A Finer Unconsciousness
De Lomonearen
Traducido por Helena Dax


Harry se sentía como si sus mañanas fueran una procesión de holas y sus tardes una sucesión de adioses. Un efecto secundario inesperado de tener tantos amigos, conocidos y viejos compañeros de clase trabajando en el Ministerio era que su garganta estaba irritada de tanto hablar cuando se marchaba cada día.

Por supuesto, nunca había compartido más que una rígida inclinación de cabeza con Malfoy. De algún modo, Malfoy se había convertido en un Auror-Harry ni siquiera quería pensar en lo grande que había tenido que ser el soborno que le había ofrecido al comité que elegía a los candidatos para el entrenamiento- y le habían dado una oficina no muy lejos de la de Harry y Ron.

A veces, Hermione le sermoneaba sobre las virtudes del perdón. A Harry no le importaba. A Malfoy lo había perdonado el mundo entero porque le había pasado alguna información redundante a la directora McGonagall y después había conseguido lo que era evidentemente el inmaculado y heroico acto de no hacer absolutamente nada durante el resto de la guerra. Tenía un montón de amigos. Su vida social no sufriría porque Harry lo ignorara.


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Draco clasificaba a sus compañeros de trabajo en el Ministerio más por sus expresiones que por cómo hablaban. Los que sonreían más y le miraban a los ojos eran a menudo los que lo menospreciaban con sus palabras,; los “amigos” cálidos y acogedores tenían miradas frías que observaban, sospechaban y deseaban. Draco prefería a los primeros, por incómodo que fuera a veces estar cerca de ellos.

Potter, por supuesto, tenía que incluirse en una categoría para él solo. Nunca hablaba con Draco; sólo hacía una leve inclinación de cabeza, reflejando en sus ojos el invariable desprecio con el que siempre le había mirado, y entonces apartaba la vista. Draco había pasado algún tiempo preguntándose qué significaría eso.

Ahora no le importaba. Había tenido suficientes líos políticos del Ministerio a su alrededor a causa de las intrigas románticas de su compañera. (Nunca había pensado que una bruja de sesenta años pudiera levantar tanto interés, pero Draco había aprendido, para su desgracia, lo equivocado que estaba, al menos cuando la bruja era Gilda Smithson). Potter parecía feliz manteniéndose apartado, así que Draco no vio razón alguna para preocuparse por él.


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Harry dudó ante la puerta durante un largo rato. Entonces meneó la cabeza y entró en la habitación. Si iba a hacerlo, debía hacerlo, no quedarse ahí de pie como un idiota y darle más importancia de la que tenía. Era sólo un gesto.

A Malfoy y Smithson les habían asignado lo que parecía un caso bastante rutinario de abusos domésticos. Pronto se había convertido en un caos; evidentemente, la mujer era una sociópata, además de una abusadora. Aquello había terminado en una batalla campal de hechizos y Smithson había sido desollada viva por un hechizo usado por la otra bruja, Amanda Morris. La mayoría de los Aurores estaba actualmente en estado de shock, afligidos por Smithson, a quien tantos apreciaban. Todo el mundo parecía haberse olvidado de Malfoy, aunque su compañera acababa de morir.

Para Harry, eso no estaba bien incluso aunque fuera Draco Malfoy. Pero no tenía por qué quedarse mucho tiempo. Simplemente tendría ese gesto con él y se marcharía.


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Draco estaba sentado con la vista baja, fija en la mesa de su oficina. Seguía viendo la cara de Gilda riendo; había hecho una broma justo antes de la batalla y ella siempre había apreciado su sentido del humor. Y ahora se había ido, tan de repente, tan violentamente, que nada en la preparación que había recibido para ayudarle a afrontar lo sucedido le estaba ayudando a afrontar lo sucedido. Tragó saliva, mientras las náuseas le mordían con dientes afilados y persuasivos.
Una mano descendió sobre su hombro y lo apretó gentil, tranquilizadoramente. Draco alzó la cabeza y se encontró a Potter mirándolo, con su cara absolutamente neutra, carente de simpatía –pero al menos reconociendo su existencia.
Antes de que pudiera apartarse o hacer algún comentario indignante, Potter alzó una ceja y entonces se dio media vuelta y se marchó de la oficina. Y Draco descubrió que su estómago se había calmado y que podía pensar en otras cosas.


