
Lo que algunos no saben sobre las fangirls es que cuando hablamos de sexo, hablamos de pasiones que nos controlan, y cuando hablamos de pasiones que nos controlan, hablamos de amor. Y entonces decimos “incesto”, y piensan en padres que violan a sus hijos, que los encierran en el sótano, que los marcan de por vida. Piensan en monstruos que permiten que sus hormonas sean más fuertes que el amor por sus seres queridos (o que son, directamente, incapaces de amor).
Y aunque todo eso forma parte del universo del incesto, no es de ninguna manera el universo completo (y de ninguna manera, el incesto del fandom).
Me gusta el incesto por las mismas razones por las que me gusta el slash. Por la transgresión y la devoción. Por las pasiones que nos controlan. Por ese momento en que nada importa y lo único que tiene sentido es eso que no lo tiene, y traicionas todo lo que siempre creíste y cruzas la línea (y comprendes que la verdadera traición era no cruzarla).
Me gusta el incesto porque está prohibido. Pero me gusta mucho más porque eso no es lo importante.
“Me sorprendes, Sammy. ¿Por qué no lo mataste? Pensé que teníamos esto claro. Matar a este demonio es lo primero. Antes que yo. Antes que todo.”
Sam mira a Dean por el retrovisor.
“No, señor. No antes que todo.”- John y Sam Winchester. Supernatural.
Una de las respuestas que recibo a menudo cuando hablo de mis pairings incestuosos es “¡por supuesto que se quieren! ¡Son hermanos! ¡Hace meses que no lo ve/vendió su alma por él/pensó que estaba muerto! ¡Por supuesto que va a abrazarlo/decirle que lo quiere/llorar por él! ¡No tiene nada de raro!”. Y concuerdo plenamente. Por supuesto que se quieren. Son familia. Por supuesto que se abrazan, y se extrañan, y dan la vida uno por el otro, y comparten cosas que no comparten con nadie más, y se eligen uno al otro por encima de todas las cosas. Por supuesto que hay una fuerza primaria que los llama, allí donde el otro los necesita. Por supuesto.
Sólo que no me sirve como respuesta, porque ése es precisamente el punto.
¿Podría ser que este amor (que a mí me quema de verlo) fuera enteramente platónico, sin ninguna pretensión sexual, puro, familiar y socialmente loable?
Podría.
Pero también, podría ser más. Más, que no es lo mismo que “algo diferente”. Porque el amor incestuoso, que te quema y te rompe, que te llena la cabeza de imágenes de la última persona en la que deberías estar pensando mientras te masturbas, que te seca la boca y te fuerza a cuestionarte lo incuestionable, nunca, jamás se separa de ese amor fraternal/filial/paternal platónico y puro, protector y cargado de orgullo, que te hace saber que nunca estás solo, que alguien estará contigo hasta el final del camino, que hay alguien por quien darías la vida sin esperar nada a cambio.
Cuando besas a tu hermano, no deja de ser tu hermano. Y tal vez esa es la parte más aterradora del incesto. No el hecho de que sea una emoción oscura, enferma y monstruosa, contraria al amor puro y familiar… sino el hecho de que no lo sea. El descubrir, de pronto, que todas las formas de amor están conectadas. Que el amor que no comprendemos, el amor que nos horroriza, también es amor.
¿Y qué amor hay más grande, qué amor puede más que el de aquellos que más te quieren en el mundo? Los que te cuidaron de pequeño. Los que compartieron contigo cada paso del viaje. Los que entienden como tú este llamado oscuro de (mucho más que) la sangre. Los que conocen tus fallas, tus berrinches adolescentes, tus historias humillantes, tus horas más oscuras, hasta qué edad mojaste la cama y cómo nunca salías de casa sin el oso de peluche. Y así te quieren. Así se sienten orgullosos. Así ponen tu opinión por encima de las otras (por mucho que traten de negarlo). El incesto, en el fandom, es sólo un escalón más alto en la escala del amor familiar. No es más que llevar ese amor a otra forma de expresión, más intensa, más táctil, más desafiante. Contra todas las reglas. Contra todo pudor. Con toda el alma. Transgresión y devoción.
¿Es realmente una idea tan descabellada?
“¡Todos eran como nosotros!”
“¿Disfuncionales?”Peter y Nathan Petrelli. Heroes.
Cuando hablamos de incesto, hablamos de familias disfuncionales. Rotas. Complejas. Sirius y Regulus bajo las mantas, refugiándose de los prejuicios y las demandas de la Noble y Muy Antigua Casa Black. Sam y Dean Winchester, criados para no confiar en nadie, no depender de nadie, no tener a nadie más que uno al otro (y eso sí, tenerlo por completo). Peter y Nathan, opuestos y complementarios, cada uno indispensable para mantener al otro cuerdo en la red de intrigas de la familia Petrelli.
Podemos hablar también de familias “perfectas”. Fred y George jugando a ser uno, mientras Molly llama a comer desde la cocina (y casi sentimos el olor a hogar). Solo que los gemelos juegan desnudos, casi en silencio, se lanzan miradas cómplices durante la cena y guardan el secreto con sus vidas. Y entonces los Weasley se convierten en una familia que guarda secretos. Menos perfecta. Más compleja. Más real.
