.
Excepto, tal vez, extrañarlo.
- -
La primera noche que Draco se acerca a Harry, están acampando en mitad de la nada después de conducir durante horas por carreteras sucias que nunca los llevan a ningún hotel, sólo a más tierra salvaje, más de esa interminable tierra salvaje de África. La dura arcilla roja es su alfombra y el cielo su techo, y Harry está nervioso y no puede dormir porque piensa que se han extraviado por su culpa, extraviados en algún lugar del Serengueti, donde un león, un guepardo o lo que fuera iba a salir en medio de la noche y comérselos mientras estaban durmiendo.Por lo que Harry le dice a Draco que duerma en el coche, y se acuesta en un claro de suciedad sobre una delgada manta que Draco había robado en algún hotel, rodeado por el pasto más alto que nunca había visto. Y trata de dormir, pero las estrellas son demasiado brillantes y todos los sonidos parecen estar demasiado cerca.
Y entonces en algún punto Harry escucha la puerta del coche abrirse y cerrarse, y piensa que Draco se está levantando para orinar y entonces cierra los ojos y finge estar dormido, pero el sonido de los pasos de Draco se acercan directamente al punto que Harry se había apropiado. Draco se queda de pie frente a él durante un momento, su figura proyectando una sombra sobre la luz púrpura y azul de las estrellas africanas detrás de los párpados de Harry. Y luego le habla con un suave susurro: -¿Harry?
Y Harry considera la posibilidad de ignorarlo, sopesando la opción de continuar manteniendo los ojos cerrados hasta que Draco se haya ido o la de abrirlos. Y mientras los mantiene cerrados parece ser una propuesta tan prometedora, cuando Draco dice su nombre otra vez, en un susurro tan bajo e inseguro que duele ignorarlo, Harry se da cuenta que también puede haber algo prometedor, en una manera totalmente diferente, en Draco.
Así que Harry abre lentamente los ojos, permitiéndoles ajustarse a la luz nocturna. Draco está parado delante de él, inundado de la plateada luz de las estrellas, y luce tan hermoso así, con su cabello cayéndole sobre los ojos y la camisa que se puso el día anterior arrugada y desabrochada casi hasta la cintura, resbalando por encima de su hombro izquierdo, que Harry piensa que haría lo que Draco le pidiera en ese momento, así fuera abandonar África para siempre, o caminar derecho hacia los arbustos y no volver jamás, o amar a Draco hasta que aquellas estrellas cayeran sobre sus cabezas.
Pero en vez de eso, Draco pregunta, vacilantemente y en voz baja, si puede acostarse con él.
Y es incómoda, la manera en que pregunta y la manera en que hace un movimiento con su mano derecha sobre la manta, y Harry desea que él sólo se hubiese acostado a su lado sin preguntar. Pero simplemente asiente, sonríe amablemente y se mueve para hacerle sitio.
Harry lo calla cuando trata de darle explicaciones, que si el coche estaba demasiado estrecho, que si olía demasiado a sudor que no era de él. Y entonces, con una sonrisa hacia la espalda de Draco, Harry tiene sofocar la urgencia de decirle que tienen que estar callados o si no, los leones los escucharán, porque no desea asustarlo. Sólo desea estar ahí acostado con él en medio de la nada y observar la manera en que la luz de las estrellas cae sobre su piel, proyectando sombras en lugares que Harry nunca había visto antes con propiedad, como su nuca y la curva de su espalda bajo la camisa. Esos descubrimientos que hace son nuevos, y vigorizan y aceleran el pulso de Harry, pero está hambriento y quiere más, y su mano se levanta y sus dedos están trazando la perfecta línea del cuello de Draco desde su hombro y Draco está volteándose, está centelleando y es hermoso y lo está besando.
Harry se aprieta contra Draco, respirando profundamente los aromas de la pradera y la noche y en ese momento suspendido de África.
- -
El día siguiente tienen programado regresar a Londres.Su vuelo es a las siete de la mañana, así que Harry pone la alarma a las cinco treinta, pero el día siguiente está despierto desde las cinco, porque algo lo saca de su sueño, porque algo no está bien.
Porque tiene frío.
