Nunca llegaba a ser noche cerrada en Ishval. El cielo estaba roto por un humo negro y espeso, iluminado por el rojo de las explosiones y el reflejo de la matanza. Roy Mustang bajó la vista y dirigió sus pasos hacia la casa más cercana. Era de la primera sección; la primera zona que les ordenaron atacar. No quedaba nada. La puerta se había salido de sus goznes al estar el edificio medio derruido, pero el marco aguantaba en pie. Se arriesgó a entrar. No sería muy segura, pero en aquella guerra nada lo era.
Quería estar solo.
No soportaba la idea de volver a las tiendas y estar rodeado de tanta gente. Soldados, todos ellos involucrados en aquella masacre. No podía llamarse de otra forma. No era lo que él estaba buscando cuando se metió en la Academia Militar. Su ideal de justicia se había ido resquebrajando con cada chasquido de sus dedos.
Entornó los ojos, intentando acostumbrarse a la oscuridad. Las telas que cubrían las ventanas se habían convertido en retales y dejaban pasar la luz. Qué clase de luz, Roy no quería saberlo. Lo mismo podía provenir de las estrellas que de los fuegos que todavía no se habían extinguido. Viniera de donde viniese, podía ver que la habitación estaba destrozada. Cada paso que daba levantaba el polvo de la tierra y del adobe caído, ensuciando las botas que había limpiado por la mañana de manera enfermiza. Anoche un hombre murió a sus pies.
Se sentó en un cascote que había caído cerca de la pared, agotado. Se miró las manos. Seguía con los guantes puestos. Los llevaba tantas horas al día que ni podía contarlas. A veces había dormido así, dejándose caer en el saco y despertándose al día siguiente sin haberse quitado el uniforme. Tiró de los dedos uno a uno, haciendo que el guante se deslizara por su mano. Fue demasiado lento y no pudo impedir que el que había dejado sobre su rodilla mientras se quitaba el otro cayese al suelo. Le sudaban las palmas.
Aunque total, ya estaban manchados de sangre.
Al recogerlos se fijó en la salamandra. Roja, retorciéndose alrededor del círculo de transmutación. Había visto otra esa noche en el Cuartel General de Central City. Fue justo al salir, todavía en las escaleras, cuando le llamó la atención el rápido movimiento. La siguió con la vista hasta que la perdió en la rejilla del alcantarillado. Recordaba haberse preguntado por qué un animal de fuego huía de aquella manera hacia sitios tan húmedos. Las luces del Cuartel seguían encendidas y, suspirando, pensó si acaso sería una señal. Quizá él debería hacer lo mismo.
En el Este hacía mucho calor e Ishval no era un buen sitio para ir a pasar el verano. Mucho menos uno tan largo e interminable como aquel.
En aquel momento, en esas escaleras, no le había gustado la situación. No le había gustado ya en casa, cuando le fueron a buscar unos soldados con una notificación oficial a entregar en mano, aun cuando no estaba de servicio. Había viajado en tren a Central e ido directamente a presentarse en la reunión. Ocultó bien su sorpresa al ver a todos los Alquimistas Nacionales ahí reunidos, pero no pudo cuando vio que era el mismo Generalísimo King Bradley el que se sentaba en la cabecera de la mesa.
Orden 3066. Así lo había decretado.
El exterminio de Ishval.
Apoyó la cabeza en la pared y clavó los ojos en el techo, sin fijarse realmente en nada. Hacía tiempo que había decidido que era lo mejor para sobrevivir a la culpa. Volver aquella masacre de alguna manera impersonal. Él no era de los que se rompían, no podía permitir que le ocurriera algo como al Comandante Armstrong. Lanzamos la artillería, los perseguimos, los acorralamos y los frío. Luego fusilamos a los que quedan. Una y otra vez. Hasta que ya no sentía nada.
Tenía que hacerlo. Órdenes directas, las que había jurado cumplir cuando se convirtió voluntariamente en un perro del ejército. Había sido su decisión y no iba a dar marcha atrás. No mostraría debilidad. Sería como declarar que se había equivocado en su decisión, y no era de esos hombres.
Gente fiel a sus ideales, había escuchado que los llamaba Kimbley. No daba demasiada credibilidad al único loco que disfrutaba con esa guerra, pero admitía con reticencia que se sentía reconocido en esas palabras. Sus ideales a esas alturas habían quedado reducidos a añicos, pero ahí seguía, fiel en su determinación... ¿a qué? En su cabeza todo se había vuelto una utopía imposible de lograr. Se pasó la mano por la cara, desesperado. ¿Qué defendía? Quizá ya se había vuelto loco.
