Un motivo de celebración
por Dementordelta y Cruisedirector
Traducido por SCR
Beta Lena
Primera parte
Harry se recostó mirando el montón apilado de sándwiches que Kreacher le había dejado. Ya se había tomado dos y estaba pensando en si debía envolver el resto para luego cuando el elfo en cuestión volvió a aparecer con un “pop” al lado de su silla.
—¡Buenas noches, Maestro! —dijo Kreacher, haciendo una reverencia con su impoluto paño de cocina.
—Oh, hola, Kreacher —respondió Harry, todavía sin acostumbrarse a que le llamaran Maestro, a pesar de las semanas que Ron, Hermione y él habían pasado en la casa de Grimmauld Place—. ¿Lo has…lo has hecho?
Kreacher alzó la vista aún inclinado, girando su pequeña cara cansada, y, por un momento, a Harry le recordó a su antigua personalidad malhumorada. Se alegró de haberse tomado los sándwiches antes del regreso de Kreacher. Pero en vez de un gruñido sobre servir a mestizos indignos, sus enormes ojos se llenaron de lágrimas.
—¡No pude, Maestro! —lloró, y Harry se alegró de que estuvieran solos en la Sala Común de Gryffindor. Era el único lugar que se le ocurría para solucionar las secuelas de haber vencido a Voldemort. Y comer un sándwich. O dos.
—Kreacher lo intentó, fue al lugar que le dijo el Maestro, pero el… ¡el cuerpo no estaba allí! —Los largos dedos flacuchos tiraron de una oreja dañada de aspecto más bien lastimoso—. Kreacher miró en todos los rincones de aquella vieja casa, pero no pudo encontrar ningún rastro del difunto.
—¿Qué? —Harry negó con la cabeza, seguro de que había cometido algún error al mandarlo a por el cuerpo de Snape; no había estado dispuesto a alejar a los demás del cuidado de los heridos o de sus propios muertos, pero tampoco quería dejarlo así… yaciendo allí—. Has debido de ir al sitio equivocado —dijo haciendo una mueca.
—No, Kreacher lo hizo como el joven Maestro le ordenó. Encontró las marcas en el polvo donde hubo una gran pelea. Encontró la… —El elfo tragó saliva con fuerza con su arrugada garganta—. Encontró la sangre.
Harry se retrepó con fuerza en el mullido sillón, olvidando los sándwiches e incluso a Voldemort, mirando fijamente al elfo. ¿Los Mortífagos, sin saber que su maestro estaba muerto, habrían cogido primero el cuerpo de Snape y estarían creando un Inferi con su cuerpo, puede que incluso en ese mismo momento? De repente Harry lamentó ese segundo sándwich.
¿O simplemente, como Yoda, se habría desvanecido como un fantasma? Dudley había visto esa película una y otra vez en la tele, lo que había tranquilizado a Harry cuando era pequeño, puesto que creía que sus padres habían muerto en un accidente de tráfico. La idea de Snape hablando con una voz alta chillona y con la dicción al revés alejó las otras posibilidades, sin duda más desagradables.
—Gracias Kreacher —dijo Harry, recordando sus modales—. Vuelve a casa. Tendré que buscarlo por mí mismo. —Porque le debía todo eso a Snape. O más, pero aún no quería pensar en ello.
Después de que el elfo desapareciera, Harry se sintió más solo que nunca. ¿Por dónde se suponía que debía empezar a mirar? ¿Qué sabía de Snape en realidad? La mayor parte de lo que Harry había pensado que sabía se había desmoronado debido a lo que había visto de los recuerdos de Snape en el Pensadero. ¿Quién quedaba que pudiera saber la verdad?
Esa pregunta no hizo los pensamientos de Harry más agradables. Puede que los Malfoy supieran algo, pero no podía ni pensar en pedirles nada, ni siquiera una pequeña pista que pudiera conducirle a Snape. Los Mortífagos, como el mismo Voldemort, podían no haber tenido ni idea de la verdadera lealtad de Snape. Y lo mismo sucedía con la Orden. Obviamente McGonagall no había sospechado.
Todos le debían a Snape el darle un funeral decente. Snape le había prometido a Dumbledore que mantendría a los estudiantes a salvo, y Harry prefería recordar al héroe, no al chico que había caminado orgulloso a sentarse al lado de Lucius Malfoy en la mesa de Slytherin mientras Lily Evans se unía a los Gryffindors. Sin duda Snape no habría hecho jamás un Horcrux, esa no podía ser la razón por la que su cuerpo se había desvanecido… ¿verdad? Pero no se sentía seguro de nada.
Nuevamente volvió a pensar en los recuerdos, preguntándose si habría alguna pista en ellos. No parecía que el Snape adulto tuviera aún familia que pudiera venir a reclamarlo. ¿Y, en todo caso, de dónde?
De pronto oyó la estridente voz de su tía Petunia, como había sonado cuando era joven, en los recuerdos de Snape. “Ellos viven en la parte baja de Spinner’s End, junto al río”. Aquella enorme chimenea dominando el horizonte donde la madre de Harry y Snape habían crecido… ¿dónde era? ¿Tendría Snape aún un hogar allí? ¿Podría haber alguna pista en ese lugar?
Pasaron varios días, sin embargo, hasta que pudo llevar a cabo su iniciativa. Primero tuvo que examinar la Casa de los Gritos por sí mismo, no porque no creyera a Kreacher, bueno, sí, porque no creía del todo al elfo que había engañado a Sirius por un poco de amabilidad de su enemigo. El escenario era tan espeluznante como recordaba: una rociada de sangre atravesaba el suelo polvoriento, reluciendo con la luz que entraba por el postigo. Se arrodilló, lo que provocó que una pequeña ráfaga de polvo fuera enviada cerca de la salpicadura más grande. Había huellas de manos que se arrastraban a través del polvo, aunque Snape había…
Tragó saliva. Snape ‘estaba’ muerto, ¿no? Él mismo había visto cómo se apagaba la luz de sus ojos. Había visto suficiente muerte para saber cómo era. Pero Snape había luchado para darle sus recuerdos, arañando a lo largo de ese suelo polvoriento como si quisiera conmocionar a Harry de la misma manera que siempre había parecido querer en las clases.
Alejó los recuerdos del Snape vivo y completamente malévolo con él, se levantó y miró atentamente hacia abajo, al sitio en donde pensaba que Snape había muerto. Si los Mortífagos habían ido por él, debía haber otras pisadas conduciendo a la habitación, además de las suyas propias, ¿verdad? ¿O habrían cubierto sus rastros? Era todo demasiado confuso. Su mejor opción era encontrar la casa de la niñez de su madre, o la de Snape, y ver qué secretos guardaban, si es que había alguno.
—¿Sabes algo sobre Spinner’s End? —preguntó a Hermione. Si era una aldea mágica secreta ella era la persona que conocía que más probablemente supiera de esta, y si era una ciudad muggle, era más probable que supiera de ella que los Weasley.
Ella negó con la cabeza.
—¿Qué es? ¿Otra historia relacionada con las Reliquias de la Muerte? —Harry no tenía ni idea de qué estaba hablando—. Spinner’s End —añadió al ver su confusión—. Pensé que sería una variante de la Bella Durmiente, se supone que ella se pinchó el dedo con un huso y murió. [1]
—No murió. El príncipe la despertó —replicó automáticamente, incluso pensando que no tenía nada que ver con lo que quería saber. O igual sí. Si alguien sabía la manera de inocularse a sí mismo contra el veneno de una serpiente, ese era Snape, el cual debía haber sabido que Voldemort usaba a la serpiente para matar a sus enemigos. ¿Y si se las había arreglado para parecer que estaba muerto cuando sólo estaba dormido?
¿Y si Snape no había muerto?
Hermione lo estaba mirando con el ceño fruncido.