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La puerta abriéndose le había dicho a Harry que alguien más había entrado en la sala de entrenamiento donde los Aurores practicaban disparando maldiciones a muñecos del tamaño de magos, pero no vio razones para mirar alrededor. Era normal, después de todo. De hecho, a Harry le había sorprendido haber tenido durante tanto tiempo aquella cámara amplia, aireada y con olor a corcho sólo para él.

Pero sí parpadeó cuando miró hacia un lado y vio a Malfoy lanzando maldiciones que a duras penas eran legales a uno de los muñecos, una figura tallada en madera en la que habían pintado una cara retorcida que parecía salida de la pesadilla de alguien.

Harry pensó en decirle algo y después se encogió de hombros. No era precisamente que desconfiara de Malfoy, después de todo. Además, usar un hechizo contra en él en ese lugar sería demasiado estúpido para un antiguo Slytherin. Volvió a centrar su atención en su propio trabajo.


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Potter empezó mirándolo y después se giró. Draco descubrió que se sentía más animado por eso de lo que se habría sentido por un saludo o incluso por la leve y habitual inclinación de cabeza del otro mago. Potter era así de bueno haciendo ver que la presencia de Draco no era nada por lo que inquietarse.

Considerando los problemas que estaba teniendo últimamente con la mayoría de sus colegas, incluso con el Jefe de los Aurores –daba la sensación de que nadie tenía prisa por ser elegido nuevo compañero de Draco Malfoy-, Draco lo apreciaba.

Debían de haber sido dos horas más tarde cuando él y Potter se marcharon, caminado uno al lado del otro. Potter abrió la puerta antes que él y la mantuvo abierta, un gesto de cortesía instintiva que Draco sabía que habría hecho por cualquiera, amigo, compañero o extraño. Él sujetó la puerta a su vez y entonces se separó de Potter para ir por su propio pasillo, sintiéndose tranquilo y, al menos, medio descansado, tanto en cuerpo como en mente.

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Normalmente, Harry nunca pensaba en los trocitos de conversación que escuchaba en los pasillos. Chismes de oficina, politiqueo de oficina, nada que ver con él. Había rehusado usar su nombre para adquirir prestigio en el Ministerio y eso le mantenía efectivamente apartado de las estructuras normales de prestigio y de las luchas internas.
Esta vez, sin embargo, había oído demasiado. El nombre de Mafoy. Un tono deliberadamente desprovisto de calor. Una promesa de descubrir al “verdadero asesino” de Gilda Smithson.

Harry se dio media vuelta y miró fijamente a la mujer que había hablado. Logró convocar la mirada glacial que había usado con Ginny cuando ella sugirió por tercera vez una reconciliación, después de que las discusiones le dijeran a Harry de una vez para todas que su relación no estaba funcionando. Siguió mirándola fijamente y la cara de la mujer se volvió más y más pálida, hasta que apartó la vista con incomodidad. Él sonrió despectivamente y siguió caminando.


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Draco se detuvo, con la mano izquierda apoyada en la pared. Había estado a la vuelta de la esquina cuando Lauren había empezado a meterse con él y había estado dispuesto a saltar a defenderse en cualquier momento, con un latigazo de punzante sarcasmo que sabía perfectamente que Lauren no podía igualar.

Y entonces Potter había llegado y la había taladrado con la mirada , justo como si Lauren hubiera intentado... bueno, hubiera intentado ensuciar el buen nombre de un Auror y aumentar la desconfianza hacia él en el Departamento. Draco no era ni más ni menos que otro Auror para él.

Draco dejó caer su mano y sonrió, la primera sonrisa genuina que jamás le había dedicado a Potter. Potter, por supuesto, no lo vio, dado que estaba de espaldas a él. Pero el propósito de esa sonrisa no era ser vista.