-Es interesante, ¿verdad? –Aquella voz oscura, burlona, se le seguía colando en sueños-. Armas humanas en la guerra de Ishval…
Se había encontrado al Alquimista Carmesí en las escaleras. O, mejor dicho, él le encontró. Había escuchado la puerta abrirse y cerrarse detrás de él y ni siquiera se molestó en ver quién salía. No le interesaba. En aquel momento no le importaba nada. Tenía demasiadas cosas en las que pensar.
Cosas que Kimbley parecía haber asimilado rápido.
Había respondido a su pregunta con una sonrisa que dejaba entrever los colmillos. A Roy, en aquel momento, le puso la carne de gallina. Le vio abrir las manos mientras se reía con suavidad. No pudo evitar mirar de soslayo aquellos triángulos de los que había oído hablar. Demasiados rumores, ninguno bueno.
-No creo que el que busca sea el único secreto que guarda el Ejército –había dicho, ampliando la sonrisa-. Estoy seguro de que es capaz de imaginarse bastante más razones que la que nos han dado para enviarnos a Ishval, o no habría llegado aquí. Ahora, ¿conocer la verdadera? No, no la sé. Tampoco me interesa. ¿Pero quiere un consejo?
A Roy le hubiera gustado responder que no, pero se limitó a mirar al frente en silencio, con las manos a la espalda.
-Si yo fuera usted, Comandante, no me lo preguntaría demasiado alto.
Mustang no era idiota. Ante él se extendía un gran tablero de ajedrez donde se jugaba el destino de Amestris y, aunque no supiera aún quién era el enemigo, podía ver que sus fichas ya estaban colocadas. Sabía reconocer el peligro cuando lo tenía delante. Sabía jugar. Si no iba a retirarse (y no pensaba hacerlo), la única opción que le quedaba era atacar. No directamente, porque la batalla la tendría perdida de antemano, sino por la espalda. Afortunadamente en ningún sitio ponía que tenían que jugar limpio. La arena era roja y el desierto chupaba sediento toda la sangre derramada.
-Aquí nadie ha jugado limpio –masculló, apretando los dientes.
Una nueva explosión destrozó la calma. Vio el humo y el fuego repentino por una de las ventanas, pero ni se movió. Había sido lejos. Aquella zona estaba totalmente desierta, ya se habían encargado de eso. Ningún ishvalí volvería a entrar en esas casas nunca.
-¿Roy?
El alquimista volvió la cabeza al reconocer la voz y vio entrar a Hughes. Verle unas semanas atrás entre tanto soldado desconocido le liberó de una carga que ni siquiera sabía que soportaba. En ese momento más que un amigo fue un nombre, uno que no tendría que aprenderse para olvidarlo después cuando muriera. Ya se lo sabía. Y Maes no era una persona de la que te pudieras olvidar fácilmente.
-He estado buscándote. Me dijeron que te habían visto entre las casas.
-¿Y has ido mirando una a una? –preguntó y arqueó las cejas con sorna.
-No ha sido para tanto. –Hughes se encogió de hombros, esbozando una leve sonrisa. Últimamente esas amargas eran las únicas que se permitían-. Tampoco quedan muchas.
Se había acostumbrado rápido a su presencia. A veces incluso le parecía estar de vuelta en la Academia Militar, pero entonces los llantos y gritos le devolvían a la realidad.
Y las explosiones.
Roy dejó escapar el aire al mismo tiempo que la columna de humo empezaba a ascender hacia el cielo.
-¿Sigue? –preguntó, levantándose y sacudiéndose el polvo de los pantalones.
-Sí. –Repentinamente serio, Maes alzó la vista y miró por la ventana los vestigios de la destrucción.
-Algunos nunca duermen.
-Tú deberías.
Sonaba preocupado. Roy se llevó una mano al pelo, revolviéndoselo, y pasó a su lado cuando salió de la casa. No llegó a cruzar el umbral. Se detuvo ahí y se volvió, y de pronto se dio cuenta de que sus manos estaban temblando.
-Lo he intentado –respondió en un siseo-. Pero no puedo.
Era un duermevela constante. Agobiante, tenso. Se dejaba caer sobre el saco y entonces todo venía de golpe. Los guantes, el poder, el fuego. El olor a carne abrasada. Carne humana. Le costaba horas olvidarlo y no podía cerrar los ojos hasta entonces. Soñaba. Dormía sin descansar. Se lo ordenaba. Tumbarse, olvidarse de todo, dormir de un tirón hasta que empezase a clarear el cielo. Siempre se le había dado bien cumplir órdenes. No tenía por qué ser diferente esta vez.