—Harry, ¿estás bien? Has estado tan reservado desde… desde que pasó eso. — No estaba seguro de a qué se refería: desde que había matado a Voldemort o desde que Voldemort lo había matado a él, enviándolo a aquel estado de penumbra donde Dumbledore había respondido a muchas de sus preguntas sin contarle lo suficiente.
Sabía que no le serviría de nada tratar de mentir a Hermione, así que sólo se encogió de hombros y sonrió un poco.
—Mi madre viene de un lugar llamado Spinner’s End. Pensé que ya que he estado en Godric’s Hollow podría visitarlo.
—Bueno, si eso es todo, tengo un atlas muy bueno justo aquí —dijo Hermione y se puso a remover en su mochila, donde aún tenía una librería entera.
De toda la gente que conocía, pensó Harry, ella era la más proclive a tener un atlas justo a mano. Trató de ver por encima del hombro de Hermione cuando su dedo bajó por el índice.
—Spinner’s End —leyó ella en voz alta, tan triunfalmente como si su propia curiosidad hubiera provocado la búsqueda. Pasó algunas páginas, con el enorme libro completamente abierto levantado. Los dos examinaron la confusa colección de límites de condados, los garabatos azulados de ríos para que Harry localizara con precisión la región—. Parece que está al norte —dijo—. Bueno, al sur de donde estamos —Giró su rostro hacia Harry, su espeso pelo rozó la mejilla de él—. ¿Vas a ir?
Harry se enderezó.
—Tengo que ir —respondió. Al ver su expresión asustada por la firme declaración, se corrigió—. Quiero decir, creo que necesito hacer esto. Igual que necesitaba ver Godric’s Hollow. —El recuerdo de lo que les había pasado allí se hizo claradamente visible en la expresión de ella—. Solo que con menos serpientes mortíferas.
—¿Pero... ahora? —preguntó dudosa—. Quiero decir, hay mucho por hacer aquí… El Ministerio está todavía esperando que hagas una declaración y Ginny piensa…
—Sé lo que todo el mundo quiere que haga —la interrumpió, más enfadado de lo que había pretendido sonar. El Ministerio enviaba a alguien casi cada día para preguntarle si necesitaba algo, con un fuerte trasfondo que dejaba claro que ellos necesitaban algo de él. Ron ya había prometido a su madre que volvería a Hogwarts para acabar el siguiente trimestre y Hermione estaba planeando volver también, incluso a pesar de que Harry sospechaba que ella podía pasar sus ÉXTASIS sin una sola clase más. Ni siquiera él mismo sabía lo que quería, solo sabía que tenía la necesidad de encontrar a Snape y tratar de saldar cualquier deuda que tuviera con él—. Esto es algo que necesito hacer, ¿vale? Por mi madre y por mí.
—¿Quieres que vaya contigo? —preguntó nerviosa. No estaba seguro si ella estaba preocupada por si la rechazaba o por si aceptaba.
—No —dijo—. Necesito hacer esto solo.
Encontrar Spinner’s End no parecía demasiado difícil, pero ¿cómo iba a averiguar cuál era la casa que había sido de Snape, y mucho menos dónde su madre había crecido? Decidió intentar colarse en las habitaciones de Snape en Hogwarts para ver si había dejado alguna pista —dudaba que alguien hubiera tenido tiempo para limpiarlas—, pero cuando llegó ahí estaba Filch, mirado como si esperara que alguien tratara de hacer justo lo que Harry había planeado.
Y entonces, tuvo una idea.
—¡Señor Filch! Le he estado buscando por todas partes —dijo entusiasmado.
Filch lo miró con la misma sospecha de siempre, lo cual era bastante estimulante. Fuese o no El Niño Que Vivió, nunca iba a poder convencer al conserje de que no iba a hacer algo malo.
—¿Dónde ha ido y que ha hecho ahora, Potter? —exigió Filch mientras su gata se frotaba sinuosamente contra sus piernas.
—Recuerdo lo bueno que era usted archivando los historiales de detenciones —se entusiasmó Harry—. Debe saber dónde están archivados todos los historiales de Hogwarts. Estoy tratando de encontrar información sobre mi madre. Sus padres eran muggles, así que el Ministerio no puede ayudarme —paró por un momento—. Debe haber alguna clase de lista de estudiantes que recibieron las cartas de aceptación a Hogwarts, ¿no? Con sus direcciones. Esperaba que pudiera ayudarme a encontrar los archivos del curso de mi madre. Es muy importante. Dumbledore pensaba que ella podía haber dejado algo donde creció.
Lo último podía ser mentira, pero el nombre de Dumbledore parecía seguir imponiendo respeto a Filch.
—¿Dumbledore le contó esto, no? —demandó saber con el mismo tono de sospecha, pero le hizo un gesto para que lo siguiera. Pronto estuvieron en una oficina de archivos que Harry no había visto nunca antes y Filch señaló hacia un montón de cajas. Siendo un squib, era incapaz de moverlas mágicamente por sí mismo—. Ahí, chico. Y nada de trapicheos.
Tratando de parecer digno de realizar la supuesta petición de Dumbledore, aunque sabía que probablemente solo parecía aún más sospechoso, examinó las cajas mirando la descolorida escritura de su exterior. Afortunadamente, durante sus detenciones con Snape el año anterior, se había acostumbrado a leer los garabatos oscuros y delgados de Filch.
Las cajas estaban apiladas más bien precariamente, lo cual le venía bien a Harry, ya que él iba tras algo más que una caja con ‘Evans’ en ella.
—Setenta, setenta y uno, oh, aquí está —dijo tratando de mantener el tono triunfal en su voz. Deliberadamente giró su cuerpo para ocultar sus dedos birladores; casi al instante encontró la desgastada ficha de su madre.
—Eh… ¿tiene algo donde pueda escribir esto? —preguntó mirando por encima del hombro al mirón de Filch. Tan pronto como el conserje se giró, Harry hizo un rápido movimiento y volvió a la caja. Slate, Smegger, Smatley, ¡Snape! Tiró de la tarjeta y la metió en su túnica antes de volverse hacia Filch con la sonrisa más brillante e inocente que pudo mostrar.
—Muchas gracias por ayudarme —balbuceó, tomó la pluma y el pequeño pedazo de pergamino y garabateó la dirección de su madre—. Seguro que no lo podría haber hecho sin usted, muchas gracias. —Se estaba marchando, pero se dio cuenta de que tenía tanto la tarjeta de su madre como el pedazo de pergamino, así que se agachó para devolver la ficha a su sitio.
Una vez que tenía un destino específico, no podía esperar a marcharse. Nunca antes había sentido semejante sensación de que los muros de Hogwarts lo tenían confinado, ni siquiera cuando Umbridge caminaba por las salas del castillo. Pero sabía que no podía partir sin dejar que ciertas personas supieran que se estaba marchando. McGonagall, Shacklebolt… Ginny.
—Espero verle al principio del trimestre, señor Potter —fue todo lo que la Directora dijo. No trataba a Harry como a un igual por completo, pero desde aquella noche en la que habían luchado juntos contra los Carrows no le había vuelto a hablar como su profesora. Iba a ser extraño volver a ser su alumno. Kingsley, por fortuna, tampoco hizo preguntas y le prometió a Harry evitar que el Ministerio se entrometiera en sus asuntos personales. Había hecho amigos en la oficina del Primer Ministro y quería despedirse antes de hacer frente a la confusión que era por aquel entonces el Ministerio de Magia.
Como esperaba, las cosas no fueron tan bien con Ginny.
