
Aguachirli
Ese líquido asqueroso que le sirven a uno haciéndole creer que es café. Tiene un color indefinido y sabe a mierda y a taza mal enjuagada y al pintalabios de la camarera que acaba de mirarle con tres kilos de rimel en las pestañas y escote de vértigo.
Es el sexo con chicas. El sexo de noche en la habitación de al lado, rápido y sin demasiado interés, con la chica del bar de al lado, o con su amiga, o con las dos. Da igual. Es sexo. Es café mal hecho. Es algo de cafeína –o adrenalina – para llenarse las venas hasta el día siguiente o hasta encontrar otra taza mal enjuagada, otra chica con kilos de rimel.
Café
Es negro, caliente, intenso, amargo. Muy amargo. Le llega a los labios y le quema el cuerpo y luego se queda ahí. Quemazón y amargor mezclados en la boca, debajo de la lengua y en la garganta. En una taza que sólo es para él. Que no está manchada de pintalabios y que lleva su nombre grabado. Porque nadie más puede beber de ella. Y sabe que beber de esa taza es adictivo y le llena más que cualquier otro café. Tiene más cafeína. Más adrenalina. Más sexo.
El café es Sam. Es su hermano, ¿y qué? No importa. Cree que no le importa. Le tiene al lado todo el día. Cruza América con él y huele exactamente como debe oler un buen café, llenándole las fosas nasales y recordándole que está ahí, bajo sus narices, esperando a que se lo quiera beber. Y el sexo con Sam es caliente, intenso, amargo. Como el buen café. Y deja el mismo gusto que el buen café. La satisfacción y el arrepentimiento, los dos luchando y la misma frase bailando en el cerebro: “Joder, tanto café va a matarme”.
“Joder, me he tirado a mi hermano”.
Pero es adictivo. Es su hermano y es adictivo. Tiene cafeína por un tubo y le besa como sólo él sabe. Como Sam. Como Sam besando a Dean. Como Sam follando con Dean. Y quema. Es amargo. Pero le prefiere a cualquier aguachirli de carretera. Le prefiere a cualquier chica y a cualquier escote.
Especial Wincest
por Ami
Café