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Harry bostezó y se frotó la cara con la mano. Aquella semana, Ron había tenido que pasar mucho tiempo en casa con Hermione, ya que ella y el bebé estaban malos. Y aunque Harry lo entendía perfectamente, eso significaba que debía quedarse hasta tarde en la oficina un montón de noches, encargándose de finalizar su papeleo y el de Ron.

Algo aterrizó en su mesa, frente a él, cabalgando sobre un hechizo de Levitación. Harry la miró fijamente, sorprendido, durante mucho tiempo. Era una taza de té.

Miró por encima de su hombro y vio a Malfoy de pie en el quicio de la puerta de su oficina, llevando una taza para él mismo. Harry le saludó con un asentimiento de cabeza, notando distraídamente que el gesto había perdido su rigidez habitual; entonces recogió la taza y volvió al informe que supuestamente debía explicar cómo, exactamente, Ron había conseguido perder el último Gira-Tiempo del departamento.


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Draco había vacilado, mirando a Potter durante largo tiempo, antes de ir a por el té. Mientras caminaba, se había preguntado a sí mismo qué estaba haciendo. Después de todo, Potter no era un amigo, así que, ¿por qué hacerle un favor?
No, no era un amigo. Pero Draco habría agradecido que alguien le acercara un té en una noche larga y ocupada con montones de informes de unos treinta centímetros de alto todavía por terminar, así que pensó que Harry lo apreciaría también.

Draco sonrió mientras se apartaba de la puerta y volvía a su propia oficina, también abarrotada de papeleo; todavía era suya, dado que aún no tenía ningún compañero y la Oficina de Aurores le había apartado del trabajo de campo hasta el momento. El cuello de Potter había parecido tener un poquito más de flexibilidad aquella vez.


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Harry miró a su alrededor. Estaba sentado en un pub, cálido y cercano, con Terry Boot, un colega con el que solía acostarse en aquella época, y podría haber jurado que la puerta se abría, dejando pasar una ráfaga de helado aire invernal, pero estaba medio borracho, así que podría haber sido su imaginación.

No. La puerta se había abierto, porque ahí estaba Malfoy, sacudiendo un poco de nieve de su capa.

Harry sonrió antes de saber lo que estaba haciendo, pero decidió que la sonrisa podía quedarse donde estaba cuando los ojos de Malfoy le encontraron, aunque sólo fuera por la abierta sorpresa en la cara del otro hombre. Harry le saludó casualmente con la mano y se giró. Terry le estaba contando una divertida historia de cuando su madre había tratado de hacer beber a su padre un filtro amoroso y las historias divertidas de Terry eran pocas y espaciadas. No pasaba nada; Harry no quedaba con él por su mente.


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Draco parpadeó cuando vio la sonrisa de Potter y más aún cuando vio el saludo. Entonces se obligó a reaccionar.

No eran completos desconocidos, después de todo. No había razón por la que no debieran tener gestos el uno con el otro.
Se reunió con Montague y Pucey, con los que había quedado para beber, pero se aseguró de no perder de vista a Potter, y cuando éste se puso en pie y se encaminó hacia la puerta con su brazo alrededor del insípido hombre que había llevado, Draco sonrió. Eso funcionó; ahora era él quien parecía estupefacto. Satisfecho, Draco volvió a concentrarse en su bebida.


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A Harry no le sorprendió del todo que el compañero que asignaron a Malfoy resultara ser un Auror recién salido del programa de entrenamiento. No había nadie más en el Departamento con quien pudieran emparejarlo, probablemente. Incluso Harry, que a veces sentía algo de pena por aquel idiota, no querría trabajar codo a codo con él.
Se encontró a Malfoy de camino a los ascensores unas pocas horas después del anuncio. Harry estudió las líneas de su cuerpo. Sus hombros parecían tensos y hundidos, pero la expresión de su cara era compleja. No estaba del todo descontento, quizás.

Harry se colocó a su lado. Malfoy ladeó la cabeza, medio mirándolo, obviamente más preocupado en sus propios asuntos. Harry asintió a modo de saludo y apretó el botón del ascensor.