—No entiendo por qué no puedes llevarme contigo —protestó—. ¡Viajaste durante meses con Ron y Hermione! Y mis padres han dejado de tratarme como a una niña. Podría ir contigo, podría ayudarte a…
—Necesito hacer esto solo —insistió Harry sin mirarla a los ojos. Se sentía muy extraño: ahora que podía ver a Ginny cuando quisiera, libre del peso de la responsabilidad o la culpa, ya no sentía el mismo impulso de perderse en sus besos. De hecho, no quería besarla para nada. Se preguntaba si haber estado fuera de su cuerpo en aquella extraña versión de King’s Cross de la vida después de la muerte había cambiado algo dentro de él—. Escucha, no sé casi nada sobre mi padre y menos aún sobre mi madre. Tu familia es lo más cercano a una familia que he tenido, pero sigue siendo la tuya. Necesito averiguar algo sobre la mía. Por mí mismo.
A Ginny no le gustó, pero al final no tuvo más opción que dejarlo marchar. Al menos no hubo lágrimas.
Se fue como siempre, tan sólo con su varita reparada, que funcionaba igual de bien que antes, y su Capa de Invisibilidad. Palpó el bolsillo de su túnica en donde estaba escondida la tarjeta con la dirección en la que Snape vivía de niño y se Desapareció justo tras los límites de Hogwarts.
Se dio cuenta de varias cosas a la vez. Spinner’s End era un lugar deprimentemente sombrío y si su madre había encontrado algo de consuelo en el compañero de juegos que fue Snape, no podía culparla. Además, todas las casas parecían vacías. Algunas incluso parecía que llevaban años abandonadas. Con una sensación de urgencia que no podía explicar, marchó a la dirección de Snape; quería dejar la niñez de su madre en paz al menos un poquito más hasta haber averiguado unas cuantas cosas por sí mismo.
La casa que coincidía con el número de la tarjeta también parecía bastante desierta. Estaba sola al final de una hilera de casas igualmente lúgubres. La miró un momento, tratando de imaginarse el crecer en una casa como esa, en un vecindario como debía haber sido ese hacía veinte años. Hacía que el opresivo vecindario de clase media que era Privet Drive pareciera alegre y normal en comparación.
Esperaba una de dos cosas: que la casa estuviera deshabitada y su contenido vaciado desde hacía mucho tiempo, o que barreras para mantener lejos a los extraños le impidieran entrar sin un buen número de contra-maldiciones y encantamientos. Sin embargo, cuando apuntó al pomo y dijo “Alohomora”, este giró y la puerta se abrió chirriando. Con cuidado, alerta a cualquier cosa, desde nuevos propietarios hasta una trampa de los Mortífagos, levantó su Capa de Invisibilidad por encima de la cabeza y le dio con el codo a la puerta hasta que se abrió lo suficiente como para poder pasar.
Incluso dentro de la casa, el hedor del río parecía atravesar las paredes. Cortinas descoloridas y polvorientas impedían que entrase la mayor parte de la luz, pero Harry podía distinguir paredes cubiertas de libros, cientos de ellos, apilados de lado encima de las irregulares filas sobre las estanterías. Todo el mobiliario se veía muy viejo; no eran antigüedades, sino que simplemente estaban ajados. Había una manta fina cubriendo lo que sin duda eran agujeros en la tapicería del sillón.
Aún permanecía en el ambiente el olor de la cera, como si alguien hubiera encendido velas solo unas horas antes. La casa parecía descuidada, pero no abandonada. Paró cuando sus pies provocaron que una tabla del suelo crujiera y miró alrededor de nuevo, después caminó por el pequeño salón, buscando una puerta que diera a cualquier otra parte de la casa. No vio ninguna.
Sacó su varita e invocó “¡Finite Incantatem!”. Realmente no esperaba que apareciera ninguna entrada secreta, pero al instante una librería giró a un lado y dejó a la vista un corredor y una escalera al final de él. Por lo tanto, al menos estaba llegando a algún sitio. Un vistazo rápido a los títulos confirmó que la mayoría de ellos tenían que ver con algún aspecto de la magia: Pociones, Transfiguración… materias que revelaban que una bruja o mago había vivido allí. O que aún lo hacía.
La escalera era estrecha, pero no tan polvorienta como cabría de esperar si hacía años que había sido encantada para ocultarla y nunca más se hubiera mostrado. El olor del río se hizo más débil, reemplazado por algo más delicado, más humano, más normal, aunque su tía Petunia le hubiera hecho fregar cada centímetro de una habitación que oliera como el rellano al que llegó al final de las escaleras.
Había un pequeño pasillo con tres puertas cerradas, una a cada lado y otra al fondo del vestíbulo. Prestó atención a cualquier ruido, pero no oyó nada a parte de los crujidos apagados de una casa destartalada. Abrió la puerta de la derecha, examinando el pomo antes de empujarla para abrirla.
Justo en la entrada había una mancha de algo marrón en la moqueta, demasiado vieja para saber si había sido sangre. Miró alrededor de la habitación. La cama estaba hecha, aunque de manera algo descuidada, y la mesilla de noche tenía una pila libros del mismo tipo de los que había pasado de camino allí. De algún modo, nunca hubiera esperado que Snape, si efectivamente estaba en la casa correcta, tuviera un dormitorio tan normal. Bueno, ¿qué había esperado, encontrarlo tumbado en la cama con los brazos cruzados sobre el pecho como un vampiro?
Un cajón estaba ligeramente abierto en la cómoda al otro lado de la cama. Cruzó la habitación, su capa se deslizó de su cabeza cuando tiró del cajón para abrirlo. Cualquier cosa que hubiera esperado, no había sido el cajón de la ropa interior de Snape.
Porque no había duda que era de Snape. El fragmento de la carta de su madre que Snape había tomado de Grimmauld Place, el trozo que decía “con mucho cariño, Lily” se encontraba con la firma boca arriba en lo alto de un ordenado montón de calzoncillos blancos doblados.
Lo cual significaba que Snape había estado en esa casa después de haberse vuelto a unir a los Mortífagos, que los muebles y libros y todo lo demás que había visto abajo eran suyos. Y eso…
Harry miró la habitación. Se sintió ligeramente como un intruso, pero se recordó a sí mismo que Snape había registrado Grimmauld Place y se había llevado la carta, la cual por derecho debería haber pertenecido a Harry. Dejó el cajón abierto y tiró de la puerta del armario que había al lado. Había túnicas negras y pantalones, una larga capa más algunas otras ropas que parecían muggles, aunque eran también oscuras y sosas.
Había una única camisa blanca, la cual parecía limpia excepto por una mancha oscura que se derramaba por la parte delantera. La quitó de su percha, la bajó y la presionó contra su cara.
—¿Qué demonios se cree que está haciendo?
La voz asustó tanto a Harry que dejó caer la camisa, y con ella su holgada capa, de forma que ambas se enredaron, haciéndose invisibles donde estaban las manchas rojas.
—¿S… Snape? —tartamudeó, bastante poco dispuesto a creer, pese a todas las evidencias que había visto en los últimos días, que la figura que tenía delante de él no era un espectro.
Snape entró en la habitación con su varita sacada. Harry vio sus ojos ensancharse ligeramente al ver en el suelo la camisa manchada de sangre.
—¿Qué está haciendo aquí? —preguntó bruscamente Snape.
La boca de Harry estaba abierta, pero se curvó en una sonrisa avergonzada.
—Estaba a punto de preguntarle lo mismo.
Parecía que Snape no sabía cómo interpretar su sonrisa.
—Esta es mi casa —dijo con mordacidad—. La cual está allanando…
—La casa de un hombre muerto —le interrumpió. A pesar de lo feliz que estaba de ver a Snape, una felicidad que se extendía por todo su cuerpo de una manera que lo hubiese desconcertado si hubiera tenido tiempo de preocuparse por ello, no podía evitar estar irritado—. ¿Sabe que todo el mundo piensa que está muerto? Estaba seguro de que estaba muerto, lo vi…
Snape sonrió con satisfacción.