Pero lo era.
Las pesadillas conseguían despertarlo de golpe, jadeante y sudoroso. Le hacían quitarse la chaqueta a tumbos y permanecer durante largos minutos con la vista perdida hasta que lograba normalizar la respiración y el latido del corazón. Se obligaba a dormir de nuevo. Y todo volvía a empezar.
Se había acostumbrado a despertarse en cuanto comenzaba el alba. No pretendía alargar aquello más allá de lo necesario. Salía de su tienda como si nada hubiera ocurrido, la chaqueta doblada en el antebrazo, la mirada más oscura. Preparado para el combate.
En una ocasión afuera le estaba esperando un soldado que no había visto en su vida.
-Me han enviado para cubrir este puesto –dijo el hombre antes de que Mustang tuviera ocasión de preguntar. Hizo el saludo militar, y Roy hizo un gesto para que descansase. Lo que menos necesitaba era alguien que le limpiase los zapatos con la lengua. Los errores no se olvidaban así.
-¿Qué pasó con el otro?
Un muchacho de ciudad con la piel quemada y muchas pecas. No recordaba su nombre. Le llevaba informando de las novedades del frente dos días. La mañana anterior le había encontrado llorando y le confesó que quería volver a casa. Roy no dijo nada. ¿Qué podía decir? ¿Que él también?-Una bala perdida, Comandante.
Su boca se convirtió en una fina línea, dura. Apretó los dientes.-Entiendo –dijo, aunque no entendía nada. No entendía una mierda.
Añadió lo de siempre. Bien, dese por bienvenido, espero que usted dure más. Se llevó la mano a la frente para cubrirse del sol y miró la ciudad. ¿Novedades en el frente? Serio, inflexible. De piedra. Tan triste y patético en el fondo que le daban ganas de ordenar al correo que se largara (lo más lejos posible de Ishval), porque él se encargaría de todo. De terminar con esa guerra y de asegurarse que nunca más se repitiera algo semejante.
Roy Mustang se puso los guantes y echó a andar.
-Nos han informado de que debemos permanecer alejados del campo de batalla, señor –informó el soldado, alargando las zancadas para alcanzarle-. Al parecer va a ocurrir algo.
-¿Qué clase de algo?
Frunció el entrecejo, y en cuanto preguntó y vio al pobre diablo encogerse en el sitio supo que su voz había sonado demasiado fría, demasiado muerta.
-Algo… peligroso, presupongo.
-No quiero tener que presuponer nada, soldado. –Roy rompió el silencio, encarando al hombre-. ¿Por qué no se me ha informado?
-No… no lo sé, señor.
Había vuelto a ponerse en posición de firmes.
-Pues vaya y entérese. –Roy miró a su alrededor. Tenía razón, algo iba a ocurrir. Había demasiado movimiento para ser tan pronto. A lo lejos, pasando la tierra de nadie, se adivinaban las formas de las primeras casas vacías de Ishval. Mustang se volvió inesperadamente, y llamó al soldado que ya se iba-. Ah… y no se acerque al frente. Es una orden.
-Sí, señor –respondió, y a Roy le pareció que se le escapaba una sonrisa.
No le tenían ninguna clase de respeto, rumió, aguantando las ganas de sonreír él también. Detrás de él, alguien empezó a reírse a carcajadas. Hughes apareció a su lado y le pasó un brazo por los hombros, señalando el punto donde el soldado había desaparecido.
-Creo que te has ganado a uno –dijo, sin soltarle.
-Será si sobrevive a esta guerra.
-Eres un pesimista –le reprochó Maes, y luego empezó a imitarle, poniéndose tieso como un palo-: Esperemos que usted dure más... Dándoles esa bienvenida vas a asustarlos.
-Tendrían que estarlo.
-Pero no antes de tiempo. –Hughes lanzó un largo suspiro, y levantó la vista para mirar su amigo a los ojos-. ¿Sabes, Roy? No me gusta esa máscara.
-Ojalá fuera una máscara.
-Lo es. –Contacto humano. Quizá lo necesitaba. Maes le puso una mano en el hombro, y apretó-. Tú no eres un asesino.
Pero tengo los ojos de uno, pensó. Se quedaron callados, el uno al lado del otro, viendo como la esfera ardiente ascendía en el cielo. En nada sería de día. En nada tendría que volver a comenzar.