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Draco no estaba seguro de cómo sentirse, la verdad. Al menos existía la posibilidad de que su nuevo compañero, un joven mago de origen Muggle que había dejado Hogwarts varios años después que él, no se empapara del chismorreo del Departamento y no empezara a tratarlo como a un paria. Y Draco tenía la posibilidad de guiarlo y moldearlo para que fuera alguien aceptable, y no un idiota como la mitad de las personas con las que trabajaba. Pero aun así, el hecho de que nadie de los que le habían conocido durante años estuviera dispuesto a confiar en él dolía de verdad.

Y ahora Potter estaba ahí, caminando tranquilamente a su lado, esperando el ascensor en silencio, entrando en él como si ambos hicieran eso todos los días.

Mientras descendían, Draco sintió cómo su columna vertebral se relajaba y su respiración se hacía más suave y lenta. Al salir del ascensor, Potter le dio un golpecito en el hombro con el suyo, lo miró y le guiñó el ojo y se encogió de hombros quitándole importancia. Saboreando ese contacto humano, absolutamente ordinario, Draco le siguió hasta las conexiones de Red Flú que les llevarían a sus casas. Potter no miró atrás ni una sola vez.


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Harry flexionó los dedos. Siempre había tenido mala suerte, pero aquella vez había sido peor de lo habitual. Había sido capturado por Fenrir Greyback y mantenido prisionero durante varias horas antes de que Ron pudiera encontrarlo, y el hombre-lobo había roto todos los huesos de la mano derecha. Los Sanadores no estaban seguros de que fuera a recuperarse por completo.

Pero había ejercicios que podía hacer realizar para hacer sus dedos más flexibles y Harry estaba decidido a hacerlos todos y cada uno de ellos, todos los días.

Fue el silencio proveniente del quicio de la puerta lo que le hizo alzar la vista. Malfoy estaba ahí de pie, con otra de sus expresiones extrañas en la cara. Harry arqueó una ceja y esperó a que hablara, sin parar de hacer los ejercicios de la mano.


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Draco había oído que a Potter le habían roto todos los dedos. Hasta ese momento, mirando los bultos extraños e inflamados de su mano ya sanada, no había llegado a creérselo.

Dio un paso y entró. Potter sólo lo miró con cara curiosa, pero no desconfiada.

Draco le echó un hechizo que había aprendido durante la guerra para ayudar a curar la pierna de su madre, anquilosada después de que su concienzuda tía le hubiera hecho la Cruciatus. Potter abrió la boca ligeramente y después miró hacia abajo, hacia su mano. Draco sabía que la había recorrido una corriente cálida, relajando los dedos rígidos, trabajando las articulaciones. Potter alzó la vista hacia él, esbozando una ligera sonrisa, y Draco se sintió más satisfecho de lo que se habría sentido con un efusivo gracias.


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Harry se lanzó hacia delante, inclinado, mientras perseguía a la Snitch. Él y Ron tenían un equipo informal de Quidditch que a menudo jugaba los domingos, y era sábado por la tarde. Estaba decidido a ser capaz para entonces de atrapar la snitch con la mano derecha.

Sus dedos, debilitados, tuvieron espasmos cuando trató de agarrar la Snitch, pero forzó un poco más la velocidad de su nueva Nimbus 2003 y gritó triunfalmente cuando las alas revolotearon contra su palma. ¿Y qué, si sólo podía sujetarla con el dedo índice y corazón, si su pulgar y su anular aún dolían cuando los doblaba hacia dentro? Todavía contaba. Y el fuerte viento de Marzo ni siquiera le había afectado.

Cuando giró la escoba, se dio cuenta de que había una figura observándole desde abajo. Harry parpadeó, menos porque hubiera espectadores–después de todo, ese era un campo de prácticas público-que porque reconoció el pelo rubio, casi blanco, perteneciente a Malfoy.


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Draco contuvo el aliento mientras veia a Potter perseguir a la Snitch. Era como si nada en el mundo existiera para él, excepto la pequeña pelota dorada, e incluso después de que la atrapara, un escalofrío tintineante recorrió la columna vertebral de Draco. Parecía haber sido invitado a compartir el triunfo de Potter, aunque era sólo una coincidencia que hubiera llegado al mismo tiempo.