—Lo vio y no levantó ni una vez su varita para tratar de salvarme.
—¡Estaba en shock! Voldemort estaba allí mismo, exigiendo mi muerte, y no tenía ni idea… —cerró la boca. Snape estaba sonriendo.
—Vaya sorpresa, Harry Potter sin un pensamiento en su cabeza para nadie que no sea él mismo —dijo mientras bajaba su varita y la movía una vez rápidamente apuntando a los pies de Harry. La camisa blanca se desenredó por sí misma de la capa, se levantó como en un anuncio de detergente para lavadora y flotó hacia arriba y luego hacia el interior del armario.
—Pensé —empezó—, quiero decir, todos pensaron… ¡Hermione también estaba allí! —protestó, como si la presencia de ella fuera tan válida como tener a un juez de instrucción para declarar la muerte de Snape.
—¿Por qué razón no supuso que me habría protegido contra cualquiera de las diferentes maneras que el Señor Oscuro tenía de liquidar a aquellos con los que estaba… descontento? —contestó Snape, cuya varita desapareció dentro de su túnica.
—Un bezoar —dijo con asombro.
–Y pociones reconstituyentes, antídotos al veneno de serpiente y una gran cantidad de métodos para mantener la vida a las puertas de una muerte segura —los ojos de Snape se volvieron fríos—. Ahora, fuera de mi casa.
Obviamente, la muerte (o más bien la no-muerte) no había cambiado mucho a Snape. Ni siquiera que Voldemort estuviera muerto suponía una gran diferencia. Harry frunció el ceño. ¡Ni hablar! De ninguna manera iba a marcharse, no todavía.
—Quería…cuando pensaba que estaba muerto, quería preguntarle sobre mi madre.
—Le di mis recuerdos. Más de lo que necesitaba o merecía —la voz de Snape era todavía cortante y desagradable—. No tengo nada más para usted, Potter. Y dado que ha invadido mi hogar…
—¡Usted estuvo en Grimmauld Place! —declaró triunfante—. Me dio ese recuerdo. Aquella carta…—apuntó hacia el escrito de su madre, la cariñosa nota que no había sido dirigida a ninguno de los dos—. Sirius me la dejo. Es ‘mía’.
Se miraron el uno al otro en la pequeña habitación hasta que los ojos de Snape se estrecharon y dijo:
—Arrogante como siempre, ya veo —dijo con una desdeñosa sacudida de su barbilla que hizo sentir a Harry como si tuviera doce años. No, como si tuviera diez.
—Mire, yo no… —apretó los labios, sabiendo que nunca había conseguido puntos para su Casa por hacer argumentos persuasivos—. Mire, esto no tiene sentido. Estoy tratando de decir…, bueno, no estoy seguro de qué. ¿Gracias?
La expresión de Snape era claramente de sospecha y Harry no podía culparle por ello.
—¿Trata de agradecérmelo irrumpiendo en mi casa y robando mi…? ¿Qué estaba buscando?
No quería admitir que había ido a buscar a Snape porque eso llevaría a más recelos y no estaba seguro de cómo rebatir las sospechas que incluso en su propia mente estaban completamente justificadas.
—La carta de mi madre.
Snape se veía enfadado, incluso más pálido que cuando había sorprendido a Harry.
—¡Le dejé todo lo que merecía de aquella carta!
Harry miró hacia el cajón, imaginándose fácilmente los garabatos apresurados de la escritura de su madre.
—No la firma. No el “con mucho cariño”.
Aquello se veía que había enfurecido aún más a Snape. Dio unas zancadas hacia el cajón y agarró la carta.
—¿Ahora va a reunir cada pedacito que le haya pertenecido? —preguntó a la vez que le arrojaba el papel a Harry—. ¿No es suficiente con que ella muriera por usted?
—¡Pare ya! —Ignoró el papel que flotaba lentamente hacia el suelo y atravesó la pequeña habitación para agarrar el brazo de Snape—. No importa, puede conservarla. Se la merece más que yo. ¡Ni siquiera sabía que seguía vivo!
Snape liberó su brazo con un tirón.
—Cumplí el papel que tenía asignado —declaró—. Le dije lo que Dumbledore esperaba de usted. No vi razón para quedarme y arriesgarme a morir a manos de cualquiera de los dos bandos.
Los dedos de Harry anhelaban volver a agarrar el brazo. Aquel breve toque, sentir el cálido cuerpo a través del tejido de su ropa, le hizo darse cuenta de nuevo: ‘está vivo, está vivo’. Cualquier cosa sobre la que estuvieran discutiendo era insignificante en comparación con aquel hecho.
—Lo siento —dijo, sintiendo las palabras más de lo que nunca las había sentido cuando se las había dicho a Snape—. No pretendía molestar, pero realmente estoy feliz de verle. Quédese la carta, usted la amab…la conocía.
La amargura en el rostro de Snape era tan clara como su ira. La carta voló hacia arriba, enderezándose sola mágicamente, y voló hacia Harry como un dragón de papel, tan rápido que instintivamente la cogió como si fuera la Snitch Dorada.
—No fue dirigida a ninguno de los dos —dijo Snape—, no necesito más sensiblerías que me recuerden mi promesa de mantener a su hijo a salvo. Al final importó poco de todas maneras. Dumbledore estaba en lo cierto, hizo lo que era necesario.
—Hice lo que tenía que hacer —con cuidado Harry colocó la carta encima de la cómoda, alisando las arrugas—. Lo mismo que usted —miró fijamente a Snape por un momento—. ¿No quiere recordarla más?
—¡No necesito una carta robada para recordarla!
Harry estaba negando con la cabeza, recordando el recuerdo del Pensadero donde había visto a Snape leyendo la carta, cogiendo justo esta parte y guardándola casi tiernamente en su bolsillo.
—Yo tampoco. Gracias a usted tengo recuerdos de ella —dejó salir un fuerte suspiro, más cansado después del combate verbal con Snape de lo que lo había estado después de luchar contra Voldemort—. Me ha mostrado más sobre ella que nadie que haya conocido.
Snape hizo un ruido de impaciencia, como si una vez que había decidido que Harry no debía estar allí, no estuviera muy seguro de por qué seguía sin marcharse.
—Seguramente su amado padrino le contó todo sobre ella, ¿no?
El admitirlo hacía que Harry se avergonzara. Había querido a Sirius, pero no había estado ciego a sus defectos, como Snape probablemente pensaba.
—Le gustaba hablar de cosas que ‘él’ hizo, ya sabe, él y mi padre. Nada sobre mi madre.
La tensión en el rostro de Snape confirmaba su mala opinión sobre el padrino de Harry, pero este no se arrepentía de haberlo admitido.
—Entonces seguramente esa tía suya, su hermana, le contaría algo sobre nuestras… aventuras de niños, ¿verdad?
—Solo para decirme lo horrible que fue mi madre por no tener suficiente cuidado y acabar muriendo en un accidente de tráfico dejándome con ella y mi tío —admitió con amargura.
Snape hizo una mueca al oír “accidente de tráfico”, algo similar a la indignación que Hagrid había expresado cuando Harry le dijo la historia que Petunia le había contado, que la imprudencia de su padre conduciendo había hecho que se matasen.
—El Director insistió en que estaría protegido con ella y con su tío —dijo con desaprobación.
—Estaba en lo cierto, supongo. Voldemort no podía asesinarme allí —frotó su zapatilla en la gastada moqueta, incapaz, como siempre de reunir fuerzas para mostrar gratitud alguna—. Fue lo único bueno de aquello.
Fue un poco raro ver a Snape mirar automáticamente a su alrededor al oír el nombre de Voldemort. Si había alguien de quien Harry no esperaba que tuviera miedo a ese nombre, ese era Snape, pero debía ser que este sabía del encantamiento rastreador que había permitido a los Mortífagos encontrar a cualquiera que lo pronunciase.