- -
-Las tarifas de cambio serán absurdas –está diciendo Harry-. Para cuando esté ahí y cambie el dinero, tendré que obsequiar cincuenta veces más.
Remus se ríe, diciendo: -Maldita Bretaña por ser tan rica. Lo que sea, ¿qué harás, Harry? –pregunta cuando su risa se desvanece hasta convertirse en una sonrisita, la cual, piensa Harry, desaparece del todo demasiado rápido.
-Sólo tendré que trabajar un poco más duro para encontrar la mayor devastación, supongo –dice Harry bromeando.
Se quedan en silencio durante un segundo antes que Remus hable. –Cuídate, Harry –dice seriamente.
Harry sonríe con facilidad. –Lo sé, lo sé, África es peligrosa y todo eso. Un mundo completamente diferente. Pero no te preocupes, estaré bien.
Remus lo mira fijamente durante un momento, y la duda y preocupación que Harry ve en ellos son tan profundas que está seguro que ha malentendido las palabras de Remus, que él no estaba hablando en absoluto de los peligros de África, sino de algo completamente diferente.
Pero justo tan rápido como había llegado, el momento se fue, y Remus estaba de pie y recogiendo sus taza de té, la vacía de Harry y la intacta de él, mientras dice: -Espero que lo estés, Harry. Espero que lo estés.
Harry le sonríe mientras se encoge de hombros. –Iré a verte en cuanto esté de regreso, y te contaré todo acerca de mi maravilloso viaje y mis sórdidas aventuras en África –dice con un guiño.
- -
Harry llega al aeropuerto temprano y solo.Espera por su vuelo en la dura silla de respaldo recto de la terminal, la cual le recuerda a las sillas del patio de las escuelas, esas cosas de plástico en chillón color rojo, naranja y azul brillante. Tiene sus piernas apoyadas en la silla de enfrente, lentamente las caderas se le empiezan a entumecer, y su mochila, la cual está casi completamente vacía ya, le sirve de apoyo debajo de la cabeza. Está desplomado en su asiento con los ojos cerrados, sucio y sin rasurar desde hace días, pero piensa que todavía luce bien para ser un hombre que se está cayendo a pedazos.
La única actividad en la terminal está en el Starbucks al que Harry se dirige mientras que la máquina del café exprés da vueltas y zumba y Harry se pregunta porqué lo hace, porque él no ha visto a nadie ordenar café todavía. Sólo ha visto a la mujer que trabaja ahí, probablemente una nativa, alta y oscura con cuello Etíope, sentada en silencio en una de las mesas y vestida con sus pantalones caqui y camisa de cuello negra. Tiene las piernas cruzadas a un lado de la mesa y está leyendo una revista africana con la foto de una mujer cargando su hijo en brazos, cuando Harry se da cuenta con un sobresalto que no había comprado ningún regalo para el bebé que llegaría en dos días.
Se pregunta cómo reaccionaría Hermione si el primer regalo para su bebé de parte de su padrino fuera una máscara de una tribu africana. Mientras Harry prevé que no será muy favorable, piensa que George se deshará de ella de una patada. Pero Hermione vería a Harry severamente y le recordaría que su hijo o hija era sólo un bebé, que las artes plásticas todavía no estaban en su agenda y que si Harry no creía que uno de ésos bonitos y educativos libros con botones y efectos de sonidos, hubiera sido más apropiado y beneficioso que una máscara. Pero de todas formas, lo tranquilizará, ella la colgaría en la habitación del bebé porque sí le gusta, es sólo que ella no la habría elegido, y Harry cree que su bebé probablemente crecerá teniendo alguna fobia extraña a las máscaras, títeres y esas cosas.
Se frota la frente, pellizcándose la piel de las cejas. Una vez en casa, sólo tendría que Aparecerse en el Callejón Diagon de inmediato y encontrar uno de esos libros con sonidos y…
Aparecerse. Harry se levanta de repente, maldiciendo su torpeza. Podía Aparecerse en su casa, por supuesto. Sería tan fácil como visualizar su apartamento, su sillón favorito en la sala de estar, justo junto a la ventana. Se siente como un idiota por no haber pensado en eso antes.