Potter enfiló la escoba hacia él y flotó justo sobre su cabeza. Draco alzó la vista para mirarle. No creía que pudiera decir nada. Todas las palabras sonarían erróneas, de todos modos. Simplemente señaló con la cabeza la mano derecha de Potter y sonrió.

Potter le devolvió la sonrisa y Draco supo que había sido invitado a compartir esa exitosa captura. Entonces Potter giró la muñeca, lanzando la Snitch hacia él. Draco tuvo que moverse un poco para atraparla y cuando volvió a mirar hacia arriba, Potter había aterrizado y era una figura distante que se alejaba por el campo, con la escoba sobre su hombro.


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Harry estiró los brazos por encima de su cabeza y se quedó mirando aquella puesta de sol de junio. Terry le había dicho ese día que tenían que dejarlo para siempre porque iba a casarse. Harry no estaba seguro de cómo tomárselo. Por un lado, nunca había soñado con tener nada permanente con Terry; por el otro, suponía un cambio en una relación que había pensado que nunca cambiaría, dado que ambos disfrutaban del sexo casual y no pedían nada más del otro.
No podía explicar por qué había elegido ese sucio callejón tras la entrada del Ministerio para observar y pensar. Sólo lo había hecho.

Un codo rozó el suyo. Harry echó un vistazo. Draco Malfoy estaba ahí, y de algún modo, eso parecía del todo adecuado; tenía todo el derecho del mundo a estar ahí si quería. Harry se reclinó contra la pared del callejón y miró de nuevo hacia la puesta de sol. Era muy bonita, con púrpura arriba y azul abajo, y en medio una mancha extendida que casi era melocotón; nubes tintadas de naranja se deslizaban por ella.


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Draco había estado a punto de marcharse a casa con la Aparición –había sido un día largo, tratando de domesticar a su abrasivo compañero, y estaba exhausto-, pero había visto la familiar y raída capa verde de Potter por el rabillo del ojo y había tenido que investigar. Había pensado que Potter se había ido hacía horas.
Draco, probando una silenciosa teoría suya que no podría haber definido en voz alta, caminó hacia el callejón y se quedó de pie junto a Potter.

Potter le hizo sitio tranquilamente. Draco siguió la dirección de su mirada y se encontró a sí mismo mirando la puesta de sol. Bueno, ¿por qué no?, pensó, mientras inclinaba la cabeza contra los ladrillos que había tras él (tendria que lavarse el pelo luego). Era magnífica, y si se inclinaba un poco hacia un lado podía sentir la calidez de Potter contra él y escuchar su respiración de vez en cuando.


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Harry se condujo expertamente a través de los abarrotados pasillos; la mayoría de la gente a su alrededor se había parado para hablar, pero él no tenía tiempo. No si quería atrapar a Malfoy antes e que despareciera dentro de la oficina del Jefe de Aurores, por lo menos.

Allí estaba, su cara tensa, pero decidida, su cabeza tercamente erguida. Harry apresuró sus pasos un momento y entonces pudo darle un golpecito a Malfoy en el hombro. Cuando el otro hombre se giró, sin duda preparado para un ataque, Harry cogió su mano y se la apretó.

A Malfoy lo habían acusado de haber acosado sexualmente a su joven (y estúpido) compañero. La mayoría del Ministerio parecía pensar que era culpable, simplemente porque Mark Turner era innegablemente guapo y tenía reputación de ser muy selectivo. Harry apenas podía encontrar las palabras para expresar hasta qué punto le parecía estúpido todo aquel asunto, pero por el otro lado, tampoco podía mantenerse apartado y dejar que Malfoy se se enfrentara a las fieras sin una muestra de apoyo.


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Draco había esperado a cualquiera a su lado, a cualquiera excepto a Potter. Pero cuando lo vio, le pareció impensable que no hubiera estado allí. Incluso encontró un poco indignante que no hubiera llegado antes.