—Espero que tuviera más cuidado al encargarse de ‘su’ cadáver de lo que lo tuvo con el mío —dijo irritado.
—Está muerto. Esta vez para siempre. —Se frotó la frente. No quería contarle a Snape la conversación que tuvo con Dumbledore en aquel lugar entre la vida y la muerte—. Todos los pedazos de su alma se han ido. Incluso el que había dentro de mí.
—Con él supongo que todos sus defectos también habrán desaparecido —se burló Snape mirando evaluadoramente a Harry—. ¿Qué planea ahora, convertirse en Ministro de Magia o Director de Hogwarts? ¿Asistió a las celebraciones de su victoria antes de venir aquí a saquear mis cosas?
—No he estado en ninguna —volvió a frotar la moqueta—. No he hecho planes a tan largo plazo, y tampoco me siento muy festivo.
Parecía que aquello había sorprendido a Snape. Se sentó en la cama y le lanzó a Harry otra ligera mirada de fastidio.—¿No ha recibido los elogios que esperaba por burlar a la muerte y vencer al Señor Oscuro?
Harry se sitió de repente incómodo de pie, pero la cama era el único sitio para sentarse de la habitación, así que permaneció donde estaba.
—Los elogios no significan mucho cuando tanta gente… ya no está.
Los cuerpos de Lupin y Tonks, tan irrealmente inmóviles, llenaron su campo de visión por un momento.
Lo incómodo de sus posiciones parecía irritar aún más a Snape. Le hizo unas señas a Harry para que se sentara en la esquina de la cama más alejada de él.
—Oí que la mayoría de sus amigos han sobrevivido. Casi todos los jóvenes, excepto… —estaba mirando atentamente cómo Harry se sentaba rígidamente en la esquina indicada—. Solo uno de los Weasley y uno de los chicos Creevey, el mayor…
—Colin, su nombre era Colin. Estaba en mi Casa. Y Fread Weasley y el Profesor Lupin y Tonks…—su voz se quebró, llena de la emoción y las lágrimas que siempre dejaba para más tarde. Tosió para tratar de disimular la situación.
Snape asintió ausente.
—Pensé que era el otro gemelo —murmuró. Entonces miró a Harry con dureza, parecía que se había dado cuenta de que estaba al borde del llanto —. Potter, ¿cuánta gente cree que hubiera muerto si le hubiera permitido ganar al Señor Oscuro?
—No lo sé —Harry bajó la cabeza y la apoyó en las manos, estudiando un punto en el suelo del dormitorio de Snape—. Quizás debí ser más rápido, no haber tardado tanto en rendirme.
—Si se hubiera entregado antes de entender qué se esperaba de usted, podría simplemente haber muerto. Quien sabe lo que podría haber pasado. Ha pasado el tiempo de los ‘si’, si sus padres no hubieran confiado en Pettigrew, si Dumbledore no hubiera estado dispuesto a arriesgar a todo el mundo con tal de derrotar a Tom Riddle…
Sabía que Snape no estaba diciendo eso para consolarlo (aún sonaba enfadado), pero, de todas maneras, se sentía mejor al oírlo.
—Tiene razón —dijo sacudiendo la cabeza para aclararse—. Está hecho. Pero aún así sigo sin sentirme con ganas de celebrar nada. Usted ganó también, ¡y deja que todo el mundo piense que está muerto!
Snape sonrió con sorna.
—Hasta hoy ‘había’ ganado —declaró. Elevó la mano y una botella entró a gran velocidad en la habitación seguida de dos vasos—. Un Ogden Reserva Especial —dijo Snape mientras le hacía un gesto al sorprendido Harry para que tomase uno de los vasos.
—Vamos, ¿es mayor de edad, no? —Sin esperar una respuesta, llenó el vaso de Harry y el suyo propio, se tomó de un solo trago su vaso entero y luego lo rellenó.
Parecía tan irreal estar sentado en la cama de Snape bebiendo con él que Harry tomó un sorbo inseguro. Al momento los ojos le empezaron a quemar y sintió calor en la cara.
—Mayor de edad, sí —tosió para tratar de disimularlo.
—Beba. Hará que se sienta con más ganas de celebración. —Snape estudió el líquido de su vaso—. Es lo que esto hace.
Harry bajó su vaso, estaba esperando a que el sabor en su boca perdiera intensidad.
—No quiero celebrar nada. Solo quiero seguir con mis asuntos —admitió—. Lo que hice no merece celebraciones.
Tragando la mitad de su segundo vaso, Snape hizo un débil sonido de burla.
—No pienso elogiarle como hace todo el mundo. ¿Con qué ‘asuntos’ quiere seguir? ¿Va a volver triunfalmente a Hogwarts?
Harry suspiró, luego tomó un segundo sorbo más lento.
—Aún no estoy seguro. No he tenido tiempo para pensar en todo lo que significa estar libre de eso.
Snape había apoyado la espalda contra el cabecero, todavía sosteniendo su vaso mientras miraba hacia arriba, al manchado techo.
—Había pensado librarme de esta casa. Ver mundo. Aunque supongo que las cosas son iguales en todas partes —tomó otro trago de alcohol, su nuez se movió arriba y abajo.
Más lentamente, Harry tomó un sorbo de su propia bebida, acostumbrándose al sabor que se propagaba por su lengua.
—No he estado nunca en ningún sitio —dijo, a pesar de que Snape probablemente lo sabía. Su vida era un libro desagradablemente abierto.
—Ni yo. ¿No es razón suficiente para irse? —tomó otro trago, más lento esa vez, mientras bajaba la cabeza para mirar a Harry, cuya cara se sonrojaba más ante el escrutinio—. ¿De verdad que todos creen que estoy muerto?
Asintiendo lentamente, Harry apartó la mirada escondiéndola en el líquido del vaso.
—Pensé que lo estaba, así que le conté a todo el mundo lo que había hecho —dio un trago muy rápido, tratando de disimular su incomodidad.
Snape hizo un ruido de indignación.
—¿Qué les contó exactamente?
El whisky de fuego empezaba a saber mejor.
—Que me había protegido todo este tiempo —respondió alzando la barbilla desafiante, tratando de resistirse a añadir ‘señor’ al final.
El delgado rostro de Snape parecía flotar ligeramente en la visión de Harry; los ojos se le estrechaban, pero obviamente procuraba sonar como si no le importara.
—¿Nada sobre su madre o la profecía?
Harry negó con la cabeza; se arrepintió al instante, en cuanto la habitación se balanceó levemente.
—Eso es algo privado.
Incluso mareado, Harry podía ver que Snape parecía aliviado.
—Sí —le dio la razón de la misma manera en que se había negado a dársela en las clases de Oclumancia. Vació otro vaso entero de un solo trago—. Entonces, ¿puedo contar con su discreción?
¿Estaba Snape tratándolo como a un adulto?
—Por supuesto, señor —contestó Harry. El apelativo honorífico salía de su boca más fácilmente de lo que lo había hecho nunca cuando Snape era su Profesor. De hecho, Snape también parecía bastante asombrado. Harry tomó un trago más largo, se estaba acostumbrando al sabor—. Gracias por mostrarme todo aquello.
Mientras rellenaba los vasos de los dos, el ceño fruncido de Snape era el mismo que ponía en las clases cuando estaba concentrado.
—Era necesario para convencerle de que los recuerdos eran verdaderos —dijo—. Si hubiera desconfiado de mis conversaciones con Dumbledore, probablemente no hubiera hecho lo que él creía necesario.
Asintiendo, Harry bebió de nuevo.
—Lo sé. Lo vi por mí mismo, después de que Voldemort me matara.