-Por cierto, Hughes…
-¿Sí?
-¿Sabes qué va a pasar?
-Ni idea –dijo, negando con la cabeza-. Ya nos enteraremos cuando pase.
Sería mucho antes de lo que creían.
Por primera vez se alegró de cumplir las órdenes. Mantenerse alejado de Ishval, de la ciudad en ruinas y de sus habitantes muertos. Parecía un buen cambio. Tomarse un té caliente en una taza junto a sus compañeros, esquivando el irritante calor a la sombra de una casa de piedra y adobe pintado de blanco.
Que Kimbley estuviera sentado en el centro, con su sonrisa burlona y su casaca azul ya no le gustaba tanto. ¿Es pecado matar con la alquimia? ¿Acaso es mejor matar con un arma? ¿O lo que pasa es que podéis matar a una o dos personas, pero no estáis preparados para matar a miles? Nadie se atrevió a responder. Todos habían matado, y todos seguían allí. Podían no haber estado preparados, pero seguían cuerdos. Eso ya era algo, ¿no?
No eran débiles.
Que estuviera temblando de rabia no significa nada.
No apartes la mirada de la muerte. Miradla de frente. Mirad a la cara a todos los que matéis.
Quiso levantarse, pegarle, romperle la boca para que dejara de decir esas cosas. ¿Acaso no lo entendía? No podía mirar a los ojos a la gente a la que mataba porque no quedaban ojos a los que mirar. Se deshacían con el fuego.
No las olvidéis. Nunca. Jamás.
No olvidaría la carne abrasada e informe. Ni deseándolo con todas sus fuerzas se libraría de aquellas imágenes. No era tan fácil.
Los tres disparos al aire les sobresaltaron, habiéndose acostumbrado rápido al profundo silencio del desierto. Mustang se levantó cuando también lo hizo Kimbley, y contuvo un escalofrío cuando dijo que para él comenzaba el trabajo.
Los demás se miraron sin saber qué hacer.
Los soldados empezaron a irse. Algunos tras el Alquimista Carmesí, otros por su cuenta. Hughes se despidió de Roy; le enviaban al destacamento XVIII. No tardó en unir cabos. Estaría bajo las órdenes del General de Brigada Fessler, aquel loco que mandaba a la muerte a sus propios hombres por su impaciencia. Le hubiera gustado pedirle que tuviera cuidado, pero no lo hizo. Se limitó a verle marchar y a esperar que tuviera buena suerte.
Mustang volvió a sentarse. No iba a dejarse ver. Lo que tuviera que ocurrir ocurriría, y él no quería estar involucrado.
Aquel lugar era distinto. Estaba tranquilo. Era el más cercano al campamento del ejército, y los ishvalíes lo habían abandonado para adentrarse en la ciudad en cuanto intuyeron el peligro. Los Alquimistas Nacionales no habían pasado por ahí. Había polvo y cosas tiradas por haberlas querido recoger a toda prisa, pero nada más. Faltaban las personas. Faltaba Ishvala.
Roy se preguntaba a menudo cómo podían seguir adorando a un dios que claramente los habían abandonado.
Él sólo confiaba en sí mismo. Y empezaba a pensar que ya ni siquiera eso.
Apoyado contra la pared, a la sombra y recibiendo la suave brisa que corría por las estrechas calles, se quedó dormido. Disfrutó del silencio, de la falta de guardas y de la ausencia de santos y señas gritados en mitad de la noche para reconocer a alguien. Sintiéndose fuera de ese territorio, durmió como hacia semanas que no dormía: sin sueños ni pesadillas.
Porque parecía que éstas iban a empezar a ocurrir durante el día.
Nunca supo si se despertó por el temblor de tierra o el ruido. Fue un instante, pero notó que todo a su alrededor se movía. Se escurrió de la roca en la que estaba sentado y acabó dando con los huesos en el suelo. Empezó a hacer calor. Un calor ardiente, abrasador. Horrible. Cuando logró ponerse de pie y alzar los ojos, creyó morir. Una enorme columna de humo, la más grande que había visto en su vida, subía y oscurecía el cielo con una rapidez espeluznante.
Mustang, ayudándose con la pared para no caerse, fijaba la vista en el humo horrorizado.
¿Qué clase de… hombre podía hacer aquello? Tal poder…
-Esta vez me ha costado más encontrarte. –Cuando Hughes apareció, estaba pálido y sudaba. Su voz era apenas un susurro, y Roy se dio cuenta de que hacia un enorme esfuerzo por sonreír. Parecía querer echarse a llorar-. Pensé que estarías en el frente…
-Me quedé aquí –logró responder, sin dejar de mirar el humo-. ¿Qué ha…?