Cuando hablamos de incesto, hablamos de familias disfuncionales. Y cuando hablamos de familias disfuncionales, afrontémoslo, hablamos de familias de verdad.
El incesto, querida lectora, existe. No siempre tiene un final feliz, y no siempre tiene un final trágico. En la mayoría de casos, ni siquiera tiene un final (o un inicio). Pero allí está. Sucede. En familias como la tuya. En familias como la mía.
Y es que el incesto va mucho más allá del sexo. El incesto, como yo lo entiendo (como creo que lo entiende el fandom), no se refiere a un acto concreto. El sexo es un bonus, un regalo, un “veo cómo sufres y quiero darte esto, aunque no sea canon”. Pero el incesto abarca mucho más. Está en las miradas compartidas, en el roce leve, en el “eres mi hermano y siempre voy a intentar salvarte”. Está en las acciones que intentamos controlar, y en el deseo que no controlamos. El incesto existe, concreto y tangible, negado y oculto, confuso y culpable. Y una vez que existe, el incesto es como la humedad. Hay días de invierno en que la neblina baja hasta el suelo, sales a la puerta y te rodea, la respiras, no te deja ver. Y hay días de verano en que el sol brilla y todo es luminoso y claro, pero las imágenes lejanas se deforman y la humedad sigue allí, pegajosa en tu piel. Se manifieste o no se manifieste, actúes o no al respecto, la humedad (el incesto) sigue allí.
Es una de esas cosas que hace el fandom, casi sin darse cuenta, y que me maravillan. Coger eso que ocultamos todos los días, que sólo conocemos entre susurros horrorizados, que escondemos en el closet como un esqueleto, y sacarlo a la luz, desempolvarlo, ponerlo en vitrina con toda su belleza (a veces, incluso, con todo el horror que conlleva esa belleza), exponerlo en mitad de la plaza, orgullosas, anunciándolo a gritos.
“No te vayas. No te vayas. Por favor, por favor, no te vayas. Nathan, por favor. Si no quieres hacerme daño entonces no te vayas.”
[Nathan] No podía siquiera encontrar palabras para pedir perdón, la inmensidad del hecho demasiada para abarcarla, mucho menos ponerla en palabras. Había pecados y había pecados, y él acababa de cruzar la línea…”Peter y Nathan Petrelli. The Making of Nathan Petrelli.
La principal diferencia entre el incesto ficticio y el incesto real, es que cuando escribimos podemos elegir que un sentimiento sea (o no) correspondido, que las consecuencias no sean graves (o lo sean), que no haya daño (o lo haya). Esto es especialmente importante porque el incesto (en el fandom y en la vida) juega mucho con las relaciones de poder. Son muy pocos los casos realmente horizontales (como los gemelos Weasley o Hitachiin), y en los demás solemos encontrar a un hijo/hermano pequeño que mira con admiración a un padre/hermano mayor a quien no quiere defraudar. Podemos entonces decidir las intenciones de la parte dominante, y los deseos de la dominada. Podemos entonces decidir si ésta es una historia oscura o luminosa, si la responsabilidad (o la culpa) detiene la imposición, si es el pequeño quien alza la mirada y dice “no te vayas, por favor, yo también quiero esto”… haciendo innecesario (o imposible) el escape.
El juego del poder siempre está presente, pero podemos elegir que no sea un juego de dominación.
El respeto, el cariño, el miedo a dañar a quien más nos importa… todo juega en el poder que entregamos al otro, casi sin pensarlo, inevitablemente. ¿Cómo no confiar en quien te vio crecer? ¿Cómo no entregarlo todo?
Incluso cuando sabemos que nos defraudarán, confiamos en nuestras hermosas familias disfuncionales. ¿Cómo podrían no confiar estas personas que retratamos, estas personas que no tienen más en el mundo, que se mueren y se ahogan sin el otro, que se han condenado por ese otro que se ha condenado por ellos?
El poder se entrega inevitablemente. Solo podemos decidir cómo usarlo.
“Y yo, Sammy, y yo también te tengo.” Se ahoga con algo que parece su propio estómago. “Te tengo tanto que no es ni normal.”Dean Winchester. Seréis en la Tierra.
Lo que algunos no saben sobre las fangirls, es que somos románticas sin remedio. Y entonces cruzamos la línea, transgresoras, desafiantes, y creen que todo se trata de sexo. Y aunque el sexo (todo que hay que decirlo) nos es indispensable, nuestro interés en transgredir va mucho más allá de eso.
Cruzar la línea, siempre. Pero siempre por algo que lo merece. Abriendo de par en par el ropero, para que el sol ilumine todos nuestros miedos, para que el amor ahuyente a todos los fantasmas.
Contra todas las reglas. Contra todo pudor. Con toda el alma.
Disfuncional
(cuando la foto familiar lleva subtexto)
Por Mullu