Aquello sonaba extraño incluso para sus propios oídos, y Snape le miró sin comprender.
—¿Qué? ¿Vio a quién?
—Dumbledore —parpadeando, Harry alzó la vista—. En King’s Cross.
Aquello le parecía una explicación suficiente, dio otro sorbo y notó que en aquella ocasión podía ver el fondo del vaso. Pero Snape estaba todavía observándolo como si pensara que Harry había perdido el juicio.
—¿Vio a Dumbledore? —preguntó con la clase de sospecha que antaño habría significado que Harry podía esperar una detención—. ¿Vio a alguien más que estuviera muerto?
—Solo una especie de bebé-Voldemort. —Arrugó la nariz mientras se estremecía, acabó su vaso y lo extendió lastimeramente pidiendo más. La expresión de Snape mientras servía otro par de copas sugería que verdaderamente no quería saber nada—. Dumbledore me explicó cosas. —Era asombroso lo bien que sabía el whisky en esos momentos—. En cierto modo. Ya sabe como es. Era. —Se rió tontamente al hipar.
—Quizás lo sabe mejor que yo —insistió Snape mirando enfurecido dentro de su vaso—. Hubo muchas cosas que no me explicó nunca. La Varita de Sauco, por ejemplo… Usted obviamente tuvo un conocimiento mayor de lo que era y cómo funcionaba, o yo habría intentado quitársela y destruirla por mí mismo.
—Todo lo que sabía era que haría lo que necesitase que hiciera, y que nunca la quise después de que lo hiciera. —Inclinó la cabeza hacia abajo, esperando a ver si Snape iba a preguntarle dónde se encontraba la varita. Parecía que todo el mundo que sabía de su existencia la quería, excepto Harry. Pero Snape solo lo observó mientras ocultaba su cara en el vaso, tomando un trago largo.
—Creo que ya ha bebido suficiente.
Harry comenzó a protestar cuando su vaso y la botella volaron a través de la habitación, pero esta estaba gratamente desenfocada y sonrió a Snape atontado.
—Tiene razón, esta cosa hace que me sienta con ganas de celebración.
Aunque podía ver a Snape sonriendo con satisfacción, era como si hubiera algo en las gafas de Harry que le impidiese ver bien al mirar a través de ellas.
—Debería. Es un whisky muy bueno, tomado de la bodega de los Malfoy. Dudo que exista algo igual en cualquier otra parte de Inglaterra.
No debería ser tan divertido como lo era. Harry oyó cómo una risa tonta se escapaba de su boca.
—¡Lo robó! —dijo encantado por la imagen de Snape bajando lentamente hacia la bodega de los Malfoy, quizás pasando un reseco esqueleto o dos por el camino, y metiendo las botellas de whisky bajo su túnica.
Snape no parecía encontrarlo para nada divertido.
—Luicius Malfoy me lo debía —dijo indignado—. Convencí a Voldemort de que le perdonara la vida durante el asalto a Azkaban.
Las risas se desvanecieron.
—Todos nosotros estamos en deuda con usted —dijo lúgubremente al sentir, bastante de repente, el peso de aquella deuda.
Era consciente de que Snape tenía puesta la atención en él y estaba suficientemente seguro de que no estaba actuando totalmente como debería, pero no pensó que el alcohol le hubiera afectado tanto. Snape le estaba mirando como si fuera a tomarle la temperatura.
—Tenía un motivo personal para todo lo que hice —dijo lentamente, como si Harry pudiera tener problemas para entenderlo.
A Harry le invadió una oleada de mareos y no luchó contra el impulso de bajar la cabeza para colocarla en las rodillas, no cuando, de todos modos, ya había subido las piernas encima de la cama.
—Usted quería a mi madre —dijo con resignación.
Sintió que la cama se elevaba, pero no miró, ya que estaba esperando que los mareos pasaran.
—No fue tan simple como eso —oyó decir a Snape.
Había demasiada luz en la habitación. Harry descansó la frente en sus manos, se quedó mirando al espacio oscuro debajo de ellas, esperando que hiciera que las cosas dejaran de girar.
—Nunca nada es sencillo con usted, si no le importa que se lo diga, señor.
Como desde una gran distancia, oyó a Snape diciendo:
—Es la segunda vez que me ha llamado ‘señor’. No se haga ilusiones, no languidecí por un amor no correspondido hacia su madre. Nunca le hubiera dado esa satisfacción a ninguno de sus padres.
Si bien su estomago se estaba rebelando con fuerza por las vueltas que daba la cama, Harry volvió su rostro, que aún descansaba en sus brazos, para ver la cara de Snape.
—Lo sé. Yo…—tragó fuertemente lo que estaba subiendo por su garganta—. Creo que voy a vomitar.
—¡Ni se le ocurra! —Agitando las manos como un director de orquesta, Snape convocó la palangana que estaba al otro lado de la habitación y la envió a los pies de Harry, al mismo tiempo que con la otra mano hurgaba en un cajón lleno de botellas, cogía una y le quitaba el tapón—. Beba esto. Ahora.
A pesar de que dudaba de que pudiera tragarse el amargor de la garganta, por no hablar de cualquier otra cosa, Harry tomó la botella como si fuera su salvación y se la bebió de un trago. Por un momento estuvo seguro de que iba a vomitar de todos modos. Los dedos de Snape agarraron su brazo mientras se tambaleaba.
—Ya no estoy de celebración.
—Es mejor que se tumbe. —La mano de Snape no fue suave cuando lo empujó hacia atrás sobre la cama. A pesar de que el movimiento le hizo hacer una ligera mueca de dolor, la poción estaba haciendo su trabajo: ya no se sentía como si fuera a vomitar por toda la habitación de Snape—. Yo debería haber sabido que no debía seguir rellenándole el vaso.
Asintiendo, aunque el movimiento le provocó un dolor que se reflejó en su rostro, Harry habló con la voz ronca.
—Mejor ahora. —Tumbado boca arriba en la cama, se cubrió la cara con un brazo. La luz todavía le molestaba en los ojos—. Lo siento. No creo que pueda Aparecerme ahora mismo. Soy un idiota, lo sé.
Sintió más que vio a Snape sacudiendo la cabeza levemente. Cada movimiento le hacía sentir como si estuviera en un barco que se moviera, si bien al menos su estómago se había asentado.
—Supongo que tampoco ha comido nada en todo el día —resopló Snape.
—Mmm. —No podía recordar qué era lo último que había comido. Levantó el brazo. Snape se había inclinado para examinarle, abarcando el delgado torso y los finos brazos de Harry. Pareció que los dos se dieron cuenta a la vez de que prácticamente estaban tumbados juntos en la cama, la cama de Snape—. ¿Tiene algo de comer? —preguntó, aunque al momento se avergonzó de la pregunta.
—No soy un indigente por completo. —Snape había saltado hacia atrás rápidamente y estaba ya moviéndose por la habitación. Harry cerró los ojos y descubrió que, de hecho, tenía un hambre voraz; no era de extrañar que hubiera estado tan mareado. Rápidamente, eso pareció, Snape regresó, llevándole un planto con pan y un queso algo rancio.
Había pasado por cosas peores. Y en el tiempo en el que había estado de acampada con Ron y Hermione, hubo días en los que no tuvieron ni siquiera tanto. Partió un poco de pan y se lo comió.
—Lo siento —dijo—. Solo doy problemas, ¿verdad?
Snape no parecía haberle oído o, más probablemente, a juzgar por el movimiento de ojos hacia el cielo que Harry pudo distinguir, lo estaba ignorando. Estaba tratando de decidir si le ofrecía algo a Snape, pero no estaba seguro de si era más grosero ofrecer al anfitrión su propia comida o no hacerlo, así que solo aplastó un poco de pan alrededor del trozo más pequeño de queso y se lo metió en la boca.