-Me enteré tarde. –Maes avanzó hasta donde estaba su amigo. La respiración acelerada, pesada. Había estado corriendo-. Kimbley ha volado dos tercios de Ishval… de una vez.
-¿Dos tercios…?
-No podía encontrarte –repitió con voz ahogada. Temblaba. Parecía desesperado. Antes de que pudiera darse cuenta, Hughes le abrazó. Le rodeó la espalda, enterrando una mano en el pelo oscuro. Con tanta fuerza que parecía que ya le había perdido-. No podía…
-Dijeron que no nos acercásemos –susurró Roy, derrotado-. Cumplí las órdenes.
-Entonces le debo una a ese sentido del honor tan ridículo que tienes –respondió, y su risa sonó nerviosa. Parecía que iba a soltarle, pero no le dejó ir. En el último momento giró un poco la cabeza, lo justo para que sus labios se encontraran. Se quedaron quietos, apenas rozándose, respirándose caliente sobre la boca. Las gafas de Hughes se empañaron.
Tampoco necesitaba ver nada.
Mustang le hizo entrar en la casa. El calor era agobiante, pero estaba a oscuras. Albergaba la extraña necesidad de que todo fuera de noche y la explosión sólo un fruto de sus pesadillas.
Se besaron despacio, entreabriendo los labios para dejar espacio a la lengua. Era extrañamente húmedo en ese verano sofocante. Maes le lamió el cuello, la oreja, y Roy volvió a pedirle que le besara. Seguía teniendo sed.
Su amigo le quitó los guantes. Los tiró al suelo y los pisó cuando le pasó la mano por la espalda, volviendo a acercarle. La necesidad salvaje de estar juntos era acuciante. La chaqueta fue después y Roy le metió la mano por debajo de la camiseta blanca, tocando. La piel estaba mojada y empezó a preguntarse por que Hughes era tan distinto a todo lo que había en ese infierno.
¿Cuántos habrían muerto? Casi sentía sus espíritus rondarle, pensó, jadeando. Hughes de rodillas y él sintiéndose cada vez más cerca de los muertos. El cielo no podía estar tan mal. Quizá aunque no creyese en un dios lo admitirían.
Aunque con su suerte lo dejarían a las puertas. Había matado a demasiados.
Hughes le mordió en la cadera, raspándole con los dientes, y lamió hasta el ombligo. El vello que antes desaparecía bajo el calzoncillo ahora se veía unirse con el de su entrepierna. Los pantalones bajados hasta los tobillos, arrugados en torno a las botas negras y militares. Tenía los ojos entrecerrados y era incapaz de pronunciar una frase coherente. Cualquiera que lo viese…
Menudo Comandante.
No llegó a correrse. Se reunió con Hughes antes, poniéndose a su altura, empezando a desvestirle. Bajo ellos tenían una alfombra roja, ishvalí. Roy le abrazó con fuerza y le obligó a tumbarse. Notaba su corazón bombear con rapidez contra su pecho. Si se mantenía en silencio, podía incluso oírlo. Hughes estaba vivo, y estaba junto a él. Eso le tranquilizaba.
No estaba solo y rodeado de muertos.
Roy le quitó las gafas antes de volver a besarle. Lengua y desesperación. Avidez por verle responder. Hacía calor y no paraban de sudar. Estaba ardiendo por dentro, igual que aquellos a los que quemaba. Ardiendo con tanta intensidad como si estuviera en la línea que separaba los vivos de los muertos.
Aquel verano hizo mucho calor.
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Aquellos pequeños animales le seguían a todas partes. Roy vio la salamandra corretear por la piedra y desaparecer entre los altos tallos de hierba. Al no poder encontrarla, se inclinó a dejar el ramo de flores que había traído.
-¿Sabes? –Mustang se llevó una mano a la nuca, rascándose, y tragó saliva-. Nunca pensé que te diría esto, pero te echo de menos.
Una breve ráfaga de viento hizo ondear su casaca azul, pero nadie más le contestó.
Le echaba de menos. Le echaba tanto de menos que hubiera preferido volver a Ishval con tal de estar con él. Volver a ese verano asfixiante e infernal rodeado de arena, porque lo prefería a aquellos húmedos y tormentosos en las colinas de hierba.
¿Por qué siempre que visitaba el cementerio llovía?
JOANNE DISTTE