Y entonces Potter le apretó la mano y le dedicó una medio sonrisa.

Draco se la devolvió. La sonrisa dejaba ver que le ocultaban un secreto al resto del mundo, él y Potter, ¿y el resto del Ministerio no explotaría si se enteraban? Era mejor que una sonrisa completa, que habría parecido tonta en ese momento. Por otro lado, Draco pudo mantener esa medio sonrisa en la cara cuando se dio la vuelta y entró en la oficina del Jefe.


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Ron discutió con él. Hermione se desplazó desde su puesto en el Departamento de Misterios para sermonearle. El propio Ministro le comunicó que deseaba personalmente que lo reconsiderara. Harry había perdido la cuenta del número de compañeros que habían tratado de convencerle para que cambiara de idea –todos desde Kingsley Shacklebolt hasta Hestia Jones-.

No les escuchó. Empaquetó sus cosas y se marchó a la oficina del Jefe para darle su carta de renuncia.

Habían despedido a Malfoy y sólo por las acusaciones sin fundamento de Turner. Algunas personas decían que Turner estaba acostándose también con el Jefe. A Harry no le importaba. Sólo sabía que el Departamento de Aurores no había resultado ser lo que él creía y no podía estar en un lugar en el que hostigarían a Malfoy por una muerte de la que no tenía la culpa.


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Draco alzó la cabeza cuando uno de sus elfos domésticos apareció para decirle que tenía una visita a las puertas de Malfoy manor. El elfo había añadido que el visitante, aunque no había sido invitado, parecía perfectamente feliz de esperar ahí hasta que se le permitiera entrar o se reconociera su presencia de algún modo.

Draco activó uno de los hechizos que le permitían ver a través de los ojos de los dragones de hierro forjado de las puertas. Potter, reclinado sobre la pared de mármol con los brazos cruzados, miraba las tallas que explicaban la historia de los Malfoy y del orgullo de los Malfoy y meneaba la cabeza como si quisiera decir que no podía creer lo pomposamente gilipollas que habían sido los antepasados de Draco.

Draco sonrió y le dijo a su elfo que dejara pasar a Potter.


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Harry se tumbó en el sofá de Draco-le había dicho a Harry que le llamara Draco después de la tercera copa de vino-cómodamente achispado. De algún modo, aquello parecía una extraña celebración, aunque Draco le había llamado idiota en siete idiomas distintos cuando Harry le había dicho lo que había hecho.

Perezosos rayos de sol corrían a través de los cristales de las ventanas frente a Harry. Él frunció el ceño al verlo, pensativo. Era hermoso, desde luego, pero sabía que faltaba algo. Le llevó bastante tiempo averiguar qué era. Pero joder, llevaba bebiendo un buen rato. No tenía por qué ser tan duro consigo mismo.

Se sentó y dejó a un lado su copa de vino. Draco, tumbado en el suelo junto al sofá, le miró, probablemente atraído por la decisión de sus movimientos. Harry colocó la mano bajo la barbilla de Draco y le miró los ojos por un momento, preguntándose de pronto si Draco querría hacer eso un día después de haber pasado por un juicio por acoso sexual.

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Draco no había sabido que eso era lo que estaba echando de menos, pero en el momento en el que Harry dudó, sintió una chispa de irritación. Se incorporó hasta quedar de rodillas y encontró a Harry a mitad camino, haciendo que sus caras prácticamente chocaran. Después de un momento de torpeza se encontraron compartiendo un beso muy normal, calmado, paciente. En cualquier caso, Draco sintió que sus labios se curvaban bajo ese beso en una sonrisa.

Más tarde, hablarían. Ahora mismo, la presión de las manos de Harry, moviéndose hacia sus hombros y el modo en el que el atardecer destelleaba y brillaba en sus gafas mientras lo atraía hacia el sofá hablaban con más elocuencia de lo que sus exploradoras lenguas jamás habían conseguido. Y Draco nunca había tenido problemas traduciendo los gestos de Harry.
Bienvenido, decían, una y otra vez.

 

 

 

Fin

 

Harry/ Draco

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