—Gracias —dijo cuando ya había terminado (casi) de masticar.
Aquella fue, sin embargo, la peor cosa que podía haber dicho.
—Puede dejar de decirlo —dijo Snape, que había vuelto a sentarse contra el cabecero con los brazos cruzados sobre su pecho.
—¿Por qué? —preguntó Harry, que ya había mermado el queso considerablemente—. Podría simplemente haberme echado de una patada.
Parecía que Snape todavía podía hacerlo, pero en vez de eso lo que dijo fue:
—Si hubiera hecho eso, usted probablemente le habría contado a quien quiera que esté ahora a cargo del Ministerio que estoy vivo. Y estoy seguro de que ellos pueden prescindir de un dementor o dos.
Harry abrió la boca antes de darse cuenta de que aún había queso en ella.
—Yo no…—masticó unas cuantas veces, tragó en seco y continuó—. ¡No voy a entregarle!
Snape ladeó la boca irónicamente mientras sonreía. Alargó la mano y partió un pedazo de pan para sí mismo.
—Gracias.
Seguro de que se estaba burlando, Harry entornó los ojos.
—Ahora es un héroe de guerra, tanto si le gusta como si no. —Entonces frunció el ceño. Había sido el único testigo de su heroísmo, y Snape era demasiado orgulloso para permitir que los detalles se hicieran públicos alguna vez—. ¿No esperará que falte a la verdad, no? Es la verdad.
Snape se había levantado un momento y se volvió a sentar llevando dos vasos de zumo de calabaza.
—Potter, ¿no habrá desarrollado alguna idea absurda sobre mi nobleza innata o mi bondad, o sí? —Harry sintió sus mejillas encenderse cuando Snape le alargó un vaso. Tomó un sorbo de zumo para refrescarse antes de contestar, y Snape continuó—: Le di mis recuerdos. Más de los que eran necesarios. No fui un santo.
—No todo el mundo que es bueno es perfecto. Mire al Director —Harry se encogió de hombros y aclaró su garganta avergonzado—. Quiero decir, el antiguo Director. Dumbledore. Era bueno, pero realmente no era perfecto.
Snape tosió poco delicadamente.
—No, realmente no era perfecto. —Sus dedos chocaron con los de Harry cuando tomó otro trozo de pan del plato—. No me ha preguntado ninguna de las cuestiones obvias.
Otra vez Harry tenía la boca llena de queso en un momento crítico. Tragó deprisa.
—¿Me responderá a ellas si pregunto?
—Supongo. Aunque creo que las respuestas ya no importan. —Asintiendo, Harry le pasó un pedazo de queso. Tenía la cabeza llena de preguntas, pero no sabía por donde empezar, y súbitamente un enorme bostezo lo sorprendió.
Antes de tomar un pequeño mordisco, Snape examinó el queso, poniéndole tal cara que parecía como si pensara que pudiera estar maldito. Harry se preguntó si Snape aún recordaba que era su propio queso. Sonrió y se recostó contra de las almohadas, se sentía demasiado cansado física y emocionalmente como para moverse.
Snape masticó y tragó, luego volvió a mirar a Harry con una expresión expectante, que se volvió perpleja cuando sus ojos recorrieron su relajado cuerpo. Harry supuso que era de mala educación tumbarse allí como si la cama fuera de él y no de Snape, pero solo pudo poner una pequeña sonrisa de disculpa antes de que otro bostezo lo obligara a cubrirse la boca.
—¿Ha terminado ya con esto? —preguntó Snape, enviando fuera el plato volando.
Asintiendo, Harry se frotó la cara.
—Debería dejarle hacer…, bueno, las cosas importantes que fuera que estuviera haciendo antes de que yo llegara.
Snape le miró pensativamente.
—Ya no tengo nada relevante que hacer.
—Es curioso. Tampoco yo.
No se debería sentir tan bien ahí, cuando su propia posición dentro de la casa de Snape era tan precaria. Pero era agradable, aunque algo extraño, estar confortablemente lleno, todavía un poco mareado por el whisky de fuego y tumbado al lado del hombre que solía odiar. Se alegraba de que Snape no le hubiera presionado para que preguntase todas las cuestiones candentes que tenía, porque estaba muy seguro de que no quería saber si Snape había besado alguna vez a su madre, o incluso si había hecho algo más que besarla.
Snape seguía mirándole como si acabara de salir de una nave espacial, pero puso una expresión burlona mientras Harry le miraba.
—Estoy seguro de que tendrá que dar discursos durante años. Si desea jugar al Quidditch profesional, solo tiene que anunciar sus intenciones. Y debería intentar engendrar otra generación de Gryffindors; el desinterés de Dumbledore por las líneas de sangre no debe embaucarle.
Harry notó sus mejillas encendiéndose. Estuvo bien contarle a Ron que rompía con su hermana por su propia protección, así como el pensar en las muchas veces que había tratado de contárselo a su mejor amigo de otras maneras: que siempre había pensado en Hermione como en su hermana, que besar a Cho había sido meramente ‘húmedo’ y no el primer beso con el que había fantaseado: con alguien cuyas mejillas estuvieran ásperas por llevar varios días sin afeitarse.
—No estoy interesado en la reproducción —dijo, porque de alguna manera era más sencillo decírselo a alguien cuyo desprecio era seguro que a su mejor amigo.
Las cejas de Snape se dispararon hacia el nacimiento del pelo y su sonrisa de satisfacción esa vez era natural.
—Bien. No se lo diga a los Weasley. Estoy seguro de que salía con esa chica porque era pelirroja.
Harry no pudo controlar su sonrojo y sus palabras fueron indecisas, estaba seguro de que en cualquier momento Snape declararía en voz alta y con sorna la sospecha que Harry estaba tratando de amortiguar entre otros asuntos.
—Creo que Ginny me recuerda a mi madre… o a cómo creo que podría haber sido a mi edad —dijo mientras veía a Snape apretar juntos los labios. Probablemente Snape no pensaba que Ginny fuera tan guapa como lo había sido Lily, o quizás no tan lista, y realmente a Harry eso le parecía bien—. Pero yo no soy, yo no…—se enfadó consigo mismo desesperado.
Snape no estaba despreciándolo, sino que parecía preocupado por lo que Harry trataba de decir.
—No es… ¿como su padre? —preguntó, la antipatía hacia James Potter patente en su voz, sabiendo que Harry había visto aquellos recuerdos de su crueldad. Sin embargo, en ese momento a Harry no le preocupaba parecerse a su padre en ese sentido. Y entonces Snape lo expresó—: Supongo que entonces no perseguirá cada falda de Hogwarts antes de asentarse.
Harry negó con la cabeza de nuevo.
—No quiero a nadie que lleve falda —contestó. Entonces los ojos de Snape se ensancharon y Harry se dio cuenta de que debía seguir estando un poco borracho. Todavía tenía problemas para admitírselo a sí mismo, así que ¡no podía habérselo soltado así, sin más, a Snape!
—Vaya, vaya. —Las cejas de Snape se elevaron y bajaron—. Así que entonces esas cosas que no quería que viera durante las clases de Oclumancia no eran una fase o por diversión, ¿no?
‘Joder’. Harry había estado seguro de que había mantenido sumergidos todos los pensamientos sexuales, excepto aquella vez en la que Snape se las había arreglado para descubrir que no le había gustado mucho besar a Cho. Negó con la cabeza fuertemente.
—No, señor.
Los labios de Snape se movieron nerviosamente, pero no se rio.
—Ya basta con el ‘señor’. No estaba planeando escribir un artículo desenmascarándole para el Profeta.
La ráfaga de alivio dejó a Harry sintiéndose casi mareado. En realidad no había esperado que Snape lo contara —ni siquiera quería desvelar que estaba vivo, como para ponerse a contar que El Niño Que Vivió era maricón—, pero había pensado que se iba a reír de él, eso si no lo hechizaba para echarlo de la cama.
—¿Cómo debería llamarte? —preguntó con una pequeña sonrisa.
Snape abrió la boca y la cerró de nuevo. Una extraña sonrisa amplia distorsionó sus rasgos y luego ladró una risa.
—Supongo que ‘Su Alteza’ está fuera de cuestión.
Harry no pudo evitarlo, le dio la risa tonta.
—¡No, Su Alteza!
La boca de Snape todavía se movía nerviosa.
—Tampoco te voy a llamar El Elegido, así que espero que hayas dejado tu arrogancia en la puerta. —Frotó una mano sobre sus finos labios—. Debo estar casi tan borracho como tú.
Pensar en Snape estando tan mareado como Harry lo estaba —o bastante más borracho a juzgar por el número de copas que se había bebido de un trago en comparación con él— era extraño. El mismo Harry se sentía como si todo asumiera un aspecto suavemente borroso y se preguntaba si Snape lo vería en esos momentos a través de las indulgentes lentes del alcohol.
—Siempre odié ese nombre, es peor que El Niño Que Vivió. Al menos tengo una oportunidad de perder ese al crecer. —Arrugó la nariz—. ‘El Elegido’ suena como si fuera ser ofrecido sobre una tostada.
Un ruido sospechosamente parecido a una risa por lo bajo salió de la boca de Snape.
—Con una buena botella de Beaujolais —dijo deslizándose un poco hacia abajo del cabecero, sus largas piernas estiradas al lado de las de Harry.
El hecho de que Snape no le reprendiera ni se burlara de él (más allá de tener no uno, sino dos apodos tan ridículos) hacía que Harry se sintiera contento.
—Tenías razón. Este whisky me hizo tener ganas de celebrarlo, pero no de la manera que pensé —dijo a la vez que apoyaba la cabeza en una mano; ya no se sentía como si fuera a vomitar en la cama de Snape.
—¿Ah? ¿Debo hacer venir una tarta? —dijo Snape, su voz seca como un caldero antiguo.
Las risitas tontas invadieron de nuevo a Harry.
—¡Sí, Su Alteza!
Moviendo su brazo como si tuviera su varita, Snape convocó “¡‘Accio’ tarta!’. No pasó nada y suspiró.
—No ha habido una panadería en esta ciudad desde que era un niño pequeño. Lo cual está bien, ya que probablemente vomitarías la tarta en mi cama.
Harry movió su mano como si estuviera haciendo un juramento.
—¡Estoy mejor! De verdad. —Bajó la mirada hacia su barriga como para confirmarlo—. Si hubiera conservado aquella Varita de Saúco, podría conjurar una tarta. Con helado.
—Aquella varita daba más problemas de lo que valía.
—No podía esperar a deshacerme de ella. No creo que tengas algo de helado, ¿verdad?
Snape se había girado en su lado para tratar de verlo; parecía como si fuera a caer dormido. Negó con la cabeza, gesticulando perezosamente.
—¿Te parece que he estado viviendo en la cuna del lujo?
—Esto no está tan mal —comentó Harry con sinceridad, mirando alrededor—. He estado viviendo en una tienda de campaña por todo un año —suspirando por la carencia de helado, añadió—: De todos modos deberíamos celebrarlo de alguna manera. Voldemort está muerto y los dos estamos vivos…—Ahora que estaba mayormente sobrio, incluso a pesar de que Snape parecía más bien borracho, la principal cuestión que tenía en su cabeza explotó—. ¡Di! ¿Cómo es que estás vivo? Allí pensé que estabas en las últimas.
Snape estalló en una risa suave. Era un sonido que Harry jamás había oído antes y le hizo sentir algo raro en el pecho, pero también más abajo… aún no quería pensar en ello.
—Potter, si te ha tomado todo este tiempo sacar esa pregunta…
—No puedo evitarlo, ¡me has emborrachado! —Harry sonrió tímidamente cuando Snape le frunció el ceño—. Vale, tú continuaste sirviendo, yo continué bebiendo y me emborraché. Me puse demasiado contento, en todo caso. —Harry lo valoró por un momento, ya que entonces no se sentía mal—. De algún modo…me ha gustado.
—Esa es la razón de por qué la gente lo bebe —la voz de Snape se arrastraba ligeramente—. No me di cuenta de que no podías aguantar tanto whisky.
—No, quiero decir…—Harry se aclaró la garganta—. De alguna manera me gusta que hayas sido… bueno, agradable conmigo. No me has echado. Incluso no me has echado una maldición.
—Si hubieras vomitado en mi cama, te habría echado una. —Snape amortiguó un bostezo—. Tienes suerte de que elaboro la mejor poción anti-resaca de Gran Bretaña. ¿Estás bien ahora?
El bostezo hizo que Harry sintiera remordimientos. Sabía que debía irse y dejar tranquilo a Snape. Tragando saliva, afirmó con la cabeza.
—Quizás no para Aparecerme, pero puedo caminar.
—No puedes caminar hasta Hogsmeade desde aquí.
—Puedo encontrar un hotel, o, mmm… convocar una escoba.
Snape se había recostado por completo sobre las almohadas. Sus ojos estaban cerrados.
—Si no te puedes Aparecer, entonces seguro que no puedes volar. Y aquí no hay hoteles.
Harry lo tomó como su sugerencia para estirarse en la cama, sus piernas a pocos centímetros de las del mismo Snape.
—O me puedo quedar aquí mismo —dijo, sabiendo que estaba incitando a que lo maldijera, pero esperando que no sucediera. Echó un vistazo rápido. Snape tenía los ojos cerrados, las negras pestañas muy oscuras en contraste con sus pálidas mejillas.
—Seguiré sin tener nada de helado cuando te despiertes —advirtió Snape sin abrir sus ojos.
Con el pretexto de ponerse más cómodo, Harry se desplazó un poco, sus pantalones casi rozando los pantalones negros de Snape.
—Esto es mejor —dijo pensando en la estrecha cama de la tienda. No le importaba mucho que estuvieran así de juntos, no cuando Snape era tan cálido que Harry podía sentirle incluso a pesar de que no se estaban tocando.
Snape se movió un poco, acercando una de las finas almohadas cerca de su pecho.
—Si me robas mientras duermo, te ‘encontraré’, muerto o no.
Ya que los ojos de Snape seguían cerrados, Harry sonrió. Sonaba más como si Snape estuviera tratando de ser irritante que como si le guardara a Harry alguna mala intención de verdad.
—Si fuera a coger algo, habría cogido la carta de mi madre y me hubiera ido hace siglos. —Tratando deliberadamente de no contener el aliento, Harry se movió un poco más cerca, pensado que, si le preguntaba, podía decir que era por si luego hacía frío.
Snape no preguntó.
—Podrías llevarte el whisky —dijo con la voz baja y somnolienta.
Harry resopló suavemente.
–Solo si pudiera robar también la poción. —Su cuerpo entero se sentía pesado y caliente.
Una sonrisa adormilada tiró hacia arriba de una de las comisuras de la boca de Snape.
—No queda. Tendré que enseñarte a elaborarla. —Otro movimiento; sus caderas ya se estaban tocando—. Luego.
‘Luego’ le sonó bien a Harry. Significaba que por el momento era posible que no lo echase.
—Quizás simplemente puedo ayudarte a hacerla —murmuró. Probablemente lo echaría por la mañana, probablemente lo merecería. Pero en ese justo momento, estaba demasiado cansado para preocuparse por ello.
Continuará.
[1]Nota de la traductora: ‘Spinner’ en inglés significa hilandera, de ahí que Hermione lo relacionara con el cuento de la Bella Durmiente, ya que podría ser algo así como ‘El fin de la hilandera’.
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